Mañana iremos al cine, dijo la Directora de la Escuela y desde entonces hasta tanto, lo mío se convirtió literalmente en una vigilia. Iríamos a ese edificio grande que está en el centro del pueblo donde hay calles pavimentadas y todo. Veríamos El Santo de la Espada. Con el corazón palpitante, tempranito y luego del consabido ritual castrense de formar filas, hacia allí nos dirigimos. El deseo, la imaginación, y la ansiedad subían acorde nos acercábamos. Y cuando nuestras cabecitas se inclinaron hacia arriba, el Cine se levantaba ahí mismo, y nosotros como abejas blancas rodeándolo aquí y allá. Nos hubiéramos abalanzado ya, pero nuevamente voces adultas y a formar fila de nuevo y cuidadito con portarse mal. Porque habríamos de hacerlo, si el mundo común de los mortales ya había quedado atrás y solo la pantalla enorme, las butacas, y nosotros éramos suficientes. La luz se apaga. Silencio. Y cuando ya nuestro cuerpecito nos imploraba volver a respirar, los héroes de nuestros manuales se encendieron en la pantalla. San Martin era de verdad. Las montañas también. Y las cosquillas en mis tripas se movían de pura emoción nomas. En una edad en la que aun se es naturalmente un metafísico, la experiencia de ese viaje estuvo teñida de un carácter religioso, y el CINE desde entonces se convirtió en Templo y Meca de mi peregrinación.