Mierda que es bravo el abandono y débil la memoria, Morocho del Abasto. Resultaste ser exacto pasto del olvido. Marchita tu guitarra, de tiza tu sonrisa, no tenés quién te cante o te acaricie o al menos un choco que te ladre. Quedaste solo, cantor, con tu destino tanguero. Ahora uno entiende por qué tus tangos están hechos de desamor, ingratitud, despedida y olvido.
“Acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos,
de los buenos momentos que antaño disfruté”
“Adiós muchachos”, Carlos Gardel.
Éramos hermosos, hermosos como caballos sueltos o aquellas gotas de lluvia sobre el tomillo. Éramos inocentes como los besos en los colchones de hojas de los cañaverales, limpios como una muñeca desnuda bajando zanjón abajo y livianos como las ramas de los sauces dejándose penetrar por el capricho del viento. Éramos pobres, pero honrados; brutos, pero valientes; fieros, pero hermosos; éramos niños, pero nos comportábamos como guerreros volviendo de batalla.
Nos descubríamos tímidos en el centro de la ciudad, adonde casi no íbamos. No conocíamos el mar ni los aviones ni los perfumes ni las academias de inglés, pero éramos capaces meternos en el campo con la honda y volver con una martineta para la cena o de pegarle combado al segundo palo y después cagarnos a piñas con el que se pusiera enfrente, aunque fuera fachinalero.
Vivíamos como si estuviéramos por morir, como si de enarbolar los últimos gestos se tratara la existencia. Vivíamos así, porque éramos inmortales.
Ante la carencia de discurso relevante, la manufactura explicaban toda y cada una de nuestras acciones: fabricábamos hondas con elástico de tomar la presión, barriletes con gillettes, espadas sin escudos, látigos con ramas de sauces, trompos puntudos, canutos con cañas y municiones de semillas de eucalyptus y pelotas de trapo hechas con las medias de fútbol que de tanto agujero te dejaban afuera todo el talón. Éramos lo que hacíamos y ganábamos fama por lo que sabíamos hacer y jamás por lo que no sabíamos decir.
Así éramos nosotros: épicos. Fabricábamos cosas con el inocultable objetivo de hacer la guerra y jamás el amor. El amor era otra cosa: una especie de protección por la noche; el amor era el hogar, la familia; la calle era el mundo, la aventura, el viaje, la medida de nosotros mismos.
La fiesta del Mudo
Una vez al año, una sola vez al puto año, la calle era distinta.
Sucedía así, en pos del único elemento que nos vinculaba con la civilización: el monolito a Carlos Gardel, en la esquina de las calles Luzuriaga y, claro pues, Carlos Gardel. Una vez al año, cada 24 de junio, aniversario de la muerte de Zorzal Criollo, el barrio se conmocionaba con la llegada de una caravana de extraños que llegaba a homenajear al cantor.
El asunto, en realidad, empezaba un día antes, cuando la Municipalidad de Godoy Cruz mandaba una máquina para que alisara la calle. Después, repartían piedritas traídas en camiones y finalizaba, para nuestro gozo, con el paso de la inolvidable “regadora”, el camión que repartía agua y nos dejaba en las narices el único olor parecido al paraíso: el de la tierra mojada.
Ya por la mañana, alguien pintaba el monolito, mientras una cuadrilla de obreros adecentaba la cabellera de los árboles y montaba un escenario y repartían parlantes tipo bocinas.
Entonces, se producía una de las ceremonias: como los Naranjo vivíamos y vivimos justo en la esquina, los quías te tocaban el timbre (a nosotros o a los Rodríguez, justo enfrente) y te pedían un enchufe para poner en marcha el circo. ¿Cómo no dárselo, si era una forma de darle vida al Mudo, durante dos o tres horas?
Segundos después de enchufado el alargador, la voz del Morocho del Abasto resonaba en todo Villa Marini. Llegaba, incluso, hasta el pavimento de la calle Joaquín V. González; llegaba hasta el segundo zanjón, lindero con “El Fachinal” y los cerros y quebradas donde ahora hay barrios con otras formas de la épica: el Foecyt, La Estanzuela, el Sarmiento y varios otros, incluso el Palmares, sólo que a ese lo divide del mundo un enorme muro con serpentinas de púas y guardias de seguridad con ametralladoras y lapiceras Bic trazo grueso para tomar nota de tus datos personales.
