A fines del mes pasado, dos de las cadenas de noticias más importantes de EE.UU. dieron una muy mala noticia. Era mala, en primer lugar, porque significaba que mucha gente desamparada por el Estado iba a seguir estándolo. Pero era muy mala, sobre todo, porque era totalmente contraria a la verdad. No era cualquier noticia: se trataba de la decisión de la Suprema Corte de Justicia con respecto a la reforma del sistema de salud público que intentaba llevar a cabo Obama (apodada, obviamente, Obamacare). Y no fue un error de tipeo en el zócalo o el olvido de algún detalle de la letra chica: la SC había fallado a favor de la Ley, pero CNN y Fox reportaron, en vivo, que había sido declarada inconstitucional. Dejando de lado cualquier interpretación del inconsciente corporativo periodístico (ya hay mucho de eso por estos lares), la razón fue muy simple: el fallo era extenso, complejo, y los periodistas no supieron leerlo. En el afán de tener la primicia, y moviéndose al ritmo de los tiempos de la cobertura en vivo, terminaron informando muy mal una decisión clave de la Corte Suprema para la vida de millones de americanos.
La metida de gamba de CNN y Fox no le podría haber venido mejor a HBO, que ese fin de semana había estrenado el primer capítulo de The Newsroom, la última creación de Aaron Sorkin, el Licenciado en Artes que hoy mantiene el título de Guionista Más Inteligente de Hollywood desde, digamos, David Mamet (al menos en el rubro cuentos morales progresistas). The Newsroom, una serie sobre los entretelones de un canal de noticias que ataca el corazón de la ética periodística 2.0, es el nuevo caballito de batalla demócrata-liberal de Sorkin, autor de series como The West Wing y películas como Código de Honor, La Red Social, o Moneyball. En todas esas series y películas, con distintos directores, domina el sorkinismo: narraciones complejas con personajes brillantes y diálogos como ping-pong de ideas, donde toneladas de información y reflexiones agudas se mezclan a toda velocidad en un tono que conjuga el mejor sarcasmo de Woody Allen con la frescura de los guiones de Billy Wilder y I.A. L. Diamond (para muestra ideológica sorkiniana basta un botón: en The West Wing un presidente demócrata que es Premio Nobel de Economía, habla latín, y propone a una mujer como Presidenta de la Corte, termina sucedido por un joven demócrata hispanoamericano)
En The Newsroom, Will McAvoy (un Jeff Daniels con arranques de intensidad gratuita, onda Julio Chavez) es el anchorman del programa News Night, además de un republicano más-que-moderado que siempre supo hacer la plancha políticamente, pero en un ataque de sinceridad "antipatriótica" durante una conferencia confiesa que su país no es el mejor del mundo, ni de lejos, y empieza a enumerar todo lo que está mal en EE.UU. (un lapsus que lo condena ante la opinión pública). Junto a su productora y exnovia Mackenzie MacHale (Emily Mortimer), los dos se proponen el objetivo "quijotesco" de informar debidamente a su público y revalorizar el oficio periodístico cortando con la máxima televisiva de que el rating dicta el contenido. Así, la prioridad será de ahora en más una serie de reglas olvidadas en la era de Fox News y los teléfonos pinchados de Rupert Murdoch: esta información que estamos dando ¿le sirve al espectador a la hora de ir a votar? ¿Es esta la mejor forma de darla? ¿Está debidamente puesta en su contexto histórico? (Por si quedaban dudas, en el primer capítulo MacAvoy muestra cómo se hace, al entrevistar en vivo y de manera muy precisa –y justa– al inspector que aprobó la seguridad de Deepwater Horizon, la plataforma petrolera marítima que en junio de 2010 explotó y provocó el mayor derrame de petróleo en la historia de EE.UU.)
La premisa de la serie, se dijo por ahí, parece ser que si las noticias políticas se dan de una manera inteligente, medida, precisa y bien articulada, se puede influir a las políticas mismas, generando efectos en la opinión publica y los comportamientos electorales, energizando el debate y, por ende, a la democracia. En se sentido, con su ritmo workaholic salpicado de romances tan cerebrales como apasionados, una caterva de personajes secundarios que son un mundo en sí mismo, y una puesta en escena simple y llana –muy opuesta al preciosismo señorial y protocolar de The West Wing– The Newsroom es heredera directa de una larga lista de muy buenas películas: desde Primera Plana (Billy Wilder) hasta El Diario (Ron Howard), pasando por Detrás de las noticias (James L. Brooks) o incluso Héroe Accidental (Stephen Frears). Y, por supuesto, Network (Sidney Lumet), que a mediados de los 70 anticipó la era del reality show y "denunció" un tiempo en que la moral se volvió una cuestión de rating y las conciencias (junto con las naciones) fueron conquistadas por las corporaciones.
Sin embargo, las altas expectativas no se llevaron bien con el idealismo exacerbado y la auto indulgencia narrativa de Sorkin. The Newsroom fue recibido con buena cantidad de críticas negativas, muchas de ellas bastante válidas. Las más simples pintaron a la serie como un showroom de sofisticación lingüística. Otras lo acusaron de un sesentismo que idealiza el pasado: aquellos tiempos de popes del periodismo como el anti-macarthysta Edward Murrow (retratado en Buenas Noches, Buena Suerte, de George Clooney), Walter Cronkite (que reportó la llegada a la Luna y se opuso públicamente a la Guerra de Vietnam), o Bob Woodward (que reveló el Watergate). Si, como dice Bill Maher (humorista y anfitrión de uno de los mejores programas de debate político, Real Time with Bill Maher), lo que la derecha republicana realmente pretende cuando habla de retornar a los "valores familiares" es retrotraer a la sociedad a los años ’50, los años dorados de Sorkin parecen ser los ’60, y ese momento antes de que Vietnam, Nixon, y la llegada de la era de las corporaciones iniciaron la debacle que resultó en el EE.UU. actual. Un país que ya no es el mejor del mundo, en donde la gente no lee el diario, ni vota, y se traga mentiras como caramelos, consumiendo información/entretenimiento sin distinguir publicidad de noticia.
Las resonancias de The Newsroom para el público argentino seguramente tendrán otros matices. En Argentina –y en la región– las tensiones entre política y medios de comunicación están a flor de piel como nunca antes. Ese idealismo un tanto anacrónico de Sorkin es más difícil de digerir para nuestros ojos, bastante curtidos con respecto al modo y los intereses detrás del manejo y presentación de la información, después de atravesar la Era del Movilero y la puja por la Ley de Medios, hasta este presente despojado de la noción de repregunta (con la honrosa excepción de Alejandro Fantino) Pero The Newsroom, con sus evidentes y transparentes intenciones, con sus excesos de guión, con su intensidad demasiado vertiginosa ( y demasiado intensa) sigue siendo un poco fascinante (siempre lo es ver cómo las cosas deberían ser, ya sea que se trate de algo meloso como que la chica se enamore del chico correcto, o que un redactor chequee bien una fuente)
Hablando de The Newsroom, un crítico de Salon.com se planteaba la siguiente pregunta: ¿Por qué Sorkin recurre a ese tipo de historias nostálgicas (la del periodista que no puede expresarse en el mundo corporativo) que ya quedaron viejas en la era de los blogs y la información viral? Respuesta: porque siguen siendo buenas historias, reversiones del camino del héroe. Y Sorkin, además, parece seguir al pie de la letra la máxima de un periodista argentino bastante más polémico y extravagante: "no dejes que la verdad te impida lograr una buena historia".