Hace unos veinte años, una gran película injustamente subvalorada llamada Visa al paraíso (dirigida por el injustamente subvalorado Albert Brooks, a quien hoy pueden "ver" como la voz de Marlon, el pez protagonista de Buscando a Nemo, que se reestrena en 3D) contaba que cuando uno moría no iba al cielo, sino a una especie de Ciudad Tribunales donde se analizaba el derrotero de tu paso por la Tierra y se decidía si tu alma "trascendía" o no de acuerdo a si uno había logrado vencer sus miedos. El método de análisis era similar a un juicio, donde las evidencias (situaciones a lo largo de una vida) se presentaban en una pantalla de cine en la forma de escenas, como clips de una película que duraba lo mismo que la existencia de uno. "Por ahí se impresiona un poco al verse en la pantalla", le decían al protagonista. "Pero relájese. La gente dice que se siente como un 3D".
Y cuando hablamos de películas familiares, un género que suena tan minoritario y a la vez masivo (¿quién no se filmó alguna vez?) hay mucho de cierto en ese comentario. Son muchas las dimensiones que estallan frente a algo como una película familiar: registro, intimidad, historia, afecto, memoria, son algunas de ellas. Artefactos casi mágicos donde el asombro se amalgama con el vértigo de ver el propio pasado (o el ajeno) en una pantalla de cine. Y ahí es donde encuentra parte de su esencia el Día de las Películas Familiares, versión local del Home Movie Day, y evento de pura fantasía cinematográfica (tan real como elusiva) que luego de su sexta fecha en el Centro Cultural Ricardo Rojas de Buenos Aires viaja a la provincia de San Juan como parte del nuevo Festival de Cine de la UNASUR.
Organizado por el ARCA (el Archivo Regional de Cine Amateur, cuya misión es "conservar, preservar, investigar y difundir materiales audiovisuales fílmicos y magnéticos no profesionales"), el Día de las Películas Familiares tiene un nombre bastante explícito: se trata de una jornada donde el público puede llevar sus películas familiares en los viejos formatos fílmicos hogareños (8 mm, Super8, 16mm) y proyectarlas en manos de expertos. El equipo de ARCA, además, aconseja al público sobre cómo preservar aquellos tesoros íntimos de celuloide que la gente trae a veces sin tener idea de su contenido. Esas latas viejas, que generalmente duermen olvidadas en altillos o roperos, suelen pasar sus años deteriorándose sin protección alguna, como lamentablemente lo hace gran parte del patrimonio fílmico de nuestro país.
El rescate de nuestro patrimonio cinematográfico no debería limitarse a las películas producidas con fines comerciales. Las películas familiares no solo capturan momentos privados importantes de nuestras vidas, también son documentos históricos y culturales. Pensemos en la película de 8mm de Abraham Zapruder que registró el asesinato del presidente Kennedy, o las vibrantes filmaciones en colores de Frida Kahlo y Diego Rivera que Nickolas Muray filmó con su cámara de 16mm. Imaginen cuán diferente sería nuestra idea de la historia sin todos esos films preciosos. El Día de las Películas Familiares es una celebración de estas películas y de la gente que las filmó.
Eso decía Martin Scorsese, y con mucha razón. Como un vértice donde el recuerdo privado puede volverse memoria pública y comunitaria, en su todavía breve existencia el Día de las Películas Familiares (creado en EE.UU. y hoy extendido a más de 50 ciudades de todo el mundo) supo ser un lugar de grandes descubrimientos, como aquel día en que el público del Rojas se encontró a sí mismo mirando un registro en colores del 24 de marzo de 1976 filmado desde la Plaza de Mayo, que dormía anónimo en unas latas encontradas en un departamento vacío. O alguna obra del gran cineasta experimental argentino Claudio Caldini que hasta él mismo creía olvidada. O, incluso, las filmaciones clandestinas de algún voyeur de barrio espiando a su vecina.
El gran John Waters lo dijo mejor que nadie: no existen las malas películas familiares. Estas mini-obras underground son reveladoras, terroríficas, felices, siempre fallidas, repletas de arte accidental, y nos gritan desde los áticos y los clósets de todo el mundo pidiendo volver a ser vistas. El Día de las Películas Familiares es una orgía de autodescubrimiento, una oportunidad para que los recuerdos familiares de repente se transformen en show business. Si tenés una, sacala y mostrala ya."
Es que cualquier cosa puede pasar cuando uno revuelve las imágenes del pasado, como una caja de pandora que dispara géneros híbridos y fábulas incompletas que aunque "reales" no dejan de ser tan atrapantes como cualquier ficción bien relatada. Y si bien hay ciertos espacios que a lo largo de la historia se volvieron escenografías clásicas para las películas familiares argentinas –como Mar del Plata, Bariloche, o la Ciudad de los Niños– la magia de este género es precisamente el hallazgo de su originalidad absoluta: cada vacación, cumpleaños, casamiento, o bar mitzvah, conforma un universo diegético único, creado con el pulso familiar de una poética propia. Una porción de vida (y de Historia) hecha cine.