50 años de Rayuela y cosas más formales

Una reflexión de la novela fundamental de Julio Cortazar desde alguna geografía equivalente en una temporalidad diferida.

De pronto todas querían tener la inocencia heroica de esa mujer perdida; la perdición silente, como una resignación no declarada. En la facultad las compañeras querían ser como la Maga, intuir el mundo y desconocerlo. Cargar esa maldición de haber salido al mundo sin saber a qué, sin saber cómo, a pura exploración. En cada lugar las encontrábamos jugando a esconderse por los puentes de la ciudad, por lo majestuoso de Buenos Aires, del DF o París; por los lugares más profanos de las aristocracias urbanas, fingiendo recorrerlos, entonces cada momento sobrepasaba la triste realidad de salir del cuento y rodar por la avenida, por la puerta, por la biblioteca. Todo era lo mismo y nada suficiente, porque el amor inconcluso de un poeta, de un buscador, de un inmoral nunca llegaba o nunca las alcanzaba. El latido del amor que nunca deviene, que acaba en partículas de erotismo que no encajan pero que todo lo arrastran, es la mismísima levedad que luego atribuirían a Kundera. Todo aquello cabe en un ser tan mágico como real, la Maga que en toda mujer habita y que ninguna lograba encarnar.

Al mismo tiempo, desde otra perspectiva, dejaron de alcanzar las sillas en los cafés para sentirse los mejores fracasados de la historia. Los otros sufrientes de la posguerra, los últimos poetas en tiempos de lenta transición informática, de primeros intentos de formalización de lenguajes de signos. Todos se agotaban en un tiempo que había pasado hacía cuarenta años con todos sus misterios y París curaba sus heridas de combate, se re-investía, se reinventaba con la pulsión intacta de los hijos de la guerra. Aquellos que fumaban, los aprendices de escritores, todos aquellos que quisieron ser Horacio. Un poco "clochard", un pseudo intelectual con sentido y todo París. Rayuela también es culpable de Paris. De aquella ciudad que se escapaba del tiempo en tiempos fríos por polares. Porque París ya no era la fiesta Hemingway, ni la nausea Sartre. París era un invento y todo estaba por hacer, así se abría la puerta para dejar entrar los nuevos mitos. Rayuela mitificó París. Nos ilusionó con esa posibilidad de habitar, tan trágica como rebelde, tan paraíso, tan personal y poco tiempo, tan sinsabor, tan idéntica a sí misma, tan espejo de lo absurdo y cotidiano de la muerte, tan erótica y cordial, tan irremediable, carnal y lejana.

Entre el gaullismo, Argelia, la descolonización, Cuba, el exilio, la carrera a la luna, un disparo, el beatnik y más hierbas en el subsuelo político, sonaban las melodías de Charlie Parker y Miles Davis. Ellos también ardían su negra alteridad entre sus notas en conflicto. Y todo pareciera que está perdido en Rayuela, porque la magia no perdura, se desgasta, y todo acaba en un vacío cuando se nos muere Rocamadour entre las líneas, entre las frases. El vacío del que están hechos los cuerpos, como escribiera Sartre; la inercia de vivir por haber nacido alguna vez. Por eso hacía falta un sucesor. Y lo fueron a buscar. El consenso llegó treinta y cinco años después en Bolaño y sus detectives salvajes.

Pero 50 años después ¿es válido exigir que el realismo mágico nos abrigue en neto realismo? No, pero la obstinación trágica de Horacio es contagiosa, aunque sepamos que es el personaje menos entrañable de la historia. Entonces un aprendiz de escritor, a medio camino entre la ficción y la realidad, sospechando que la vida es la obra y el artista el creador que lanza al mundo los paisajes, 50 años después vengo en busca de mi "marelle" o mi Rayuela según corresponda. Por eso también en alguno de los trenes que alguna vez habrá tomado Gregorovius, Etienne, Roland, Perico, Babs o cualquier otro del "Club", vale como legítima la demanda de realidad hacia el autor cuando nos ilusiona en demasía. Por eso he de buscarte en Montparnasse para culparte por mi vida entera y preguntarte cómo termina.