Entrevista a Palo Pandolfo

Con nueva banda y nuevo disco bajo el brazo, el inagotable Palo Pandolfo reivindica su dinámica de “fluir sin filtro” y habla de música, drogas, política y más.

Una hora y media de charla con Palo Pandolfo en un coqueto hotel boutique del barrio de Palermo que derivan en una desgrabación con el triple de texto necesario, y la tristeza de tener que mutilar partes hermosas de la conversación: los problemas lindos a los que, a veces, se enfrenta un periodista. La excusa para juntarse es la reciente salida de Esto es un abrazo, disco producido por el ex Karamelo Santo Goy Ogalde y por Charlie Desidney, que permite el reencuentro con el Palo más rockero (presentando nueva banda: La Hermandad), ese al que algunos extrañaban tras el sonido acústico y folklórico de Ritual criollo (08). Pero la idea original del diálogo derivó en otras cuestiones más que interesantes, desde la movida de cantautores englobados en lo que él llama La Nueva Vanguardia hasta su negativa por reunir tanto a Don Cornelio y La Zona como a Los Visitantes, pasando por su opinión sobre las drogas y la actualidad política argentina. Con ustedes, el hoy de un artista integral: Roberto Palo Pandolfo. Pasen y lean.

¿Cómo fue la evolución del cantor rioplatense de Ritual criollo al rockero psicodélico de Esto es un abrazo?
Palo Pandolfo: Hubo un descubrimiento hacia el final de Ritual criollo. “Oficio de cantor”, el tema que abre ese disco, fue el último que compuse en esa época. Estábamos en una situación de sobremesa en el living de mi casa con mis hijas y mi mujer. En esa época grababa en una casetera común con una entrada plug y mi micrófono Shure. Y con la familia ahí me dije “Voy a ver si me sale algo”. Afiné la guitarra, puse play y rec, y compuse “Oficio de cantor” en una sola toma. Y al rato, cuando lo escuché, me dio un shock emocional, ya que lo que dice la letra es algo tan profundo que hubiera preferido no decir. Es un tema importante y está puesto en lo que llamo La Nueva Vanguardia. Gente que leyó, vio películas, busca la originalidad y la diferencia, tiene ritmos criollos y ancestrales. Tipos como Tomi Lebrero, Lisandro Aristimuño, Pablo Dacal, Lucio Mantel, Onda Vaga. Con esa premisa de composición realicé Esto es un abrazo.

Se nota que es un disco teñido de amistades: está Leo García, está Boom Boom Kid…
Con Boom Boom Kid tocamos juntos en el Auditorio Oeste. Nekro me rinde pleitesía. Y, artísticamente, es un número uno. La primera vez que lo vi en vivo fue cuando tocamos juntos: una de las cosas que me reprocho es no haber visto a Fun People. Cuando lo vi me dije “este pibe es inhumano”. Es parecido a un hada de cómic japonés. Y lo que hizo fue divino. Llegó un día antes que yo al estudio y se puso a escuchar el disco. Entre el Goy y él decidieron que iban a cantar en “La rebelde” y se me amotinaron. Empezó a grabar y cuando llegó al puente de la canción sacó ese aullido infernal que hizo que reformuláramos todo el tema, ya que hasta ese momento era algo más cool.

¿Cómo te ves en función de esa Nueva Vanguardia de la que hablabas antes?
Me siento muy halagado por el lugar de referente en el que me ponen. Ahora bien, mi automatismo compositivo y mi fluir sin filtro me generaron estas nuevas canciones. Es raro lo que voy a decir y lo estoy pensando en voz alta. Uno critica a esos artistas que siguen una fórmula y yo, de alguna manera, estoy repitiendo una fórmula, que es la de quebrar la fórmula. Si hubiera sido un poco más conservador tendría que haber dicho “Qué bien me fue con Ritual criollo, tengo que hacer un Ritual criollo 2; La Nueva Vanguardia es cada vez más popular, Aristimuño hace un Gran Rex”. Y me salió esto. Pero si vamos al hueso quizás es lo que se esperaba de mí. Si hay algo en donde me le planto a La Nueva Vanguardia es que son un poco desapasionados y que les falta un poco de rock & roll. Pero eso también lo veo en ciertas expresiones internacionales. En el siglo XXI la pasión quedó demodé. Esto es un abrazo es una respuesta a eso. Sin querer llegué a rebatir algo y a patear el tablero. Y es importante el “sin querer”: no es que dije “Ahora van a ver”. El único momento en el que dije “Ahora van a ver” fue con Patria o muerte (88) de Don Cornelio: “¿Quieren rock? Ahora van a ver” (risas).

