Desposeídos de sus pertenencias materiales y caminando en cuatro patas como en el final de una peregrinación, los espectadores de Reglas y condiciones deben entregarse mental y físicamente, como en el más poderoso de los rituales, para recorrer la muestra de Diego Bianchi en la galería Mite que inauguró a mediados de diciembre y puede visitarse durante todo el verano. Las obras de Bianchi son algo así como epifanías que, despojándonos de nuestros prejuicios, enseñan a mirar, como si fuese la primera vez, el arte y, más aún, la realidad. Bianchi hace esculturas e instalaciones con maniquíes diseccionados, ruedas, tapitas y envases usados, con los que demuestra que las experiencias estéticas más estremecedoras pueden suceder en los momentos y lugares más inesperados. En su taller repleto de objetos insólitos como redes de pescador y una hoja gigantesca pintada de dorado, conversamos sobre su última exhibición.
¿Por qué Reglas y condiciones?
Diego Bianchi: Estuve sufriendo y pensando mucho sobre la burocracia y el enredo en que se está transformando vivir, los trámites y las reglas. Toda esa problemática me tiene obsesionado y quería, de alguna manera, incluirla en el trabajo. Ya lo había hecho en trabajos anteriores en donde el espectador tenía que hacer acciones específicas para poder ver. Quería volver a repetir esa situación, poner al espectador incómodo, hacerlo pasar por leves humillaciones. El espacio de la muestra es muy pequeño y traté de subdividirlo en dos y en cada uno hay que cumplir una condición para poder acceder. El techo está bajado y construido con papel de diario y madera, para entrar hay que ponerse en cuatro patas y recorrerlo gateando; adentro hay esculturas que tienen la escala justa para verlas de rodillas y desde muy cerca, también hay basuritas encontradas que las complementan. Intento sacar esa distancia que tiene el arte; las obras se pueden tocar e inclusive algunas se rompieron. Siempre trato de desacralizar la situación del arte. Luego se sale de ese espacio y se accede a la vidriera del local, que da a la avenida Santa Fe. Para entrar a esa parte de la instalación, las personas deben sacarse alguna prenda importante como el pantalón o la remera y quedan expuestos frente a los que están en la parada de colectivo o viajando.
En tu exposición de 2006 Imperialismo Minimalismo transformaste la escalera de acceso a la sala en una rampa empinada por la que se subía con ayuda de una soga. ¿Por qué lo inaccesible?
No pienso en lo inaccesible sino en crear una dificultad. Me interesa poner al público a trabajar para acceder a lo que está adentro. En el caso de la rampa fue una cuestión de trabajo físico porque la construí no como objeto simbólico sino que realmente había que treparla, luego había dos escalones y recién ahí se accedía a la muestra. La gente entraba desarmada, riéndose o asustada. Había una experiencia real del espectador que me parece muy útil para poder enfrentar una muestra porque baja las defensas y el prejuicio racional, aunque esto lo supe después porque la primera intención era que el espectador se esforzase. Me gusta pensar en pequeñas humillaciones, un tema que sucede todo el tiempo para vivir, para acceder, para viajar, cuando te revisan en la entrada de un lugar… Son muchas situaciones cotidianas que uno las asimila pero son humillantes. Me interesa en esta muestra además que el público experimente una sensación de liberación después de desvestirse y exhibirse, de sobrepasar la humillación. Tal vez es un poco cristiano… Aunque la gente si no quiere desnudarse puede no hacerlo.
En otras exposiciones montaste los ensamblajes escultóricos de manera recorrible pero con ladrillos colgando o estanterías sobre caballetes inestables. ¿Cuál es tu relación con el riesgo y la precariedad?
Me interesa mucho la situación de inestabilidad o estabilidad momentánea de las cosas. En general, estoy tratando de hacer sistemas que están al borde de su existencia, algo que está y puede no estar o venirse abajo en un segundo. Trabajo con el equilibrio y con lo precario. Genero las plataformas para que las cosas sucedan, y cuando algo funciona es porque encontró una armonía que es muy inestable y efímera.
Tus obras consisten en objetos y desechos que vas reuniendo. ¿Cómo es tu proceso de trabajo?
En general estoy pensando situaciones y anotando ideas que son generadoras de movimiento. Un trabajo me cierra cuando empiezo a activarlo y me corre de un lugar, no llego a un lugar que conocía de antemano sino que descubro una situación. Cuando eso sucede, el trabajo queda encapsulado con un tipo de verdad que también ve la gente. Todo el tiempo uno tiene que ir esquivando eso que aprendió para poder meterse de nuevo en un territorio desconocido, que a veces da miedo y adrenalina. Todo el tiempo cuando estoy trabajando pienso que el trabajo va a fracasar o pienso en suspender la muestra. Sobrellevar ese momento de incertidumbre o de miedo es el objetivo y el trabajo vive si atraviesa esa parte.
