El archivero de la humanidad (Final)

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Según mis cálculos, aunque es bastante complicado contar el tiempo con exactitud en un periodo tan extenso, entre el 2012 y el 2014 se tendría que estar cumpliendo el plazo estipulado. Ayer acabé de digitalizar las páginas finales y guardé los chips en dos valijas escondidas en un pequeño sótano que existe bajo el piso de la cocina.

            Muchas veces me he preguntado cómo será la biblioteca galáctica y si en el anaquel (o como se llame) donde estarán dispuestos mis archivos, figurará mi nombre. Creo haberme ganado el crédito por tan inhumana labor. Pero… ¿cuál nombre? Usé casi trescientos, confío en que será Keofrenatus, me gusta como suena.

            Sólo me resta aguardar, quizá ya estén enterados de que concluí su asignación y vengan en cualquier momento. Tengo la esperanza de que después de marcharse todo se transforme en mi vida. Que la imaginada gratificación le dé un sentido y termine mi martirio.

            En estos tiempos me llamo William James Hurbertt, trabajo en la biblioteca de la ONU en Washington y vivo en el anteúltimo piso de un edificio altísimo. Hoy el cielo está despejado, lo que es realmente atípico por acá. Es verano, el termómetro marca 83ºF. En noches así disfruto subir a la terraza y tenderme sobre una hamaca paraguaya que acomodé entre dos pilones de cemento. Paso horas escudriñando el firmamento. Cualquier punto luminoso que se desplaza, provoca un vuelco en mi corazón. A veces el amanecer me sorprende mirando, buscando…esperando.

 V
            Soy inmensamente dichoso. Anoche, 17 de agosto del año 2012, al fin sucedió. Como a las tres y media de la madrugada me chuparon de la terraza. Aparecí en la misma sala azul descripta cinco milenios atrás. Eran siete esta vez, como si el acontecimiento poseyera más relevancia. El frío era insoportable y comencé a tiritar emitiendo un sonoro castañeteo de dientes. ELLOS debieron notarlo porque al instante el ambiente se volvió cálido y agradable.

            Me resultó increíble que pudiese reconocer a los tres aliens del primer encuentro. Era como si aquellos remotísimos recuerdos hubieran, de repente, accedido al nivel consciente de mi memoria.

            Quedé sorprendido por la forma en que me saludaron. Olas de sensual energía acariciaban mi cuerpo, un indescriptible sentimiento de gratitud y cariño se desprendía de aquellos seres.

            Luego de bajar al edificio y buscar los archivos, fui succionado nuevamente. Por unos minutos el más chiquito pareció revisar el material y luego miró al jefe. Intuí que le estaba comunicando algo, pues percibí las vibraciones y hasta me pareció comprender algunas palabras.

            El eterno líder (luego supe que se trataba del Supremo Bibliotecario) se acercó y apoyó dos de sus tres dedos sobre mi frente.

            — ¡Muchas gracias Keofrenatus! Has realizado un trabajo magnífico. No acostumbro a regalar elogios, pero estamos en presencia de una de las recopilaciones históricas de mejor calidad de los últimos milenios. Te has ganado con creces el premio estipulado. En poco tiempo, serás oficialmente nombrado archivero galáctico. Uno de los trabajos más apetecidos y mejor remunerados en todo el imperio. Deberás trasladarte inmediatamente a Agalazarni, el planeta sede de la biblioteca universal. Si no estoy equivocado, serás el primer habitante de un planeta básico, que accede a tamaña posición.

            No entendía de qué carajo estaba hablando, ni me importaba, no era ni remotamente el tipo de reconocimiento que aguardaba y mi expresión se los debe haber dejado bien claro, porque al instante el pequeñín preguntó:

            —Te noto poco complacido, a mí me llevó doce mil años alcanzar esa categoría y fue el día más feliz de mi vida. ¿Es que acaso esperabas mayor premio? No estás obligado a aceptar la designación. Aunque estarías desperdiciando una oportunidad única. Dinos qué quieres y serás atendido querido amigo, pero piénsalo bien.

            ¿Pensarlo bien? Si lo llevaba meditando por siglos enteros. Tantas veces preparé el discurso. Estaba dispuesto a implorarles, a llorar si hacía falta.

            Les expliqué detenidamente las causas que fundamentaban mi decisión. Parecieron no entenderlo.

            —No tiene lógica —replicaron a coro— ¿Cambiar la eternidad por tan poco?

            Se desprendió de ELLOS un sentimiento de tristeza que me acongojó. Volvieron a insistir, resaltando la importancia de no desperdiciar mi talento innato.

            —Un diamante por pulir, algo excepcional —recalcó el jefe.

            Tras unos minutos de súplicas estériles, me negué irrevocablemente. Entonces, me rodearon los siete y apoyaron sus manos derechas sobre mi frente. Comprendí que el movimiento oscilante de cabezas era su despedida.

            —Es una pena, teníamos grandes planes para ti, pero tus deseos son órdenes, te vamos a extrañar Keofrenatus —dijo uno corpulento que, hasta entonces, había pasado inadvertido. Sentí un fuerte pinchazo en la nuca, a la vez que me desvanecía.

 

VI

 

            Estoy contento, si hasta la ciudad de Washington me parece hermosa. Comienza la primavera y siento que, después de tantísimo tiempo, aprecio el olor de las flores nuevamente. Sentado en el banco de una plaza, la sonrisa de un niño me conmueve hasta las lágrimas. La brisa despeina la copa de los árboles creando un susurro melódico, encantador. Un trío de ardillas se pelea por una cáscara de manzana, una dulce viejita alimenta las palomas. El mundo no puede ser más bello…

            Ocho meses pasaron desde que ELLOS se marcharon complaciendo mi ruego. Desde entonces, me puse de novio con Verónica, una argentina divina. Empecé a correr tres millas todas las mañanas, me compré un cachorro de ovejero alemán y me anoté, junto a mi amor, para cursar cine en Nueva York. Mañana nos marchamos. Hemos planeado huir al sur del continente, una vez terminados los estudios. Dos o tres hijos quizás, un chalecito entre los pinos a la orilla de un lago…

            ¡Qué maravillosa es la vida, mis amigos! Mañana cumplo apenas veintisiete abriles.

 

 

           Dibujo realizado especialmente para este relato por mi amigo ecuatoriano Ramiro León Noboa.

 

            Amanecerá y veremos sur mendocino...  W.G.G desde Miami