ATENCIÓN: ESTA NOTA CONTIENE SPOILERS
Y un día finalmente llegó. Ese futuro con el que apenas podíamos fantasear hace 20 años en aquella estación de trenes en Viena, esa incógnita terrible con la que nos dejaron 9 años después, en un departamento en París con Nina Simone sonando de fondo. Dos décadas después podemos ver, al fin, el futuro de esa dupla a la que nunca pudimos ver funcionando como queríamos: como una pareja consumada (salvo en una breve versión animada en Waking Life- Despertando a la vida). Así que en las líneas que siguen mejor no nos metamos mucho con "qué" les pasó en estos años y qué hacen ahora (son las frutillas de un postre que se sirve de a poco) y pensemos un poco más en cómo fue (y es) que nos encontramos frente al gran cierre de una de las mejores trilogías del cine contemporáneo.
Richard Linklater, Julie Delpy, y Ethan Hawke se ocuparon durante 20 años de ir actualizando las expectativas que cada película anterior nos había dejado. Lo hacían respondiendo preguntas, actualizando futuros, desperdigando explicaciones casuales, e inventando situaciones que siempre colmaron las fantasías que podíamos tener sobre la vida que Jessie y Céline llevaban cuando no los estábamos viendo. Una después de la otra, cada película fue llenando esos hiatos de casi una década con historias de vida que no hacían otra cosa que enriquecer a dos personajes cada vez mejor construidos, entregando una resolución a su precuela que no nos hubiéramos imaginado: antes de ver cada película no nos imaginábamos que los dos veinteañeros al final no se encontraron 6 meses después de conocerse, ni que Jessie iba a escribir un libro y Céline una canción, ni que se iban a cruzar 9 años después en Shakespeare & Company, ni que se iban a quedar escuchando a Nina Simone y que Jessie (atención: primer spoiler) se iba a encerrar con Céline en ese mismo depto durante una semana de maratón sexual para luego pegar un volantazo, separarse de su mujer, mudarse a París, y tener 2 mellizas hermosas con la chica que conoció en un tren 10 años atrás. Cada película fue, en resumen, sorprendente.
Si Antes del amanecer nos pegaba por el lado del pasado y esas fantasías de juventud que nunca concretamos, y Antes del atardecer era ese breaking point en el que no sabemos si podremos recuperar lo que dejamos pasar alguna vez, Antes de la medianoche es puro presente y futuro. Es la cruda realidad actual de Jessie y Céline, que, sí, están juntos hace 10 años, tienen dos hijas, viven en París, y están de vacaciones en una Grecia paradisíaca a la que Jessie fue invitado por un grupo de escritores. En ese presente, la forma genialmente sutil en la que Linklater va dejando migas de pan en el camino para que vayamos reconstruyendo qué pasó en los últimos 10 años no nos sorprende, porque es parte de lo que hizo que esta saga sobreviva intacta en el tiempo (¡nos dejó diez años esperando! ¡dos veces!)
En efecto, ni la naturalidad del guión (que incluye, as usual, reflexiones filosóficas, discusiones, anécdotas, chistes) ni esa puesta en escena en tiempo real y constante movimiento (emocional), son algo nuevo en el universo compositivo del trío Linklater/Delpy/Hawke: esos elementos siguen siendo algunas de las principales virtudes de esta serie tan grande hecha con tan poco. La gran diferencia de Antes de la medianoche con respecto a sus predecesoras es –de nuevo, sorprendentemente– eso que nunca cambió a lo largo de la saga: los actores. Como si fuera una feliz y natural consecuencia fílmica del tiempo real a escala macro en el que se fue dando esta historia de amor (Hawke y Delpy son, como sus personajes, 20 años más grandes) y el laburo de los dos actores para crear y poner en juego todos esos detalles que definen a sus personajes aparece ahora mucho más sólido. Hawke y Delpy parecen tener mapeados mucho mejor a Jessie y Céline y sus vericuetos, sus miedos, sus reacciones, sus emociones no dichas. En ese trabajo de interpretación es en gran medida donde reside la naturalidad genial con la que este cuento de hadas demasiado humano se mantuvo durante más de dos décadas en nuestra memoria.
Esto, sin embargo (y por suerte) no hace de Antes de la medianoche una "película de actores" en el sentido más métodonarcisista del término. A diferencia de, por ejemplo, esas películas corales de Robert Altman que parecen una orgía del Método y la vanidad malentendida como talento, acá la perfecta construcción de los personajes aparece sin que se muestren sus hilos de manera evidente, sin ese afán actoral por complejizar su papel (como hacía el personaje de Richard Dreyfuss en The Goodbye Girl, un actor que rogaba a su director que no le saque a su Ricardo III la joroba ni la renguera).
En el caso de Delpy, su Céline es una pieza construida enteramente desde su lógica interna (o falta de ella, porque, bueno, la chica está un poco loca), y su característica de ser el producto de un fuerte trabajo de construcción previo (no parece haber mucho de improvisación en la histérica Céline) es directamente proporcional al grado de impulsividad emocional y frescura con que la rubia estalla, lastima, dice cosas sin pensar o pensándolas demasiado (otro mérito: no es fácil interpretar con tanta confianza a una mujer que no tiene idea de lo que siente) El Huracán Céline podría tranquilamente terminar (y está muy cerca de hacerlo) como aquella mina insoportable de 2 días en París, película que dirigió la misma Delpy. Pero eso no sucede por una razón: el Jessie de Ethan Hawke, verdadero héroe de esta historia. Hawke interpreta con madurez a un Jessie que se está sintiendo cómodo con ser un hombre maduro. A diferencia de Delpy, el trabajo de Hawke parece mucho más físico, haciendo pivot en silencios, miradas, y las respuestas que da a los embates de una Céline en crisis. Jessie es el cable a tierra de la creciente inseguridad autodestructiva de su mujer, en una dinámica que es el núcleo de la película, y en la que todo el tiempo transcurrido parece jugar a favor de las performances de las dos estrellas, como un añejamiento diseñado específicamente para estos dos personajes.
La escena clave de la película, en la cual la relación entre ellos dos –su vida juntos por así decirlo– toma por completo la pantalla, tiene lugar en un cuarto de hotel, lugar atemporal, híbrido y despersonalizado si los hay. En ese contexto dentro de otro contexto (el de Grecia, otro espacio turbulento que también es cuna de una Historia que se escribe con mayúscula) Jessie y Céline son como dos viejos boxeadores que ya se conocen todos los yeites. Para una pareja, eso puede ser fatal. Pero para una pareja de actores tratando de llevar a sus eternos personajes a una resolución, es algo que funciona como un relojito. Es esa experiencia manejando a sus personajes la que da ese acabado tan perfecto al final de una historia sin fin, porque ahora, en Grecia, Jessie y Céline ya no están intentando armarse un futuro, o tratando de recuperar el pasado, si no enfrentándose, juntos, con su propia Historia. Al fin.