Si Sacha Baron Cohen hubiese advertido, en su momento, el rasgo desopilante de la lógica del poder político en la Argentina de los últimos años, tal vez desechara el guión de su filme The Dictator, por considerarlo de bajo vuelo. No hablo del desparpajo brutal del personaje -tampoco creo que estemos bajo una dictadura, aclaro-, sino de la forma, antojadiza hasta el absurdo, con que la propaganda gubernamental construye sus consignas.
Honrando el aniversario de la Gazeta de 1810, selecciono dos contrasentidos promulgados por la lógica cristinera que se relacionan con la prensa. Aquel que sostiene la necesidad de concentrar la propiedad y dependencia estatal de los medios para "garantizar la pluralidad de voces" (sic) y el otro, de más reciente elaboración, que dispone evitar toda denuncia periodística de corrupción a fin de defender… ¡el Estado de Derecho!
Todo un riesgo, por cierto. Porque cuando categorías como "Derecho" o "pluralidad" no están del todo claras, el edificio republicano tiene menos estabilidad que un jenga. Y cuando el Estado de Derecho se asimila a la inmunidad presidencial o la pluralidad de voces a una competencia de adulaciones y encubrimientos, es aún peor, ya que las maderitas del sistema judicial independiente y el periodismo libre son la base de sustentación de todo nuestra estrategia en el juego.
Entiendo que decir esto me convierte en una liberal irredenta a los ojos de una parte (en acelerado declive) de lectores apegados a los slogans kirchneristas. Posiblemente sea así y no me importa: liberales fueron Moreno, San Martín y Artigas, así como la línea histórica de hombres y mujeres, de armas y letras, que recorre nuestra historia bajo las banderas de la emancipación nacional y el federalismo.
Banderas que solo podían flamear siguiendo los vientos de la justicia y la libertad. Y ellos lucharon por ellas. Porque nadie crea que la costumbre de sentirse el centro del universo nació con la Década Ganada. Los criollos, de este lado del continente, hemos visto pasar diversas restauraciones y contrarrestauraciones, igualmente obsesionadas por escribir el relato que legitime sus (ilegítimas) aspiraciones de impunidad perpetua.
Y ya que estamos, también quiero decir que aquello de "no confundir la libertad de prensa con la libertad de empresa" es de relativa validez. Pues aunque no sean lo mismo, ambas libertades -la buena y la mala, hablando en clave 678- aparecen como absolutamente interdependientes en la práctica, real y concreta, del periodismo.
Los intereses que se desenvuelven tras la línea editorial de radios, diarios y canales son los mismos que dinamizan la dialéctica de la sociedad, donde no hay buenos y malos, sino distintos matices de clases y grupos sociales, coincidentes o enfrentados entre sí de acuerdo a cada coyuntura histórica.
Por ello, tanto la concentración estatal, que proponen los bonapartismos, como la concentración privada, sustentada en la supuesta autorregulación del mercado, sólo pueden subsistir en sociedades inmaduras o semicoloniales (como la nuestra), donde el progreso de las fuerzas productivas es escaso o casi nulo.
En este sentido, especialmente, está buenísimo que los periodistas festejen su día recordando a Mariano Moreno, que se tiró a la pileta por el cambio histórico. Porque la prensa -su eficacia en la investigación y denuncia sobre los actos del Estado o su capacidad de expresar a distintos sectores políticos, culturales y sociales- es también hoy el barómetro para medir nuestro nivel de desarrollo y autonomía.
Vaya, entonces, mi saludo a todos los periodistas -amigos, adversarios y desconocidos- que nos ayudan a mirar el horizonte, parados, como estamos, en una selva de consignas.