Poco a poco fue cerrando los ojos, los delicados acordes musicales comenzaron a sedarlo. Inició la inducción hipnótica, concentrándose en la respiración. Sus canales sensomotores comenzaron a ralentizarse. Al aproximarse al estado alfa, las ondas cerebrales fueron reduciendo su ritmo. Ernesto sentía como determinadas áreas del sistema nervioso central, que normalmente no le eran accesibles en estado de vigilia, estaban activándose. El desdoblamiento antes mencionado, le permitiría controlar el proceso.
—Deja que la relajación se condense en tus párpados cerrados y fluya hacia las sienes como un líquido calido. ordenó Ernesto sin mover los labios.
—El líquido te inunda y vas relajando uno a uno los músculos del rostro, continuando con los de todo el cuerpo —prosiguió su lado conciente
.Esta etapa le insumia entre diez a quince minutos. Luego debía imaginar que se hallaba en un lugar sumamente confortable, al aire libre. Entonces comenzaba a abrir uno a uno sus sentidos, hasta creerse parte de la escena y del contexto, como si realmente se encontrase allí. Al llegar a ese punto, el Ernesto conciente estaba confiado y seguro para empezar el verdadero proceso. Aunque, el subconsciente parecía aun no estar convencido de empezar la arriesgada regresión en cadena.
—No te preocupes —dijo la parte conciente— contemplaras todo lo que ocurre como si te encontrases en un cine tridimensional. Si es necesario borraré todo trauma que pudiese afectarnos al despertar —agregó seductoramente.Al fin hubo acuerdo.
Contó hasta diez lentamente, pidiéndole al subconsciente que retrocediese en el tiempo y el espacio, entrando en una especie de túnel. Al llegar a la decena, había accedido ya a una temporalidad distinta, en otro lugar y otro cuerpo.Si alguien se hubiese acercado a la cama en aquel momento, habría asistido a un curioso espectáculo. Ernesto, con los parpados bajos, movía los ojos frenéticamente y realizaba extrañas muecas, relatando sus visiones con una voz que ya no era la suya.
Nunca logró saltarse de una vida a otra rápidamente, el proceso lo obligaba a detenerse en los instantes mas importantes de sus antecesores, aquellos momentos que los habian marcado síquicamente. Era un torturante desfile de imágenes y sentimientos que lo agotaban terriblemente. Dolor, odio, amor, ira, todo en el mismo menú. Esta vez le pareció que controlaba un poco la velocidad. Mejor así, debía sobrevolar más de treinta vidas en una sola jornada.Al traspasar cada nuevo nacimiento y acercarse al umbral de la muerte del anterior recipiente corporal, no sentía miedo, ni aprehensión. Solo una sensación de extrema liviandad, de espíritu puro flotando por allí. Era la separación entre cuerpo y energía.
Seria fatigoso (y no viene al caso) describirles las vidas que transitó Ernesto aquella noche. Borracho perdido en Dublín, vendedor de alfombras en Bagdad, cocinero en China, bufón del rey francés, bruja quemada por la inquisición, ayudante de un templario en las cruzadas, sacrificado en ritual maya, caníbal en el África profundo, plagiador en la corte de Constantino, fina prostituta en Egipto, luchador profesional en Olympia y veinte mas, que ni mencionar vale la pena.
Agotado al máximo y con sus nervios pelados, a punto estuvo de chasquear los dedos y empezar la cuenta regresiva.
—Una vida mas, por favor imploró con voz ronca.Y allí estaba, supo que su miedo mas fiero, el de haber vivido en otro lugar, no se concretaría. Su intuición, sus sueños y sus ganas lo habían convencido de que una vida anterior suya caminó la misma geografía que Jesús y en la misma época.
Sus ojos reconocieron inmediatamente a la antigua Jerusalén. Respiró con ganas el sagrado aire y vinieron hirientes a su conciencia las palabras que mas de dos mil años atrás le lanzó alguna vez su amigo Pablo: “Y que si descubrís que no existió, que todo fue un invento de la iglesia católica para fundar una religión. Y que si estamos en presencia de la mentira mejor contada…
Alejo su indeseable plano conciente y se concentró en las visiones. Ahora se hallaba en la Roma imperial, en los albores del primer milenio. Debía ser un personaje importante pues todos lo trataban con respeto y admiración (¿o miedo?) Poder y opulencia. Despilfarro y lujuria. Era sin duda la vida mas libertina y detestable por la que había transitado, no veía la forma en que este ser pudiese cruzarse con su venerado cristo. Decepcionado, no se molestó ni siquiera en escuchar los sonidos y tratar de averiguar quien era. No tenía importancia.
Frenético aceleró su desplazamiento temporal, buceando en un cúmulo de imágenes y sensaciones, comenzando a temer que nunca lo vería. Que su querido Jesús era una vil y sucia patraña inventada por Constantino y los suyos. Sintió que su existencia se desbarrancaba hacia un abismo insondable. Ya nada tenia sentido…
Ernesto lo vió y el corazón se le paró por varios segundos. Una alegría inmensa estremeció su cuerpo y una risa franca se escuchó aquella madrugada en el solitario dormitorio.
No hizo falta que nadie se lo nombrase, en esos hermosos ojos estaba su carnet de identidad. La bondad y el dolor del mundo reflejados en dos pupilas.
Tendría un metro setenta, de contextura fuerte y rasgos crudos. La piel era oscura, su encrespado pelo y su barba poseían un negro azabache. Labios gruesos, nariz prominente. Todo lo contrario al blanquito hermoso que nos había pintado occidente.
Estaba parado firme y altivo como a unos tres metros de distancia. Su estatura moral empequeñecía a los cuatro centuriones que lo custodiaban. Un aura calida e intensa brotaba de su cuerpo.
—Como siempre lo imaginé —pensó Ernesto— no tiene nada de divino. Un ser humano, majestuoso y sencillo.
Lo contempló extasiado, con un profundo e infinito amor. Quiso acercarse y tocarlo, mas no tenia dominio sobre ese cuerpo, solo veía, olía, escuchaba y sentía, sin poder alterar absolutamente nada.
De pronto, una aguda sensación de terror ascendió por su laringe. Comprendió por vez primera quien era. Afuera del suntuoso palacio, la multitud coreaba un conocido nombre, terrible para la historia. El bullicio era infernal, enloquecedor.
Se acercó dubitativo al balcón y observó a la enardecida muchedumbre. Se dió vuelta lentamente, el sol del imperio abrazaba su nuca, transpiraban sus palmas. Sintió sus pupilas nublarse por las lágrimas y una opresión enorme que tapiaba su aliento.
El hombre se secó disimuladamente los ojos, alzó temeroso el rostro y miró al cristo por vez final.
Ernesto se concentró a fondo, realizando un esfuerzo sobrenatural, tratando de manipular ese asqueroso cuerpo, intentando evitar que dijera lo que seguro iba a decir.
Lavó sus manos en una vasija de fino mármol rosado y observando las pulidas baldosas blancas exclamó con voz entrecortada: —Saquen al rey de los judíos al balcón y que su pueblo decida lo que hacemos con él.
Poncio Pilatos sintió de repente todo el peso de veinte siglos sobre sus espaldas.
Amanecerá y veremos mo Mendoza querida...
La mentira mejor contada Final
Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.