"Cuando no pasa nada es que vale la pena mirar". La frase aparece en las primeras páginas de la novela, en el marco de una descripción sobre la avenida que corre a unos metros del café donde Félix y Rose se citaron. En esa esquina hay un cambio de dirección que desorienta a los conductores y hace que se pierdan. El narrador se detiene en el tránsito y en la manera en que fluye con intermitencias: por momentos circulan las ruidosas filas de autos, camiones y motos, luego se silencia y se vacía la calle. Rose piensa que la manera de funcionar de los recuerdos es similar, a través de lapsos de manifestación y de lagunas, no como un libreto sino más bien como pautas.
La frase puede ser útil para leer la novela en su conjunto. ¿De qué se trata? ¿Qué pasa? Cualquier lector que intente responder a una pregunta por el estilo se verá forzado a recurrir a los pocos datos asertivos que son brindados: Félix y Rose se encuentran una vez por semana para conversar. Toman algo y caminan sin rumbo fijo. Hay algunos detalles más sobre ellos, como el hecho de que Rose es actriz y Félix es un expatriado, pero lo cierto es que la lista de afirmaciones en la novela es brevísima. La indiscernibilidad es un elemento central del relato y está llevado al límite. No sabemos bien quiénes son estos dos personajes, no sabemos cómo son, la ciudad no tiene nombre, la avenida tampoco. El orden cronológico es difícil de establecer por las retrospecciones y no hay un suceso significativo más allá de la conversación, del hilo de las reflexiones mientras caminan. Uno lee a la espera de esa experiencia dramática que se anuncia en el título, pero no hay una experiencia dramática en particular. En todo caso, la novela abre el término de lo dramático a dos acepciones: lo traumático y lo teatral. Quizás sea en el cruce entre ambos significados que podamos hallar uno de los ejes conceptuales.
La novela comienza con el recuerdo de Félix sobre un párroco que había comparado a Dios con los Google maps para explicar su omnipresencia ante los feligreses. Cada vez que Félix se encuentra con Rose anticipa su camino por medio de los mapas virtuales y vuelve a mirar recorridos del pasado. Al caminar por la ciudad él se imagina como un punto en el mapa virtual, dejando un halo electrónico tras de sí. Los árboles y los edificios le parecen meros ejemplos de lo que ve en los mapas. Su experiencia se desdobla entre lo virtual -la representación de la ciudad- y las calles por las que efectivamente camina. El límite entre la representación y lo representado se desdibuja. Así, Félix "siente que se desliza por el mapa y al mismo tiempo navega por la superficie de la ciudad". La novela juega con las dos acepciones de lo dramático en varios niveles. Rose es actriz y para una clase debe preparar la representación de una experiencia dramática propia y verdadera. Ahí ambos significados se tocan explícitamente. Ella le habla a Félix sobre la búsqueda de su situación dramática, sobre la que ella cree que es la experiencia traumática del marido, su casamiento como una posible experiencia a representar o incluso como una representación en sí mismo. "Algo parecido a una oculta asociación de ideas llegó hasta ella, porque se preguntó por el tipo de boda que estaba celebrando: si era de verdad o si se trataba de una mera actuación". Lo que sucede es que ambos experimentan la sensación de lo teatral en la vida misma. Los personajes también deben lidiar con la indistinción entre la realidad y la representación, tanto en el presente como al tratar de reconstruir el pasado a través de sus recuerdos cuya imperfección y cuya naturaleza incompleta los acerca a la ficción. Rose se siente filmada, el marido de ella "hace el papel de sí mismo", y Félix inventó una vida en común con una mujer en la que termina creyendo. Un colectivo con una publicidad de agua pasa por delante de Félix y en la parte de la imagen que corresponde al cielo se abre una ventana por la que asoma la cara de uno de los pasajeros. La realidad irrumpe en la representación y viceversa.
Chejfec invita al lector a asomar su cabeza a este mundo de ficción en el que cumple una suerte de papel de observador desde lo alto, mirando el paseo de los dos personajes, oyendo sus conversaciones y accediendo a sus pensamientos. En la lectura se produce un último encuentro entre realidad y ficción para reflexionar precisamente sobre el mismo estatuto de esa interacción.
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