Miserias, egoísmo, traiciones, la Davis

Un análisis de gonzalo Bonadeo sobre las versiones que circularon antes de confirmarse la noticia del abandono por lesión de Delpotro.

Foto: Telam
Foto: Telam

Quiero compartir con ustedes algo que no creo que sea la verdad revelada –me reservo ese derecho para otros ejercicios de soberbia insoportable que suelo tener– pero que cada vez se me hace más cierto. La versión argentina de la Copa Davis está llena de gloria deportiva. Y de episodios de miserias, egoísmos, traiciones, alcahueterías y ejercicios ilegales de poder que ninguno de los protagonistas que te los cuentan se animarían a refrendar en on. Esos episodios son muchos más de los casi ninguno que se han conocido públicamente. Sin embargo, los reales suelen ser muchos menos de los que esos mismos protagonistas te cuentan en off. Fue así hace treinta años, hace veinte, hace diez y durante la última semana.

Entre los voceros oficiosos que jamás lo dirán en público figuran desde jugadores, ex jugadores, entrenadores, asistentes, dirigentes, periodistas y hasta amigos de amigos, repositores de toallas del vestuario o señoritas que sirven agua en los cambios de lado. En gran medida, por todo esto es que hoy también fracasaré en el intento de decidirme a volcar en el papel todo lo que vengo escuchando en estos días por parte de gente que, con mejor o peor intención, me dejaría solo si me animase a jugarla del valiente que nunca seré. Porque, además, una tendencia de los tiempos es no tirarse en contra de los pesos pesados, aunque esto sea circunstancial y todos terminemos, como diría Ringo Bonavena, mirando los rabanitos desde abajo.

Miren si podrá ser bizarro el escenario de nuestra Davis que muchos se enteraron de la decisión de Del Potro de no jugar hoy contra Berdych a través de Flavia Palmiero, a quien, pobre, terminaron insultando en las redes sociales cuando su única responsabilidad fue haber escrito unos tuits porque escuchó al aire que en Radio 10 –inmediatamente, en Infobae– daban la noticia cinco horas antes de que la confirmara Martín Jaite. Tan raro parecía el origen del asunto, que ningún otro medio on line se animó a dar cuenta del tema hasta mucho después. Para colmo, lo poco que se consultó a los involucrados variaba entre onomatopeyas y misterios.

Cuentan que quien lo informó originalmente es, además de trabajar en radio, el amigo de un amigo del tandilense. Tal vez sea mentira. Tal vez este señor soñó algo y acertó a contarlo delante de un micrófono.

En todo caso, mucha gente supo del asunto antes de que se lo confirmaran al cuerpo técnico. Una vez más, en esta semana difícil, se subvirtió el orden de normas de un equipo que, por cierto, tiene desde su cuerpo técnico un mensaje constantemente componedor, nada estricto y mucho menos conflictivo como para merecer este tipo de desplante.

Eso sí, jamás pondría en duda la autonomía que merece tener cualquier deportista para decidir cuánto arriesgar de su físico y cuánto no. Menos aún cuando su médico de confianza se expresó claramente a favor de un reposo.

Creo que por todo esto debo estar tan fastidiado. Y porque a la ilusión de otra final de Davis sólo le cabe un escenario poco menos que milagroso. Llenamos de “ojalás” un escenario que, hace poquito, estaba lleno de certezas. Hoy es ojalá gane Berlocq. Ojalá gane Pico.

Es probable que haya algo más profundo en mi enojo. Tal vez sea que, a esta altura, casi cincuentón, debería haber aprendido a tomar distancia de estos asuntos. A ser un poco más soberbio aún. Si esto fuese posible.