Hablamos de una enfermedad crónica en términos generales cuando es de larga duración, no curable, pero sí tratable, ya sea para frenar su desarrollo y /o sintomatología, que a su vez tendrá incidencia sobre la calidad de vida del individuo que la padece.
Recibir el diagnóstico médico de una enfermedad crónica puede significar un gran impacto emocional. Desde que las dudas comienzan a surgir por parte de los especialistas y durante el período en que se realizan análisis y estudios, pueden sobrevenir en la persona estados de angustia, temor, ansiedad y hasta depresión.
Todo dependerá de cuáles son las dudas y respecto a que tipo de enfermedad, la personalidad de quien está involucrado en esta situación y su entorno social y cultural. Todo significará un aporte que sumará aspectos positivos o negativos al momento del diagnóstico.
Desde luego que asumirse en una enfermedad de este tipo no será tarea fácil y también guardará íntima relación con la clase de patología y sintomatología que padezca o que la persona suponga que deberá padecer en un tiempo cercano.
Conociendo que los estados emocionales tienen gran incidencia sobre el desarrollo, intensidad, recuperación o tratamiento de las enfermedades, el hecho de tener muy presente en qué estado se siente el individuo que vive una situación como esta sería un aspecto importante para considerar.
El miedo a sufrir o a la muerte es un sentimiento que a menudo surge ante una enfermedad crónica.
Y, justamente, a quién se encuentra atravesando esta situación puede difícil resultarle compartir estos sentimientos con sus seres queridos o sus afectos cercanos.
Tendemos habitualmente a no prestar el oído para que alguien a quien le tenemos cariño nos diga y nos justifique su temor en relación a estos dos puntos.
Tendemos a minimizar o incluso negar las posibilidades, lo cual puede estar referido a que también sentimos esos mismos miedos.
Y es que no siempre podemos ayudar desde nuestro compartir como quisiéramos o en beneficio del otro que tenemos frente a nosotros, no porque no nos importe, todo lo contrario, seguramente porque estamos muy involucrados desde el afecto.
Distintas etapas
Una persona a la que se le informa que padece una enfermedad crónica puede pasar por diferentes momentos antes de asumir cuál es su verdadera situación y colaborar con ella. Puede, en sus comienzos, minimizarla, guardar el “secreto”, maximizarla, negarla, etc.
En esta etapa, es muy valiosa la observación y el seguimiento del profesional que lo atiende para chequear cómo va recibiendo su “nueva realidad”, y la orientación que pueda brindarle para hacer una interconsulta de orden psicológica que colabore con un proceso emocional favorable en ese camino que le toca recorrer.
En la medida que la persona pueda ir adquiriendo más información, aliviando las dudas y desmitificando los fantasmas que se hayan armado en función de esta problemática, es probable que pase a una etapa un poco menos angustiosa y de mayor aceptación.
Esto puede darse en una progresión no siempre lineal, en el sentido de que puede haber altos y bajos, que también se vincularán con los resultados de los tratamientos.
A veces, es muy difícil desenmarañar dónde se generan las complicaciones, si en lo biológico-físico o en lo emocional.
Si el estado emocional es saludable, la persona contará con mayores recursos, estrategias y lucidez para sentirse bien aún con esta experiencia de vida, dándole a su padecer el lugar que se merece, no luchando contra él, sino con él y en favor de su bienestar.
Fuente: clarin.com
La enfermedad crónica, un impacto emocional
Aceptar una nueva realidad vinculada con la salud no es fácil, pero puede asimilarse si la actitud que se asume no es luchar contra ella, sino con ella y en favor del bienestar personal. El apoyo psicológico, siempre recomendado.