Llevaba tiempo sin recorrer ese edificio (cuando necesitaba algo, llamaba a los forenses y listo) pero le bastó unos segundos para experimentar el mismo desagrado de las otras veces. Todo era tétrico allí, bien siniestro, había algo que los ojos no veían pero podía sentir la piel. No eran las paredes blanquísimas y el techo oscuro, o la larga hilera de camillas con pulgares etiquetados, ni siquiera el olor dulzón entre formol y carne quemada. Parecía como si un ente diabólico recorriera los pasillos lambiendo la nuca de los que aun estaban vivos. Tito se estremeció resoplando con fuerza, como intentando despojarse de las malas vibraciones y se acercó al muerto que lo había convocado.
El cadáver de un hombre, como de cincuenta años, fue dejado la noche pasada sobre una camilla, en uno de los cuartos frigoríficos de la morgue. Nadie tenia idea de cómo había llegado hasta ahí. El asunto pintaba entretenido y Tito y su ayudante, Herminio Florián, se avocaron de una vez a la tarea. La causa por la cual el investigador estrella estaba apuntado a este caso, era por la identidad del occiso, un renombrado diputado nacional del partido peronista. Luego de interrogar a los trabajadores del turno de la mañana, los dos policías se sentaron frente a la entrada principal y mientras degustaban un café, esperaban por la gente de la tarde.
Alrededor de las quince menos cuarto comenzaron a desfilar los trabajadores de la morgue judicial. Tito se alegró de haber traído el camperón relleno de plumas de ganso pues había refrescado bastante, se subió el cierre hasta el mentón y miró con pereza a la primera mujer que se acercaba al reloj ponchador. Entonces su atención se desvió hacia el exterior, a la zona de estacionamiento de bicicletas. Pestaño con fuerza buscando anclar la imagen, ratificar lo que sus ojos le indicaban. El flaco bigotudo, como a unos veinte metros, encadenaba su vehículo, para luego encaminarse, con una parsimonia exasperante, hacia la puerta de entrada. Sintió en sus amígdalas el delicioso sabor del escabeche y al instante el asco y las arcadas. Tomó de un sorbo el café restante, ocultandose con sigilo tras la maquina expendedora de gaseosas. Demasiado tarde, el vendedor no solo lo había visto a él sino también al uniformado que lo acompañaba y ahora corría despavorido buscando la avenida. Tito le ordenó a Herminio que lo siguiera y salió al trote lento tras ellos.
Durante las cuatro cuadras que duró la persecución la mollera del detective maquinó a mil. Las palabras del jefe de laboratorios accedieron frescas y mortificantes,
—Las verduras y condimentos son los usuales, el problema surge con la carne, parece de una textura diferente, pero no es fácil identificar de que es, el vinagre mata propiedades y emparenta todo, pero encontramos unos restos de huesos y te puedo certificar que no son ni de conejo, ni de vizcacha y menos de gallina.
—¿Entonces? —había preguntado Tito asombrado.
—Son de un animal más grande, como de perro por ejemplo.
De vuelta en la morgue, con bigotes esposado, sentado en el suelo y apoyado contra la pared, el detective buscó la forma de quedarse solo con el estafador.
—Dejámelo a mi Herminio, vos anda a interrogar a los demás.
Arrimó una silla a la esquina, observó con desagrado al detenido y mientras movía la cabeza dijo:
—¿Dónde carajos te habías metido embustero del demonio? Llevo meses buscándote para cagarte a trompadas. ¿Qué mierda era esa que nos vendías?
—No entiendo porque me lo pregunta, le vendía un producto de excelencia, escabeche de carnes frescas, seleccionadas, algo único. —dijo el flaco tartamudeando.
—¡Por Dios qué cínico hijo de una gran puta! ¡Carne de perro era lo que nos dabas!
—¡Usted esta loco!¿De donde saco esa barbaridad? Le juro que era la carne que indicaban los frascos. Que Dios me mate a mi y a mi familia si le estoy mintiendo. Es mas, venga a mi fabriquita cuando quiera y vea el proceso de envasado, cuando quiera —repitió bigotes mientras ponía cara de ternero degollado. —¿Acaso tiene pruebas fehacientes de lo que me culpa?
