Desde que el cine argentino es cine, el Sur siempre fue sinónimo de utopías y futuros posibles. También lo fue de sueños nunca alcanzados, huidas, y destinos trágicos. Desde La patagonia rebelde (Héctor Olivera, 1974) a Nacido y criado (Pablo Trapero, 2006), el Sur –así, con mayúscula, porque estamos hablando nada más y nada menos que del Fin del Mundo– fue históricamente el punto de fuga por excelencia de la narrativa político-cinematográfica argentina. Pero la chica sureña que protagoniza el documental La chica del sur, uno de los grandes estrenos argentinos de este 2013, no es de nuestro Sur, sino de otro, uno muy muy lejano. Tan lejano que pega la vuelta, y aterriza de lleno entre nosotros, en un eje Sur-Sur con mucho de melancolía y hasta romanticismo (porque, claro, el Sur también puede ser Romántico, otra vez con mayúscula). Pero no nos adelantemos.
Ganadora del premio del público en el último Bafici, La chica del sur es un documental de José Luis García, director de Cándido López, los campos de batalla, otra pequeña gema que también se llevó el premio del público en el Bafici 2005. La chica del sur es, además, la historia de un vínculo: el de García con Lim Sukyung una militante pacifista de origen surcoreano que el cineasta conoció en Pyongyang, la hermética capital de la hermética Corea del Norte, a fines de los ‘80. La historia es así: García termina, un poco de rebote, formando parte de una comitiva argentina de militantes, artistas, y periodistas (el footage incluye algunos cameos muy surrealistas) que viajan al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Corea del Norte. Casi como un espía, el aún-no-director filmó toda la travesía (un evento internacionalista organizado por la URSS a poco tiempo de la masacre de Tiananmenn) con su cámara de video, incluyendo la sorpresiva llegada al Festival de la jovencísima y hermosa Lim, que por entonces tenía menos de veinte años y había entrado de contrabando a Pyongyang para revolucionar aquel evento (y la política local) en su intento de cruzar la ultra-militarizada frontera hacia Corea del Sur. El prisma VHS con el que un fascinado García observa a Lim rápidamente toma por completo la pantalla, que ya de por sí venía bastante hipnótica con unas secuencias de puro imaginario pop comunista ochentoso, en un país del cual al día de hoy hemos visto tan pero tan poco.
Esa fascinación se vuelve una suerte de obsesión que devendrá motor de la película: veinte años después, García se pregunta por el destino de Lim, la adolescente que se había convertido en el símbolo de la utópica unificación de las dos Coreas. Entra en escena entonces el tercer protagonista de esta historia: Alejandro Kim, traductor argentino-coreano que viaja con García a Corea del Sur en busca de Lim y se vuelve el nexo entre el director y su musa/objetivo/obsesión. Como era de esperarse, Lim ya no es esa teen soñadora que García conoció, y así es como La chica del sur también se vuelve una mirada –en primera persona– acerca de cómo el tiempo puede ser tanto enemigo íntimo como aliado incondicional del idealismo. De hecho, uno de los atributos de García como director es que la película incluso se permite cuestionar a su estrella, esa chica que capturó la mirada pública de dos naciones enteras y ahora vacila en mostrar su ámbito privado no exento de tragedias y su nueva vida a ese argentino que llegó del Fin del Mundo desempolvando historias del pasado.
Si, como decíamos más arriba, La chica del sur es la historia de un vínculo, una de sus características más interesantes es que se trata de un vínculo que parece suceder a pesar de las personas que lo conforman. Se trata, en definitiva, de dos perfectos desconocidos que viven en costados opuestos del planeta y no tienen un idioma, un pasado, o una ideología en común. Y esas fricciones, que García no oculta y hasta pone en primer plano (siempre con Kim en el medio), se vuelven la dura y extraña realidad que contrasta con aquel pasado idealizado que veíamos al principio, cuando el Muro aún no había caído. Así es como la estructura de la película –que a esa altura parece seguir un pentagrama marcado por encuentros y desencuentros, dudas, confusiones, y revelaciones profundas– se encarga ella misma de deshacer aquellas primeras imágenes y volver mucho más real el encuentro entre dos personas que ya no son quienes eran hace dos décadas.
Sorprendentemente, La chica del sur es un documental que, contra todo pronóstico, sorprende. Virtud, una vez más, de la estructura que García decidió para su historia: un cuento que en su camino de ayer a hoy encuentra su presente y su futuro a medida que desenvuelve su pasado, y descubre (en el Sur, dónde más) destinos individuales que van de la mano, y que por ser más íntimos y personales no dejan de ser internacionalistas y liberadores. Porque, ¿qué puede ser más utópico que el encuentro de una persona con su destino?
Ojos de videotape: La chica del Sur
José Luis García viaja a las dos Coreas para descubrir y reencontrar a Lim Sukyung, la Flor de la Reunificación.