Descubriendo un vino mendocino de garaje

A la par de los cosechadores, Silvia va probando la uva de los distintos tachos. Mariano, con su visión de arquitecto, diseñó una herramienta para una técnica fundamental en la fermentación. Hermanos, padres, sobrinos y vecinos se han sumado a compartir la alegría del vino que elaboran con tanto cariño como el asado del domingo.

¿Qué es un vino de garaje? Esta pregunta anima a ir en busca de un par de copas para descorchar una botella y dar rienda a la charla. Sin embargo, la punta del ovillo nos conduce directamente a Francia, a sus intrincadas clasificaciones y jerarquías de castas vinícolas en las que no nos vamos a meter, solo recordar que fue un argelino afincado en Burdeos, Jean Luc Thunevin, quien quiso demostrar que no era necesario un viñedo reconocido ni un castillo para lograr hacer un gran vino. Del mismo modo, no es imprescindible contar con la instalación de una gran bodega para elaborar un vino único. Con medios modestos, conocimiento y fundamental dedicación, se puede hacer un vino que despierte gran satisfacción. La misma satisfacción que comparten Mariano y Silvia, arquitecto y enóloga, desde que se lanzaron a elaborar su vino mendocino de garaje.

La historia es buenísima y, eso que tantas bodegas y elaboradores de vino buscan crear en el imaginario de la gente, ellos lo tienen genuino y de sobra.

Silvia Corti es ingeniera agrónoma y Master en viticultura y enología. Su amor y dedicación por lo que hace la han conducido por una carrera de maravillosa experiencia que muchos desearían tener. Apenas se recibió trabajó en Finca Flichman durante ocho años, participando de varias cosechas en el Languedoc, para vivenciar la cultura y elaboración en los chateaux franceses y otras más en Portugal, lugar de origen de los capitales de esa importante casa vinícola de Lunlunta. Luego, durante seis años en Esmeralda una de las grandes bodegas del grupo Catena y, hace un año, es enóloga de Argento, los vinos argentinos de la firma inglesa Argento Wine Company.

Cerrojo es un vino único, por ser un producto genuinamente elaborado con uvas de la finca de nuestra abuela Morocha. Familiar: Porque en su elaboración participan
sólo padres, hermanos y sobrinos. Limitadísimo:
Porque sólo se elaboran tres barricas con una producción numerada de botellas. Y “de
Garaje”: porque en un cobertizo, detrás de una puerta cerrada con un cerrojo antiguo, reposa el vino que
se originó con la cosecha de una temprana mañana del
mes de abril.

Mariano, es arquitecto, ambos se conocieron hace seis años y llevan juntos ese mismo período. La familia de Mariano, los Miquel, poseen una pequeña finca en Lunlunta, Maipú, cuyas uvas se venden en su mayoría (98%) a las reconocidas bodegas Catena Zapata, Benegas y Norton. Solo un mínimo restante queda y es el motivador de esta historia de sueños, esfuerzo y mucha alegría para la pareja, que luego se extendió a padres, hermanos, sobrinos y hasta vecinos, a través de la elaboración de un vino único y familiar “de garaje”. Mejor dejemos los detalles en boca de los protagonistas.

Para presentarme a Cerrojo nos juntamos en La Morocha, una pequeña finca de labranza tradicional, (arado, zapa y riego de turno), cuyos viñedos de Malbec y Cabernet Sauvignon fueron plantados por los abuelos de Mariano hace más de 50 años.

Allí en el garaje, donde antiguamente se guardaban los tractores, descansan las botellas bajo un cerrojo antiguo y solo dos copias de llave, en manos de la pareja.

¿Cómo se embarcaron en este proyecto?

Mariano: Nuestra idea desde el comienzo fue elaborar un vino que provenga únicamente de esta finca. Son viñedos plantados por mi abuelo Marón Abihaggle, (libanés) padre de mi madre. Él era viticultor pero no elaboraba vino, esta finca tiene historia familiar, ¡aquí se casaron mis padres!

Silvia: Mariano me animó a hacer algo distinto. No era inaccesible un proyecto con tecnología pero no era nuestra idea, queríamos algo completamente diferente para compartir con nuestra familia y amigos.

Allí en el garaje, donde antiguamente se guardaban los tractores, descansan las botellas bajo un cerrojo antiguo y solo dos copias de llave, en manos de la pareja.

¿Qué es lo diferente en un vino de garaje?

Silvia: En primer lugar, cosechamos cuando queremos. Me doy el lujo de elegir la parcela que más me guste y las cajas de uvas también, por ejemplo, no utilizo las cajas que provienen del pie de la hilera porque es donde se acumula el agua de riego y, por ende, es una parte de la viña muy productiva.

Mariano me propuso desgranar a mano, con la idea de que no pase ni un pedacito de escobajo al jugo para evitar gustos desagradables en el vino.

Mariano: Al desgranar a mano evitás la rotura de la semilla que también da gustos no deseados.

¡Qué trabajo de hormiga desgranar a mano!

Silvia: Sí, requiere de gran paciencia. Me acuerdo que en plena temporada de cosecha, salía de trabajar en Esmeralda (Junín) a las once de la noche y me venía directo al garaje (Lunlunta) a desgranar racimos para nuestro vino. Esto lo hice durante el 2009, 2010 y 2011.

Me gusta moler los granos con los dedos, a medida que voy despegándolos del racimo realizo un movimiento suave para romper la piel de manera de colaborar con la salida del jugo que luego va a fermentar.

¿Cómo han generado en el garaje el ambiente y los elementos necesarios de una bodega?

Silvia: Me acuerdo que pasábamos largas noches pensando en todo esto. Qué hacer para moler, para lograr hundir el sombrero, yo le contaba a Mariano como se elabora el vino y él en su cabeza de arquitecto iba imaginando elementos y formas. Juntos pensábamos cómo traducir el proceso para que fuese ¡ciento por ciento manual!

Mariano: Usamos dos bins de piletas. Se me ocurrió diseñar un pizón que tiene la base acanalada, para realizar el “pigeage”, de esta manera además de sumergir el sombrero logramos oxigenar el mosto.

Utilizamos solo la gravedad para movilizar el vino de un lado a otro. Todo lo hacemos a mano, incluido el etiquetado y encorchado.

Silvia: Además, esto se ha convertido en un motivo que nos une, imagínate él, arquitecto, yo, enóloga, encontramos esta actividad que nos genera momentos para compartir y nos da más satisfacción de lo que pensábamos.

Por esas casualidades no casuales, Aldo Graziani el conocido sommelier porteño, probó Cerrojo y los impulsó a comenzar su comercialización en la vinoteca que posee en San Telmo, una de las casas de venta de vinos top de Argentina.

Silvia: Una amiga trajo a Aldo para que probara el vino, porque él anda siempre en busca de productos diferentes y poco conocidos para su vinoteca. Le gustó y dijo que lo quería en la carta del hotel Unik, de Palermo, cuyo propietario es arquitecto coleccionista de muebles y objetos de decoración. Así es como vendemos el vino en estos dos lugares, el hotel y su vinoteca.

Mariano: Comenzamos a vender porque nos lo pidieron, no estaba en nuestros planes comercializarlo, solo lo necesario para proveernos de los insumos, porque quienes colaboran en su elaboración son todos familiares y vecinos.

Además tuvimos que diseñar etiqueta, presentarlo en el INV, ¡fue dar un paso importante!.