Volvió la política

Las principales candidatas al Oscar este año filtran dentro de Hollwyood sus originales miradas sobre la historia política norteamericana.

Este año, la terna de Mejor Película en los Oscar parece atravesada por una curiosa circunstancia: muchas de las películas en cuestión se basan en tramas vinculadas a la política (norteamericana, por supuesto) y, en particular, a los resortes más ocultos –e impopulares– que la movilizan. Es así como una película sobre el Libertador de los esclavos que reunificó a los Estados Unidos ganando la Guerra de Secesión (Lincoln) convive con otra (La noche más oscura) que retrata cómo 300 años más tarde, durante el mandato del primer presidente negro de ese país, la CIA persiguió y mató al terrorista más buscado del mundo, ese que uso cuatro aviones para desatar una de las guerras más largas y oscuras de EE.UU. Del otro lado de la cinefilia aunque en esa misma línea “revisionista”, Tarantino aporta otra nota, mucho más colorida, con Django sin cadenas, donde un esclavo liberado busca rescatar a su mujer, esclava ella en una plantación de Mississippi. Finalmente, Argo también se mete con la historia política americana y sus agentes de inteligencia para contar el delirante intento de rescate de un grupo de diplomáticos ocultos en Irán durante la crisis de los rehenes en 1979.

En este marco, no sorprende que una de las favoritas para llevarse el premio que le cayó a El Artista el año pasado, sea precisamente Lincoln, ese Billiken perfecto en el que Steven Spielberg, un prócer de la historia del cine, encara la enorme y épica tarea de retratar otro gran prócer: Abraham Lincoln. Sólo que Lincoln no es una biopic, sino más bien el relato de un período condensado de tiempo, que va desde la decisión de presentar la 13ª enmienda a la Constitución al momento triunfal en que luego de infinitos tejes y manejes en el Congreso la abolición de la esclavitud es finalmente aprobada, cambiando para siempre la historia del país más poderoso del mundo. Y en ese breve período de tiempo, lo único que vemos en pantalla son las operaciones políticas para lograr ese objetivo. Porque en Lincoln, el fin de la esclavitud se consigue no sólo a sangre y fuego, sino por medio de operaciones políticas, mentiras, promesas falsas, y dádivas. A pesar del tono épico y un guión que suena a veces como una seguidilla de discursos, en Lincoln lo que vemos es gente haciendo política, actividad que no se basa precisamente en la pureza de espíritu y acción (“¿Confianza? Caballeros, parecen haber olvidado que la profesión que todos elegimos es la política”, les dice Abe a sus aliados) Sí, la historia de Lincoln, con toda su gravedad emocional (por la que tanto queremos a Steven), es la historia de una gran rosca política. La rosca perfecta, la más eminente, humanista, y sagrada de todas. 

La perfección de ese manual audiovisual de historia yanqui (toda película fotografiada por Janusz Kaminski carga con esa lustradísima apariencia de perfección) no se debe sólo al humanísimo Lincoln que interpreta ese actorazo sobrenatural que es Daniel Day Lewis. Es en gran medida un logro de cómo (y qué) Spielberg decide contar. El director de E.T. hace todo dentro de lo posible para que el protagonista de la película no sea sólo Lincoln, sino el complejo entramado ideológico y legal que fue necesario resolver, entre alianzas y prebendas, para lograr la institucionalización de la igualdad. Incluso con un Lincoln tan pero tan magnético como el que construye sutilmente el actor de Pandillas de Nueva York, uno de los personajes principales de la película es el momento político en el que la correlación de fuerzas y la labor política de distintos agentes culminó en la aprobación de la enmienda.   

En un mundo como el de Hollywood, la relación de Spielberg con la Historia siempre fue relativamente virtuosa, en gran medida porque el director de Munich y Salvando al soldado Ryan es consciente de que nunca se filma la Historia, sino una historia. Y en su historia de Lincoln (didáctica, anecdótica, y solemne, sí, pero no por eso menos fluida o rica en matices) Spielberg también se permite plantear al 16º presidente americano como un político que, sí, fue el caudillo de una guerra sangrienta y no tuvo ningún problema en poner el fin por sobre los medios (“Cada uno le posibilitó al otro hacer cosas terribles”, le dice Lincoln a Grant, el comandante de las fuerzas armadas del Norte). Precisamente, la película pierde fuerza cuando se aleja de esa historia para sumarle otras que se sienten innecesarias. A la historia de Lincoln le sobra la historia familiar del viejo Abraham, un aspecto de la película en donde la biografía (la salud mental de su mujer, la muerte de un hijo) peca de invasión de área, y claro, resulta demasiado aplastada por el Peso de la Historia.

Este domingo, entonces, la historia y la política serán protagonistas de la última terna de los Oscar, esa que se presenta bien tarde, cuando ya estamos cabeceando de sueño. Y lo más probable es que el premio mayor se lo lleve alguna de todas estas películas que mencionamos arriba, que en el seno del Hollywood más vacío y neutro intentan filtrar, cada una a su modo, algo de densidad política y sentido de la Historia. 

Aunque claro, por ahí sucede exactamente lo contrario y gana Los Miserables. Dios nos libre.