¿Qué sentís ante el pedido de los fans para que vuelvan Don Cornelio y/o Los Visitantes, teniendo en cuenta que más allá de una reunión informal de Don Cornelio siempre negaste ambas posibilidades?
Lo peor es que cargo con dos fantasmas. Porque hay gente que quiere que vuelvan Los Visitantes y no Don Cornelio. Estéticamente, para la cultura rock, Don Cornelio tiene un peso tremendo. Hay muchos que consideran a Patria o muerte entre los cinco mejores discos de la historia del rock argentino. Y en ambos casos no deja de ser un mimo. Como soy bastante reactivo de los noventa, cerré la puerta para Los Visitantes. Lo de Don Cornelio me preocupa más, porque a mí también me gusta. Y la banda está intacta. Nos juntamos y es un infierno. Daniel Gorostegui es quien más insiste con la vuelta, o sea que el germen está dentro del grupo. No quiero volver, no es mi deseo. Me divierte, me gustaría ganar guita y me encanta tocar con Don Cornelio. Pero no quiero tener que salir a defender una vuelta ante la prensa ni quiero volver de manera profesional. Quisiera volver como esa vez: hicimos un ensayo, tocamos seis temas y nos cagamos de risa. Confío más en mi nueva banda y en un nuevo hecho alquímico, porque volver significaría un retroceso para todo lo que hice después. Porque uno no vive en Don Cornelio sino que vive en esa ruta transcurrida. Pero me gusta dejar esa ambigüedad y esa contradicción plasmada.

¿Por qué decís que sos bastante reactivo a la década del noventa?
Básicamente, soy reactivo a los noventa por la cocaína. En la primera mitad de los noventa todo era cocaína, sal de anfetas, había que estar del orto y tomar bebida blanca para más o menos aguantar algo. La construcción afectiva y el aislamiento emocional que produce la cocaína es lo que hace mal. Enrique Symns, el gran cocainómano argentino, íntimo amigo mío, dice que el principal efecto de la cocaína es bloquear la angustia. Desde ese bloqueo uno se larga a vivir, digamos. Pero la angustia es lo que te hace sentir emociones. Es como moverse sin miedo: el miedo es algo constitutivo, el miedo te defiende porque te da instinto. La merca te anula todas esas cosas, te anestesia. Y las construcciones afectivas, artísticas, profesionales y de vida empiezan a estar anestesiadas. Empezás a construir relaciones que son falsas. Y las que son de verdad se contaminan de falsedad.

Muchos de tus contemporáneos asocian a la cocaína más con los ochenta que con los noventa…
Comencé con Don Cornelio en 1987, y creo que hasta el ‘88 la cocaína todavía estaba bien vista. En el ‘89 el dark muere, termina el post punk, vienen los noventa y el acabose. El tema es que en los noventa, con Duhalde y Menem, la cocaína comienza a ser masiva y obligatoria, es “lo que había que hacer”. No fue como en los ochenta, que era una alternativa diferente a tomarse un ácido o fumarse un faso: ahí era una opción.