El Muñeco de Trapo
Cada 24 de junio, había fiesta en la calle. Más allá de las visitas relucientes de la comuna y las asociaciones de Tango, el protagonista ineludible de la previa era el Muñeco de Trapo. Les contaré de él.
Si el Mudo viviera, pues le haría una canción a don Díaz, el Muñeco de Trapo. Ya jubilado conservaba ese porte brioso, casi tenso, de hecho los memoriosos de lugar –caso el Pocholo Naranjo– lo recuerdan todavía en sus años mozos, montado a veinte metros del piso podando los tremendos álamos carolinos de entonces, a puro cuerpo y machete, nada de sogas, nada de anclajes ni de grúas ni de motosierras ni de ART ni mariconadas por el estilo.
Terminada su faena, el Muñeco de Trapo bajaba del árbol con la elegancia del caso: severo y victorioso, sabiendo que gozaba de la admiración de todos, pero jamás dispuesto a recogerla. Su timidez sólo le dictaba una acción: bajar la testa, limpiar el machete contra el muslo y encarar el próximo álamo carolino.
La síntesis de su vida obrera fue esta: vivió, vivió y por su mano, caían las ramas al piso como promesas. Después, bajó del árbol, lleno de gloria ante los ojos del mundo pero supo evitarla y se subió a su bicicleta con su machete y se fue a su casa, a cenar unos mate amargo con pan y manteca, mientras escuchaba unos tangos cantados por El Morocho del Abasto.
Hay gente que ama una sola vez. Si así fuere, el Muñeco de Trapo dejó a cuenta un solo amor reconocido, en todo sentido del término: Carlos Gardel.
Eramos felices
Uno a uno los tangos hacían remolinos por entre los ranchitos del barrio y nuestros padres nos hacían inclinar las cabezas hasta un lavador de plástico sobre una silla, en el patio. Después, nos mirábamos en un espejo redondo, con marco de plástico y hasta creo recordar que sonreíamos.
En la calle Carlos Gardel, la fiesta estaba por comenzar y, uno a uno, íbamos saliendo de nuestras casas recién peinados y con la camisa de ir a la escuela. Éramos hermosos. Éramos cortos, asombrados, ingenuos, maravillados. Mírennos ahí, calladitos y en puñado: El Tero, El Colorado, el Raúl, “los chilenos” el Alberto y el Juan Carlos, el Tupungato, el Miguel y el Ale, El “Patita”, El Pablo, El Gallego, Los Almada, El Doc Oscar, el Omar en sus muletas, el Cachivache y su cicatriz y éste que escribe, el más pequeño de todos.
La fiesta empezaba y subían al escenario cantores bravos, orilleros, con sombreros y pañuelos blancos y alguna bailarina con vestido con tajo hasta arriba, para exhibir ese imposible jamón en el corte, a mediodía.
Una vez, un abuelo plantó junto al monolito un árbol. Hoy es un estupendo jacarandá de quince metros de altura. Lo aplaudieron, saludó con gesto discreto. Le acercaron una silla y escuchó unos tangos. Se llamaba, dijo, entonces, el locutor Don Bernardo Razquin y su imagen se mezcla ahora con el olor de los pasteles fritos y el sonido de los tangos. Éramos felices.
24 de Junio de 2012
Varias décadas después, todos envejecimos como envejece la gente: evidentemente. Algunos murieron de viejos y otros murieron de tan jóvenes. Algunos pocos terminamos el secundario e incluso la universidad y la mayoría tomó el sustento por obra gracia de sus preciosas manos. El tiempo pasó y nos fue demostrando que, no obstante, siempre lo mejor es lo que está por venir.
Varias décadas después, un 24 de Junio de 2012, me hallo al pie del monolito de un Carlos Gardel que está más solo que un traidor en el final de sus días. Nadie se acordó del artista popular y el Muñeco de Trapo se habrá retorcido en su tumba, pero es así: la ingratitud nos constituye como al tango la despedida.
Escupo mi plegaria, para Gardel: “Mierda que es bravo el abandono y débil la memoria, Morocho del Abasto. Resultaste ser exacto pasto del olvido. Marchita tu guitarra, de tiza tu sonrisa, no tenés quién te cante o te acaricie o al menos un choco que te ladre. Quedaste solo, cantor, con tu destino tanguero. Igual, no es para tanto, si al fin y al cabo, todos nos quedamos solos, un día después de la fiesta”.
Final de homenaje.
Ulises Naranjo, en MDZ