La exposición “Edvard Munch: El ojo Moderno” llegó a la Tate Modern.
Allí se presentan, además de las pinturas más famosas del artista (aunque falta “El Grito”), las fotografías que se tomó a sí mismo como base para algunos de sus autoretratos más famosos.
Junto con los experimentos del artista con el cine en la década de 1920, y otros ejercicios de composición fotográfica que asombran por su modernidad, estos autorretratos (algunos de ellos tomados con la cámara alejada hasta el largo del brazo, como nos fotografiamos nosotros mismos hoy en día con el celular), son presentados como obras de arte independientes.
Munch vivió en el puente del siglo XIX hacia el siglo XX, transitando desde el simbolismo lírico por el cual se hizo conocido, a las escenas cotidianas de la ciudad que cambiaba en pocos años más que en décadas, debido a los avances tecnológicos de la época.
Es por eso que este artista noruego nos habla en sus pinturas tanto de vampiros como de fábricas incendiadas, ya que es alguien atravesado con igual intensidad por las tradiciones del folklore nórdico y las imágenes de los diarios que registraban los incidentes de la vida urbana.
Según el texto difundido por los organizadores de la exposición, el uso de primeros planos prominentes y diagonales en la obras de Munch, son una fuerte referencia a los avances tecnológicos en el cine y la fotografía. El hecho de crear la ilusión de figuras que se mueven hacia el espectador, un truco visual que puede verse en muchos de sus trabajos más innovadores, es considerada una nueva manera de narrar la imagen.
“…Mi primera aventura fue descubrir las perspectivas geométricas, las simetrías y sombras que dibujaban las siluetas negras de hombres de espaldas, aferrados a sus periódicos sin que se les moviera el sombrero”
Esta frase que bien podría haber sido dicha por el pintor en Oslo al rememorar cómo fueron sus primeros ejercicios fotográficos, nos sorprende cuando sigue:
“… La Leica siempre lista, colgada al cuello. Cuando bajaba el sol, tomábamos la calle Corrientes a la altura de Once y llegábamos hasta Chacarita unas cuantas horas después."
Caemos en la cuenta por lo dicho que, o bien desconocemos mucho sobre la vida de Edvard Munch, tanto como para ignorar que estuvo en Buenos Aires, o que lo dicho no le pertenece.
Si fuese un concurso, acertaríamos al elegir la segunda opción.
La frase es del fotógrafo argentino Horacio Coppola, quien a los 105 años falleció el mes pasado, siendo también un artista que presenció un cambio radical de tecnologías entre dos siglos, estando activo hasta el 2004.
La forzada confluencia de estos dos artistas en estas líneas intenta una reflexión sobre el tiempo que le tomó al arte, sobre todo en Argentina, entender que esa tecnología nueva allá y entonces, requería una categoría autónoma dentro del arte contemporáneo.
En el curso de historia de la fotografía argentina que imparte en distintas ciudades del país Raúl Flores, un artista visual cordobés, el hilo conductor del mismo es la aceptación tardía dentro del panorama local de esta nueva disciplina, a pesar de tener una producción en concordancia con la de los principales centros artísticos del mundo.
El caso de Coppola es muy elocuente, y Flores profundiza en su figura para ilustrar la idea.
Así, cuenta cómo en el año 32, Coppola viajó a Berlín a estudiar en el departamento de fotografía de la Bauhaus, donde conoció a su primera mujer, Grete Stern, también fotógrafa.
La biblioteca que formaron juntos en Europa y trasladaron a Buenos Aires, con todas las novedades editoriales del momento, junto a la colaboración e intercambio con otros intelectuales, como Borges, Xul Solar, Leopoldo Marechal, Victoria Ocampo, etc. dieron como resultado el núcleo duro del pensamiento artístico de la época.
Si el simple hecho de haber fundado el primer Cine Club de Argentina, o tener un volumen de fotografías presentado por Henry Moore, o haber hecho una película sobre cómo se construyó el obelisco en Buenos Aires no bastaran para dar una idea de la dimensión de este artista, Coppola tuvo que empecinarse en ser longevo para ver su obra valorada. O mejor dicho, para que los demás aceptaran los nuevos medios de expresión como campos donde se pudiera valorar el talento.
En algún momento de la historia del arte, la fotografía dejó de estar subordinada a otras instancias, y ya no hubo que ser previamente un pintor, dibujante, o escultor, para poder ser artista visual.
Calculo que ese proceso debe haberse desarrollado mientras Munch y Coppola, junto a otros tantos que veían con desconcierto las herramientas expresivas de siglos pasados, se planteaban cómo mirar un mundo distinto que cambiaba más rápido que la vista.
Mirada Speed
Una muestra antológica de Munch en Londres y la partida de Horacio Coppola a los 105 años, son el punto de partida hacia el pasado, cuando dos ojos dejaron de ser suficiente para un solo artista.