September

Reflexiones en torno a la película menos taquillera de Woody Allen.

Collage por Verónica Romano
Collage por Verónica Romano

I.

Vermont es un Estado cuyo nombre proviene del francés "monte verde". Un lugar de retiro común para los no pocos habitantes de New York cuyo envejecimiento conlleva un cierto atractivo por lo bucólico. También es lugar de casas de veraneo. En el otoño reina el sepia, que contrasta con las tonalidades pastel de aquellas residencias cuya elegancia habla a las claras de una discreción opcional, no inducida por una restricción presupuestaria sino por el decoro y el "buen gusto" de quienes las construyeron.

Allí, en la ruralidad de Nueva Inglaterra, transcurre "September", un film dirigido en el año 1987 por Woody Allen. Es una película extraña, cuya falta de primeros planos se debe, según dicen, a la ambición del director de realizar una obra de teatro cinematográfica. Se trata de una familia disfuncional que comparte, junto a otros personajes, un agosto que se transforma en septiembre en una casa de campo. El virtuoso piano de Art Tatum constituye el fondo de un dialogo de enredos y cuestionamientos existenciales. Una hija depresiva -Mia Farrow- atribuye al turbio pasado de su madre -Elaine Stritch-, que representa a una actriz que formó parte del jet-set de la década del cincuenta, las causas de su desgracia. El contraste entre la madre, una "sobreviviente" que sepulta deliberadamente el pasado, y la hija, que no parece poder escapar de él, constituye el núcleo de la historia de Allen. Una "chamber piece" de pocos personajes filmada en su totalidad en una sola locación.

II.

Lo que me llamó la atención de "September", una película decididamente lenta para el gusto actual, no es lo que muestra sino lo que induce a imaginar. La sobre explicación está fuera de orden en la literatura pero es difícilmente evitable en un arte visual como el cine. Sin embargo, este film se aleja de ella con inusual éxito. Un solo plano de las extensiones de campo irregulares hacia el horizonte, por ejemplo, hubiera bastado para generar el clima de ruralidad necesario para el desarrollo de la historia. Sin embargo, todas y cada una de las escenas de "September" trascurren en interiores. De hecho, la anunciada organización de una fiesta al aire libre se ve interrumpida por una fuerte lluvia que nunca deja llegar a las cámaras más allá de la galería de la casa de verano. El director, entonces, no sólo buscar evitar mostrar, sino además mostrar que lo evita. Las vicisitudes del clima, que cierran las puertas del hogar, provocan asimismo un corte de luz que paraliza el tocadiscos. Entonces, uno de los personajes comienza a tocar el piano para que no se interrumpa ese jazz tan necesario que acolchona las conversaciones y sube con progreso a los actores a una nube de existencialismo para luego, con el retorno de la luz y del día, dejarlos caer desde lo alto hacia las pequeñas miserias de la vida cotidiana. El protagonismo de la tormenta, que incide con azar sobre el destino de los hombres, se hace presente a través de la música. Se evita así, de nuevo, el tentador protagonismo visual de un nocturno y húmedo Vermont.

III.

Pero ocultar es un arte sutil, requiere la minucia del detalle. Por ello Allen filmó esta película dos veces, tras haber rescrito el guion en el proceso, y quiso hacerlo una tercera. Por ello también sustituyó actores por otros durante la filmación, duplicó el presupuesto original, la entregó fuera de plazo y decidió -acorde al testimonio de Mia Farrow- que odiaba "September". La película tampoco fue bien recibida por el público, convirtiéndose en la de peor recaudación de toda la historia del director. Sin embargo, hay algo en ese septiembre de Vermont que difiere de todo el resto de su cine. Me inclino a pensar que es la economía visual extrema que, como las casas de Vermont, testimonia el buen gusto de su creador, realza el dialogo, lo profundiza mediante el contraste, lo atrapa, lo destruye y lo recompone, en un ciclo que perdura, en el pensamiento, aún finalizados los créditos.