Es bastante probable que al poner Yeezus lo primero que uno sienta sea que se equivocó de CD y que esto es un disco viejo de The Prodigy. Si fue bajado –legalmente, claro–, nos sentiremos engañados. Pero no. No es falso, ni un demo, ni un imitador. Es Kanye, la estrella más grande del planetario hip-hop, el LeBron James de la urban music, haciendo básicamente lo que se le canta.
Es raro el caso en el que una superestrella de la música usa su poder para dinamitar su propia carrera, pero esta es la segunda vez que Kanye lo hace y a conciencia. La primera fue ese sublime y en su momento extrañísimo disco llamado 808s & Heartbreak, considerado una locura absurda al ser lanzado en 2008 (sí, aquel disco en el que Kanye canta con auto-tune y casi no rapea), pero convertido en clásico desde entonces. Ahora, tras la exitosa y lujosa superproducción de My beautiful dark twisted fantasy, y al mejor estilo Nirvana cuando lanzó el crudo In utero luego del muy cuidado Nevermind, Kanye intenta volver al grado cero del hip-hop lanzando lo que parece ser un disco de las entrañas, por momentos más gritado que rapeado, de sonido sucio y hasta saturado, que está más cerca de la música industrial (¿Nine Inch Kanye? ¿Ministry West?) que de cualquier otra cosa que el propio KW hubiera hecho antes.
La propuesta queda clara desde la tapa del álbum: una caja transparente con un sticker rojo y los créditos de los samples usados atrás (una obligación más legal que otra cosa). Punto. No hay sobre interno, ni letras, ni nada más. Si a eso se le suma que uno de los productores no es otro que Rick Rubin (son varios, pero Rubin es el que tomó las riendas al final de la grabación y terminó por redondear y cerrar el disco), uno puede imaginarse que no se topará con algo demasiado standard, empezando por el título…
De cualquier modo, Yeezus engaña. No es el disco confesional, intimista y “pelado” que uno podría suponer, ni una secuela de 808s, ni tampoco un disco plagado de metáforas religiosas. Es un álbum agresivo, virulento, sónicamente demandante y por momentos hasta experimental, con severos quiebres y fracturas rítmicas en mitad de las canciones. Pero como sucedía con aquel festín del auto-tune (pequeño monstruo que regresa aquí, pero usado de otro modo), en poco tiempo uno se acostumbra a la propuesta y va descubriendo tanto su riqueza sonora como sus perturbadas letras.
La fama de Kanye es rara: nunca fue un muy buen rapero ni un gran letrista y no se caracteriza por tener un flow particularmente agraciado. Pero tampoco su fama se debe solamente a sus actitudes y pronunciamientos, ni a su espíritu combativo, que lo ha llevado a criticar tanto al presidente Bush como a subir al escenario y humillar a Taylor Swift, entre muchas otras cosas. No, Kanye se ganará algún día un lugar en el Olimpo de la música gracias a su extraordinario talento creativo, su enorme e inventiva capacidad como productor y la manera inteligente y desaforada en la que parece hacerse cargo de buena parte de las contradicciones de la cultura hip-hop, de la que es hoy su máximo representante. De algún modo, todo lo que hace y dice parece llevar pegado un sticker que reza: “El hip-hop soy yo”.
“On sight” abre el disco con una serie de agresivos disparos sonoros y un beat electrónico, cortesía de los Daft Punk, que ofician de productores de este tema/presentación. “Él nos va a dar lo que necesitamos,/ puede que no sea lo que queremos”, reza el coro del sample elegido por West para la ocasión, para luego hablar de “black dicks” en un tono más cercano al de la película Spring breakers que a cualquier manifiesto revolucionario. Es que pese a su constante amenaza de transformarse en un disco político, pese a sus citas aNina Simone y a Martin Luther King, Yeezus es un álbum bastante grueso en sus letras y referencias, como si esa politización pasara más por discutir en voz alta cuestiones de tensión sexual interracial con frases del tipo “le metí mi puño como un símbolo de los derechos civiles”, que suenan más cerca de un Black Panther post-Django, digamos, que de un humanista liberal y sensible.