¿Y cómo tomaste la decisión de alejarte de la ciudad hacia el oeste del conurbano?
Eso fue en 1994, y estamos hablando de ese mismo momento en que decido ponerle ojo crítico a esa década. Hubo disparadores. Teníamos la sala de ensayo con Los Visitantes en una casa en la calle Alberdi. A veinte metros de ahí había una vinoteca que se llamaba La vinoteca del solitario. Nos hicimos tan amigos del dueño que figura en los agradecimientos del primer disco de Los Visitantes. Cuando se lo mostré, se prendió fuego y dijimos “¡Vamos a hacer un recital en la puerta!”. E hicimos un recital en la Avenida Alberdi un viernes a las siete de la tarde. Compramos un par de cajas de vino y convencimos a los de la comisaría 41 de que pusieran un patrullero, cortamos el tránsito, el Club Alvear de Floresta nos puso el escenario, otros comercios pusieron plata para el sonido, el tipo de la vinoteca puso a una rubia en una mesa con degustaciones de vino espumante gratis… ¡Todo eso en la puerta de mi casa! Cuando terminó el show, la puerta se abrió, y en el pasillo era un fluir delirante in and out. Entonces después de eso hubo consecuencias. A las tres de la mañana la gente tocaba el timbre de casa, había un quilombo constante. Un día me tomé el tren, vi una inmobiliaria, me mostraron un chalet y lo alquilé esa misma tarde. En ese momento estaba muy bandeado y era muy autodestructivo. Tenía un amiguito punk, fan de Don Cornelio, con el que una vez nos tomamos un litro de Cubana Sello Rojo y con un cuchillo enorme de mi viejo nos hicimos hermanos de sangre: nos cortamos la mano y nos la dimos en pleno borbotón. Y salimos. Me puse el cuchillo en la cintura: fue la primera y la última vez que salí armado a la calle. Fuimos a Medio Mundo Varieté a buscar. No encontramos, volvimos y vomité. Y como venía zigzagueando por la calle, me paró la policía. Me palparon y sacaron ese cuchillo gigante. Caí preso, con la mano cortada. Por eso, irme fue un acto de salud total. No me daba cuenta, pero en estos dos fenómenos que te conté, el viejo sueño hippie de irse a vivir al sur o a El Bolsón se transformó en una casa con fondo en la provincia, con un paso fuera de la locura. Hay una tendencia global de salir de la ciudad: como vengo un poco más adelantado por mis hormigas en el orto, me fui cuando nadie se iba y me miraron como a un bicho raro. Veía que me estaba inmolando para el morbo del público. Todas las bandas comenzaron a hacerse apologéticas. Divino, genial, pero hay que atravesar eso.

¿Cuál es tu opinión sobre el clima político actual?
El otro día a la mañana mandé un tweet. Le pedía a Dios que la discusión política sea en un nivel cordial, constructivo y elevado. Siempre propongo hablar, por más que unos tengan una posición y otros, otra. No puede ser que no se pueda hablar.

Vos mismo militaste en el PC en su momento…
Pero milité en el PC en la época de la dictadura, donde militar era otra cosa. Porque afiliarse a la Federación Juvenil Comunista en el ‘81 era un hecho casi suicida, como fumar porro en esa época. La militancia en la Fede estuvo muy buena en el sentido de que en ese momento pudimos hacer pintadas organizadas en la calle y había una cosa de unión y organización. Pero, por otro lado, me di cuenta de que el PC no me interesaba como figura internacional. Me preguntaba “¿Por qué me hablan todo el tiempo de la Unión Soviética? Hablen de Argentina”. En ese momento no entendía, y después fui entendiendo. Por eso me fui. Y cuando crecí me dije “Qué bien”, porque el estalinismo soviético es horrible, a no ser que seas estalinista (risas). Hace mucho que me defino como un “anarco solidario”. De hecho, Patria o muerte es un disco anarquista, que se burla de la derecha y de la izquierda, de esa gilada de matarse los unos a los otros. Cuando tengo que hablar desde mi rol de “Palo Pandolfo, el artista que vende discos” me pongo en un discurso totalmente elevado y quiero dar paso a una discusión más profunda que decir “Me parece que el gobierno tiene aciertos y desaciertos”. Ya sabemos eso. Creo que hay mucha gente demasiado hostil sacando cosas de manera violenta que tienen más que ver con cosas personales que con un verdadero análisis político. Al decir de mi mujer: “Es gente que no tiene Lado B”. Son todos hits (risas). Demonizar a Clarín o a Cristina es no ver sus propios demonios interiores. La política es el arte del diálogo según los griegos, más allá que fueran unos fascistas que esclavizaban gente y masacraban pueblos. Por eso, encontrémonos en las diferencias. Pero acá habla el artista. El pibe de la calle tiene una opinión política muy formada y me la reservo para mi fuero interno. Y no la hago pública porque no quiero ser uno más de esa discusión, ya que me harta y me molesta que se estén sacando los ojos.

 

Palo Pandolfo y La Hermandad
Esto es un abrazo
(S-Music)