En los papeles, Amor es una película que puede espantar a cualquier espectador desprevenido. O una película para atraer a perversos mórbidos. Una oración fúnebre, un encierro entre cuatro paredes de agonía, una película-tumba. Pero Amor –título que también debe comprenderse en sentido literal– es eso y mucho más: una intensa película de pareja, una radiografía tan precisa como universal de esa parte de nuestra existencia a la que llamamos “el final de la vida”, “el invierno de la existencia”, “la tercera edad”, y que forma parte de nuestra condición humana tanto como la niñez o la adolescencia.
Dos personas mayores, una de ellas gravemente enferma, un departamento burgués anticuado. Anne y Georges son octogenarios y viven juntos desde siempre. En principio, los vemos una noche en un viaje en colectivo, a la salida de la ópera, en el camino de regreso al departamento, donde la película transcurrirá casi en su totalidad. Algunos días más tarde, Anne sufre un ataque cerebral que la deja semiparalizada. La puesta en escena de Michael Haneke es austera, desarticulada al extremo: cada momento de la vida cotidiana de Anne y Georges es aprehendido en un plano secuencia fijo, la cámara clavada en cada habitación, pasillo o rincón del departamento. Con esta calma, la película propone una aventura cotidiana y dolorosa, no como encadenamiento de peripecias, sino sobre las malas pasadas que nos juega la vejez. Y con ella, el heroísmo de continuar una relación de pareja frente a la soledad que viene y el final que se acerca.
El estilo del director austríaco fue siempre seco, frío. Acá se mantiene fiel a su acercamiento depurado, con algunos de los tics que sobrecargaban algunas de sus películas anteriores (Funny Games, Código desconocido), pero en este caso se entibia por la atención que les presta a los detalles a veces ínfimos que alimentan la extensa relación de estos dos personajes. Primero, pequeños gestos cotidianos, la delicadeza de un reproche, el placer compartido de una conversación. Luego, durante el tiempo de la enfermedad de ella, la abnegación de él, que ayuda a la compañera minusválida en esos movimientos banales que hacemos cada día sin darnos cuenta (lavarse, alimentarse, desplazarse) pero que acá se vuelven esenciales. El amor a los ochenta no es como el amor a los veinte, pero sigue siendo amor, quizás incluso su grado último de consumación o de despojamiento, libre de todo revestimiento romántico, reducido a la esencia de la vida compartida de dos seres. Y, pegada al amor, la sombra de la muerte. No hay consuelo, no hay pathos, no hay falsas esperanzas, no hay soporte divino, no hay sandeces sobre el paraíso o el infierno: la muerte vista por Haneke es concreta, prosaica, laica, atea (es también otra cosa, que no se puede develar, pero que promoverá la discusión). Como le responde calma y firmemente Georges a su hija desesperada, que grita que hay que hacer algo: “No hay nada para hacer, va a ir de peor en peor, y luego se detendrá”. Haneke no engaña y mira lo ineluctable de frente. Aunque impregnada de crueldad, Amor es constantemente emocionante, e incluso conmovedora.
Amor (Amour)
De Michael Haneke
Con Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva e Isabelle Huppert
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