Estas páginas, que casi siempre atrasan, se van a adelantar por una vez para anticipar los homenajes que se le harán a Roberto Bolaño cuando el próximo 15 de julio se cumplan 10 años de su muerte. No seremos los únicos adelantados. Eso nunca. En estos meses llegaron a las librerías argentinas Bolaño salvaje (Candaya, 2008), de Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón Patriau, y la biografía de Mónica Maristain, El hijo de Mister Playa (Almadía, 2012), en donde se describe unos de los episodios finales de la vida de Roberto Bolaño, en compañía de quien el libro llama “la última mujer”: Carmen Pérez de Vega.
El episodio es desesperante pero igualmente tiene una forma dramática que puede asociarse con las escenas terminales de Tom Hanks en Philadelphia (1993), de Jonathan Demme, protagonizadas por la hermandad operística entre la muerte y la música. Bolaño vomita sangre en su casa y antes de que Carmen lo cargue en su auto para llevarlo a mil kilómetros por hora al Hospital Universitario Valle de Hebrón, El Novelista de la Oscuridad escucha una última canción. Esa canción es “Lucha de gigantes”, de Antonio Vega, el cerebro de Nacha Pop, la banda del descontrol madrileño de hace treinta años, de la que se recuerda “La chica de ayer” (“Un día cualquiera no sabes qué hora es/ te acuestas a mi lado sin saber porqué”), un himno naif a la resaca de aquellas fiestongas que no censuraban la heroína.
Antonio Vega, quien murió en 2009, paseó su talento depresivo por los escenarios de España en dos etapas bien definidas. La primera, la de Nacha Pop, ocurre entre 1980 y 1987. La segunda, mucho más oscura y solitaria, lo muestra como el centro de una peregrinación en la que sus colegas le brindan tributo tanto a él como a los años de la juventud que ya no vuelven. La muerte en 2004 de su mujer, Margarita del Río, lo va hundiendo junto a un cáncer de pulmón y una larga despedida por los escenarios. Sus últimos conciertos son conmovedores por el modo de no estar allí donde todo gira en torno a él, y por una imposibilidad muscular de sonreír aun ante el estímulo irresistible del reconocimiento.
Antonio Vega ha compuesto éxitos pasajeros, como todos los éxitos, y varios clásicos del pop español. Su lírica tiene un rango que incluye la poesía consagrada de grandes nombres (ejemplo: Pablo Neruda) y chispazos etnográficos de la España reprimida por Franco y luego liberada como un vapor de géiser en la barra de Museo Chicote y otros antros refinados. Pero si hay una canción que quizás identifique como ninguna otra a Antonio Vega es su versión de “Romance de Curro ‘El Palmo’”, de Joan Manuel Serrat. La sensación que tenemos al escuchar el espeluznante cover es que Vega ha sabido entrar a la canción de Serrat, pero dudamos que sepa salir.
La voz de ese hombre sombrío aun en la felicidad fue la que Roberto Bolaño eligió para despedirse. En verdad, no tanto la voz como la fisonomía de “himno” que tiene “Lucha de gigantes”, la misma canción que Alejandro González Iñárritu (o Gustavo Santaolalla) seleccionó para la escena de Amores perros (2000) en la que Octavio (Gael García Bernal) se coje a su cuñada, Susana (Vanessa Bauche), mientras manda a moler a palos a su hermano Ramiro (Marco Pérez). La interpretación que la película de Iñárritu le da a la canción de Antonio Vega es muy diferente a la que parece darle Bolaño en uno de los últimos actos de su vida. Los gigantes en lucha son más bien representantes de fuerzas menores, en este caso dos personas que se disputan el amor de una mujer, mientras que para Bolaño (para la Bolaño situation, que era la de las vísperas de un transplante de hígado que esperó durante mucho tiempo), las fuerzas en disputa –que sin dudas se lo disputaban a él– ya sabemos cuáles son.
La anécdota póstuma de Bolaño nos dice que su percepción melómana, acompañada de los peligros en los que tuvo lugar, no se equivocó: eligió bien. Maristaín cuenta que hablaba con Bolaño sobre transplantados célebres, como el cantante Raphael, a quien le cambiaron el hígado hace seis años sin que nunca dejara de ser “El Niño”. Pero el transplante tiene que tener un timming que la adicción de Bolaño al cigarrillo solo contribuyó a que se lo relegara en la lista de espera.
Es muy fácil encontrarse con varias versiones de “Lucha de gigantes” en YouTube. El último Antonio Vega pega con el último Roberto Bolaño. Para los ansiosos que leen esta revista en papel, sin smartphones ni IPads a mano, les paso la letra íntegra: “Lucha de gigantes convierte,/ el aire en gas natural./ Un duelo salvaje advierte/ lo cerca que ando de entrar/ en un mundo descomunal./ Siento mi fragilidad./ Vaya pesadilla corriendo,/ con una bestia detrás./ Dime que es mentira todo,/ un sueño tonto y no más/ Me da miedo la inmensidad/ donde nadie oye mi voz./ Deja de engañar,/ no quieras ocultar/ que has pasado sin tropezar./ Monstruo de papel,/ no sé contra quien voy,/ ¿o es que acaso hay alguien más aquí?/ Creo en los fantasmas terribles/ de algún extraño lugar,/ y en mis tonterías/ para hacer tu risa estallar./ Deja de engañar, /no quieras ocultar/ que has pasado sin tropezar./ Monstruo de papel,/ no sé contra quién voy,/ ¿o es que acaso hay alguien más aquí?/ Deja que pasemos sin miedo”.
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