¿Cómo entendés la práctica artística? Pienso en una de tus últimas exposiciones que se llamó Ejercicios espirituales…
Cada muestra, cada proyecto, es una aventura, me gusta pensarlo así, meterme en un lugar en el que las cosas se me van a ir de las manos, hacer algo épico y generar con eso un discurso, una situación o un ambiente. Me interesa que el espectador esté sumergido en un mundo, que utilice todos los sentidos, que sucedan múltiples lecturas de un trabajo, auspicio eso y trato de generarlo.
¿Cuáles son tus observaciones sobre aquello que se está haciendo en esta época?
Hay tendencias… pero no sé si Buenos Aires o la Argentina están incluidas. Funcionamos como isla, en algunas situaciones esto es para bien porque estar atento a las tendencias o paradigmas no necesariamente genera una propia interpretación de lo que hay que hacer, sino que funciona como bajada de línea. Lo malo es que hay mucho ombliguismo, arte como expresión, artistas autorreferentes de lo personal, familiar o cotidiano. Me interesa mirar el presente, traficar información, subvertir los elementos de la realidad. El artista tiene la posibilidad de regenerar el entorno, hacer un ejercicio mental. También existe la idea de que el arte puede cambiar el mundo, no sé… puede que sea así en algunos casos, pero que el espacio del arte por lo menos sirva para repensar, reacomodar las cosas. Me gustaría que exista la tendencia de artistas atentos a lo que sucede y con eso accionen. Hay tendencias que tienen que ver con eso, el arte relacional, político, comprometido. El Premio Petrobrás busca esa situación o el último trabajo de Eduardo Navarro también. Otra tendencia negativa tiene que ver con el trabajo objetual y muy profesionalizado de los artistas jóvenes, que enseguida sienten que hay que generar una carrera y una obra fácilmente asimilable que entre rápido en circuito. Creo que un artista puede entrar en el circuito cuando genera algo que disloca al sistema, no cuando se sobreadapta. Hay una tendencia a sobreadaptarse a lo que hay que hacer con la que no estoy de acuerdo.
Para la Bienal de la Habana de 2009 hiciste una instalación con objetos traídos desde la Argentina y restos del montaje de la bienal. ¿Por qué la titulaste La crisis es estética?
Llevé cosas que pueden considerarse basura como packaging en desuso, envases, pilas, cáscaras de huevo… el título surge de la Feria de Arte Arco, en España de ese mismo año, donde veía que todos estaban muy preocupados con la crisis. Allí, en el piso armé esta frase con basuritas encontradas. Era como darles una respuesta a lo que a ellos les estaba pasando, la crisis era una situación, un paradigma equivocado, lo que pasaba ahí era un exceso de cosas nuevas, de lujo y confort, escribir con basura era como cambiar el eje de la mirada, en lugar de que todo tiene que estar perfecto, lo imperfecto tiene su valor y hay una respuesta en eso.
La instalación Wikipedia (Premio Petrobras 2007) es un supermercado de recursos e ideas para el arte contemporáneo. ¿Cómo describirías el funcionamiento del sistema?
¡El sistema del arte es una porquería! Me desilusiono todo el tiempo: con las instituciones privadas porque finalmente hay desinterés, desconocimiento y miedo, con coleccionistas y galeristas, ¡hasta con los artistas! Hay obras clave del siglo XX que serían imposibles en este momento, como algunas performances que creo no se podrían hacer por cuestiones de seguridad o conservadurismo, burocracias que hacen que muchas cosas no se puedan hacer. El artista tiene la misión de subvertir el orden de lo que está dado y en este medio tiene que estar necesariamente incómodo. Creo que hay desconfianza y temor a la práctica de arte. En los espacios públicos faltan apoyo y medios pero tenés más libertad. Hay un descontrol que les es propicio. Los coleccionistas quieren poseer el objeto y no la carga simbólica.
¿Y en relación a los artistas?
Es difícil porque tienen que vivir, sobrevivir, adaptarse, pero tendrían que conservar el poder crítico. Siempre se puede elegir qué cosas hacer y qué no.
Diego Bianchi
Reglas y condiciones
En Mite, Av. Santa Fe 2729, Locales 21 y 30
Hasta fines de febrero
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