Mientras las criticas hicieron que más de uno se cuestione si valía la pena dedicarle dos horas de su vida a una muestra pobrísimamente curada, otros hicieron oídos sordos y recorrieron una decena de pasillos hasta ser conducidos por las guitarras al comienzo del paseo.
Encerrados entre una pasarela de maniquíes vestidos en las ultimas creaciones de Rei Kawakubo, diseñadora de Comme des Garçons, y una pared custodiada por oscuros vestidos de Rodarte, un grupo de cinco veinteañeros expresa en voz alta lo que el resto reserva para sus adentros: la prensa fue mala pero la exhibición no lo es. Después de una defenestración publica y mediática, parece mentira que el circular por los pasillos de Punk: chaos to couture sea mínimamente agradable. Bajo la conjetura de una supuesta reorganización los pies desandan las salas al ritmo de las guitarras preguntándose qué será eso que estuvo tan mal.
La bienvenida al mundo de las crestas y el Do It Yourself esta embebido en oscuridad y sonido. Pantallas enormes con imágenes intercaladas de los Sex Pistols y Vivienne Westwood conviven con muros negros y ruidos, canciones ininteligibles musicalizan el pasaje de una pared a la otra. Por un lado texto, por el otro, la reproducción de los baños del mítico CBGB. Entre mingitorios y colillas, el final de la década del ‘70 se empieza a dibujar al oír los acordes de los Ramones entre los incesantes gritos de los guardias del museo ("Señora, no saque fotos" y "No se permite tomar fotografías" parecen ser, de a ratos, más importantes que Sheena).
Con el cuerpo ya seteado en modo cronológico, el ojo se deleita al ver las cuatro paredes que delimitan la próxima sala cubiertas por maniquíes a medio vestir, su torso, cubierto con las primeras creaciones de Vivienne Westwood para SEX. Confeccionadas en muselina y estampadas con imágenes controversiales para la época (tetas y pitos son algunas de las cositas que las ornamentaban) estas remeras son el vivo ejemplo del DIY: customizadas y customizables. Como si esta decena de originales no fuese suficiente registro, una falsa habitación se abre dejando ver la recreación del primer local fundado por Malcom McLaren y Vivienne Westwood. Un perchero central, algunas perchas, un sillón naranja y una alfombra fueron suficientes para hacer historia.
El primer dialogo entre pasado y presente se ve en una plataforma circular donde un maniquí íntegramente ataviado por la dupla Westwood-McLaren se codea con otro humanoide envuelto en prendas similares pero creadas por el japonés Junya Watanabe unos veinte años después. A su lado un McQueen acompaña otro conjunto de SEX, lo mismo pasa con Balmain y con Burberry. Siempre Westwood y McLaren dan cuento de la génesis de la estética punk.
De aquí en mas los maniquíes muestran cómo el fin de aquella década es una referencia constante en la moda. A través de las cuatro galerías -Hardware (cualquier cosa metálica que intervenga la ropa básicamente), Graffiti y Agitprop (ropa pintada caseramente), Bricolage (o pastiche) o Destroy (roturas y cortes de todo tipo)- la ropa de todas las épocas y de todo el mundo pareciera haberse gestado con espíritu punk. Si bien es cierto que este periodo es trabajado en casi todas las temporadas por un sinfín de diseñadores, decir que todo lo intervenido de modo rudimentario o cualquier pieza metálica que aparezca pervirtiendo la tela es punk, podría ser un poco exagerado.
La verdad es que la muestra no trata de mostrar el espíritu punk del ‘76, sino que ilustra cómo sus modos se fueron estilizando, traduciendo y repitiendo en el mundo de la moda y el estilismo desde hace mas de tres décadas. A lo largo del recorrido, casi como guiños, es posible reconocer elementos, células repetidas de un movimiento ya (casi) difunto. El core del asunto es que todos estos trajes muestran algunos elementos visuales fácilmente asociables con este movimiento (contra)cultural, sin embargo lo que no se ve es el concepto, lo punk. ¿Cómo es posible hacer que un ítem de lujo sea a su vez un producto contracultural? En los cientos de metros que componen la muestra, tanto Maison Martin Margiela como Comme des Garçons demuestran haber sido los mejores reproductores del concepto punk de ruptura y controversia.