Tradición sol naciente

Hubo un momento, en el siglo pasado, donde los artistas sintieron la necesidad de  escaparse del encierro que significaban las paredes de galerías y museos.
Entonces crearon obras que no pudieran ser exhibidas alejadas de la naturaleza, donde el paisaje y el arte eran una sola cosa indivisible. Terminaban los años 60 y así empezaba el Land Art.
Mucho antes en el tiempo, cuando los artistas no sabían que lo eran,  crearon obras como Stonehenge, o los caminos de Nazca, por ejemplo.
Todas estas producciones, la de segunda mitad del siglo pasado y la de siglos más viejos,  parecían estar destinadas a un espectador constante y privilegiado: el sol.

El tercer encuentro de artistas visuales en Espacios del Monte, se presentó como una oferta diferente a ese viejo espectador. Aquí, más de 80 artistas presentaron sus obras, muchas al aire libre, aun cuando algunas fueron concebidas al abrigo de un taller.

No hacía falta ser la estrella de un sistema planetario para disfrutar del recorrido.
Bastaba con acercarse a las obras,  donde los autores conversaban, respondían dudas, o seguían trabajando a la vista del público.

El arco abarcado por las diferentes producciones era muy amplio, yendo desde la propuesta de un colectivo de trabajo orientado hacia la ecología, que ofrecían el acto de sembrar una semilla y la invitación a mirar una fracción del paisaje, (a cargo de L. Bromberg, CoCreativa Umbral y Permacultura) hasta un grupo de muralistas urbanos, el PanamáClub,  que demostraban las diferencias entre graffiti y muralismo con gran pericia didáctica a través de su trabajo en vivo.

Una fuerte presencia de bestiarios personales, hacía que cada tanto nos encontráramos con animales imposibles. Así, Marcelo Arias había soltado los suyos, que al tener sus extremidades integradas en torno a neumáticos,  daban la sensación de haber sido atravesados por balas de cañón.
Los de Pablo Lavoisier, ubicados en un recodo natural que semejaba la escenografía de un bosque, parecían ser interrumpidos a mitad de un ensayo de “Sueño de una noche de verano”, sin saber que era otoño y que no eran humanos.

Otros animales que sí se movían eran los tres chanchitos reales que integraban la instalación del colectivo de artistas formado por  Natalia Sánchez Valdemoros, Cecilia Prato y Paula Vazquez.
En esta, como en muchas otras obras,  la acción transformadora de los niños burlaba la parsimonia habitual que reviste algunas manifestaciones del arte contemporáneo. Por  medio del juego y el disfrute, el público menudo, además de observar, acariciaba y correteaba al trío porcino alrededor de un submarino amarillo.
También era dado ver a niños  (y no tan niños)  jugando  al ping pong en la mesa diseñada por Tachuela: una forma de hoja elíptica, desafiante del rectángulo obligado que define las mesas. Los partidos de ping pong eran seguidos de cerca por sus esculturas realizadas en piedra, surgidas de otra costilla del espíritu lúdico de este artista: La inscripción de su geometría personal dentro de piedras encontradas en su forma naturalmente orgánica.

En una parte del recorrido, el espectador se transformaba de repente en Godzilla, con el simple acto de pararse frente a un pequeño balneario construido sobre una acequia. Así, Federico Arcidiacono mutaba nuestra escala con el gesto mínimo de armar con maderitas las reposeras, sombrillas y embarcaderos de una playa imaginaria.
 
Si alguien, en busca de lo convencional, dejaba el exterior radiante del predio para adentrarse en lugares con paredes y techos, tomaba nota enseguida de lo difícil que era escapar al clima del evento.
Adentro, al igual que afuera, las propuestas invitaban a la sensación de viaje onírico, donde   las esculturas blandas de Puky Isol realizadas en fieltro, daban cuenta de un mundo germinal que pareciera homenajear  aquellas primeras religiones europeas, orientadas hacia el mundo vegetal.

También bajo techo, se desarrollaba la fantasía sin límite de ese bosque poblado de criaturas de cuentos de hadas que persigue a Carlos García.
Es la astucia de este artista lo que le permite capturarlos y seguir huyendo hacia delante.

Es destacable  que, con solo tres ediciones, el evento se haya posicionado como una tradición esperada junto con el buen clima del otoño, y es de esperar que, por la diversidad y calidad  de las diferentes propuestas, su convocatoria  futura se vaya convirtiendo en un polo atractivo para el circuito artístico del resto del país.