El robot y el monte Fuji

Collage por Verónica Romano
Collage por Verónica Romano

I.

Japón remite a robots nunca antes vistos, creados para facilitar los quehaceres de la domesticidad burguesa, para deslumbrar con shows de asombro luminoso a los niños o para optimizar la producción a gran escala de inmensas fábricas que han de ensamblar múltiples componentes de otros robots, en un círculo de permanente robotización infinita. También refiere a multitudes de peatones en la búsqueda de un lugar físico para desarrollar su existencia. A ojos rasgados, por supuesto, a pieles blancas de harina y a cabellos negros y prolijos, lacios y finos, unidos unos tras otros al cruzar la calle, indistinguibles en la multitud.
Quizás por ello las imágenes de un Japón bucólico, de apacible ruralidad, nos resulten extrañas, difíciles de digerir. El monte Fuji, el pico más alto del país, con su cumbre nevada en forma de duna blanca y su base ancha y sólida puede observarse desde Tokio en un día despejado. Contrastes: robotización y hacinamiento; naturaleza y soledad.
Sin embargo, Japón también proyecta una imagen de sabiduría y paz interior, de equilibrio zen. La banalización de oriente ejercida por la cultura New Age; el señor Miyagi; los jardines de piedra; las historias de entrega y disciplina de los kamikazes, todos colaboraron un poco a que sintiésemos que hay algo en las mentes niponas que no se corresponde con las nuestras. Una especie de balance universal, un misterio sutil e indescifrable que, de alguna manera, reconcilia al monte Fuji con los departamentos de ocho metros cuadrados, con la coloración irritante de las luces de neón.

II.

Cuando pienso en lluvia pictórica pienso en Turner, en sus mares tempestuosos y en la expresión del caos de la naturaleza frente a la desnuda pequeñez del hombre, casi ausente en sus cuadros. Presente, sin embargo, a través de sus creaciones tecnológicas: grandes barcos han sido los objetos predilectos de admiración del pintor. La amenaza en la que estos gigantes se ven inmersos proviene en ocasiones de un barco enemigo -el robot- pero la mayor parte de las veces de la tormenta, de la potencia incontrolable de la naturaleza -el monte Fuji-.
Edmund Burke afirmó que el deslumbramiento del ser humano se produce ante lo sublime, ante la idea de un terror cercano, de algo que escapa de su control. Turner representó aquel concepto a través de la furia de la naturaleza: la tormenta deforma, impide ver, genera sensación de incertidumbre, vulnera las creaciones de los hombres de su tiempo.
Hiroshige, artista japonés contemporáneo a Turner, utiliza la lluvia de un modo exactamente inverso. En “El puente Ōhashi en Atake bajo una lluvia repentina” -una de sus más célebres estampas paisajistas, copiada incluso por Van Gogh- la lluvia, en lugar de confundir, otorga sentido de la dirección. Los hombres son cuerpos inclinados en perfecta armonía y tranquilidad; sus precarios paraguas y coberturas impulsan en ellos un paso tranquilo, coreográfico; el agua debajo del puente no se agita por aquellas delgadas líneas simétricas de las gotas; un remero, en su balsa, navega despreocupado. Lo deslumbrante aquí no es la incertidumbre ni el peligro, sino la aceptación pasiva y elegante del fenómeno natural.
 

III.

La lluvia puede significar pausada sincronía musical, impedimento de visibilidad, fertilidad en las cosechas, propensión al contagio de enfermedades, naufragios en mares violentos o el fondo de una trillada escena romántica que casi todos hemos repetido alguna vez. En “Singin´ in the rain”, Gene Kelly, antes de lanzarse a ejecutar su clásica y húmeda coreografía, le dice a Debbie Reynolds -que se manifestaba preocupada por la tormenta- “donde yo estoy parado, el sol brilla por todo el lugar.” La alusión a la luz es metáfora del amanecer de un romance. La iluminación interior, y el consecuente desinterés por el clima es síntoma del amor en el mundo ingenuo de las películas hollywoodenses. En las robotizadas calles de Tokio la gente también ama. Si llueve, en cambio, sus habitantes apenas alteran la rutina: perciben que, a la distancia, ya no puede contemplarse la cumbre nevada del monte Fuji.