Visitar la exposición de Luis Quesada en la nave cultural es un ejercicio del que no habría que privarse. Si el visitante se asume como un explorador, puede hacer un recorrido venturoso guiándose por las obras expuestas, como si fueran constelaciones, o mojones en un paisaje inmutable a través de los tiempos.
Esta muestra es una invitación a deambular placenteramente; el permiso oportuno para convertirse en el flâneur de una ciudad salvaje, imaginada a lo largo de la vida de un artista interesantísimo. Como en aquella idea latente en un texto de Borges, que se titula “Del rigor en la Ciencia”, donde nos cuenta sobre un mapa absurdo del mismo tamaño que el territorio representado, en la muestra titulada Geometría Ardiente también se pondera la realidad por encima de su representación. Ya antes de Borges, Lewis Carroll en “Silvia y Bruno. Conclusiones” había imaginado una construcción cartográfica gigante y le hace decir a uno de sus personajes por qué había caído en desuso semejante emprendimiento: “Ahora usamos el país mismo como su propio mapa. Y te aseguro que sirve igual de bien.”
Cuando se recurre a esa lógica es imposible perderse, aun desconociendo las coordenadas, porque se está dentro del mapa. Así, siguiendo en línea recta desde la entrada a la sala enorme donde se exhiben las obras, al otro extremo se ve una pantalla donde se proyecta un video. Luis Quesada y Acelí, su mujer, rememoran el tramo que vienen viviendo juntos. Desde allí nos llega la voz hipnótica del artista. Habla con la calma de alguien que ha sabido entrar y salir de laberintos valiéndose del trabajo manual e intelectual, con un límite borroso entre ambos. De la conversación se desprenden anécdotas con esos personajes que se creería que sólo existen en los libros, como Diego Rivera, por ejemplo: Don Luis cuenta que lo trató cuando el mexicano comenzaba a envejecer y que él le había simpatizado porque estaba dispuesto a escucharlo. “Quería lo que queremos todos lo viejos: que nos escuchen.”, dice.
Mientras se lo escucha a él, sus trabajos emiten el eco de las vanguardias del siglo pasado, dialogan en distintos lenguajes y con distintas voces, reproducen módulos de colores festivos, y configuran patrones que eluden cualquier cepo característico de la geometrización académica.
A medida que el video corre, se cae en la cuenta de estar frente a un testigo y participante privilegiado del arte. En un reportaje que le concedió a Fabián Lebenglik en ocasión de su muestra en la Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes, en Abril de este año, explica muy claramente su postura frente a la creación:
“…Cuando, en 1954, en Rusia se decide cómo debía ser la pintura, eso me pareció absurdo: para mí el arte es una travesura de la mente y no acepto lineamientos. Yo no quería seguir esos mandatos lejanos e inconsultos… Nunca acepté ninguna ortodoxia. Siempre preferí pensar libremente y a mi modo. Mi búsqueda ha sido la de hacer un arte que estuviera cerca de la gente.”
La producción de Quesada es una sumatoria imposible de mensurar, donde las artes aplicadas, la enseñanza de las mismas y la experiencia de vivir cada día tienen cierto grado de parentesco con las antiguas religiones del mundo, donde el trabajo en sí, es una ceremonia. Eso tal vez explique por qué un hombre de ochenta y ocho años, con todo lo que ha hecho en siete décadas, se levante todos los días para seguir honrando el trabajo de artista.