—No…—el detective cortó la oración como dudando— pero el del laboratorio dijo que había algo raro. ¿Entonces porque te escapaste al verme?
—Al ver al otro policía fue que me asusté, pensé que me arrestarían otra vez por no tener mi licencia en regla. Me han vuelto la vida imposible, por eso desaparecí de las calles y dejé de vender el escabeche. Have dos días comencé de nuevo, en el bolsillo tengo una tarjetita con el número telefónico, llámeme cuando quiera otros frascos y así también nos ponemos de acuerdo en cuando viene a visitarme ¡Carne de perro, que imaginación Dios santo! Y ahora sino tiene ningún cargo…—dijo el vendedor riéndose mientras le mostraba las esposas.
—Tito lo liberó pidiéndole disculpas entre dientes, no estaba muy convencido, aunque el tipo le había parecido sincero. Agarró la tarjeta y lo miró marcharse hacia su puesto de trabajo.
—Ahh flaco, no te pierdas, mas tarde voy a ir a hacerte unas preguntitas sobre el fiambre que encontraron en la morgue —le gritó el detective antes de perderlo de vista.
Por una u otra causa, a veces problemas de Tito, otras del flaco, nunca llegaron a encontrarse para apreciar el mágico procedimiento y Giaggino prefirió olvidar del malentendido volviendo a deleitarse con el escabechito.
Seis años pasaron desde la muerte del diputado nacional y del último encuentro con el mercader de delicatesen, Tito se había retirado a disfrutar de su jubilación a orillas del Traful, en la villa del mismo nombre. Compró una casa quinta, pequeña pero confortable, realizando así el sueño de toda una vida.
Aquel mediodía de marzo leía la edición dominical de La mañana, sentado en una reposera a la vera del lago. A cada tanto sacaba con un tenedor un pedazo de escabeche de un frasco apoyado sobre una mesita replegable de campin. También había un plato con cuadraditos de queso gouda, pan casero y una botella con un pinot noir de novela. Sus ojos pasaban de las páginas del periódico a una boyita roja y blanca que, como a cuatro metros de distancia, se bamboleaba sosteniendo un anzuelo. La caña de pescar apoyada en una horqueta, de fondo Paco de Lucia y su guitarra, mezclado con el trinar de los pájaros y el arrullo de las olas. Un cielo azul en alevosía, el verde de las coníferas, la transparencia del lago, el blanco de las montañas nevadas… que más podía aspirar nuestro querido Tito, toda la paz del mundo rendida a sus plantas.
Tras un par de minutos la tanza comenzó a temblar y la boya se sumergió un instante volviendo luego a emerger. Nada de esto acaparó la atención del hincha granate, un reportaje a doble página en el centro del diario lo había congelado.
Con solo leer los párrafos iniciales, un chorro de bilis pareció ascenderle hasta las propias fosas nasales. El trozo de carne que masticaba se mezcló con un torrente de vómito que reptaba desde su estómago. Cayó a un costado hecho un nudo de arcadas y luego de un par de minutos en los cuales casi pierde el sentido, el septuagenario, con el rostro enlodado y los ojos llorosos, se sentó sobre el pedregullo, observando como hipnotizado el interior del conejo de cristal.
La mañana - Neuquén - Domingo cuatro de marzo del 2012
EL COLMO DE LO MACABRO
Durante alrededor de diez años, los cadáveres no reclamados por sus familiares en la morgue judicial de Capital Federal, que quedaban para ser incinerados, eran utilizados para otro fin por el encargado del crematorio.
A causa de continuas denuncias se allanó el jueves, a primeras horas de la mañana, la casa del empleado publico Osvaldo Pedernera. Se encontraron allí unos doscientos frascos y luego de realizadas las pericias correspondientes, se llegó a la conclusión que se trataba de un escabeche realizado con restos humanos. Aun no se tiene información si eran solo para consumo del inculpado o fueron distribuidos a otras personas. Aunque se presume que habrían estado a la venta pues aparecían envasados en curiosos frascos con forma de animales y etiquetados como carne de vizcacha, conejo y gallina.
A continuación aparecía una foto del flaco bigotudo y otra de la pila de frascos encontrados.
Fin
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LA REALIDAD SUPERA MIL VECES A LA FICCIÓN (Lo mio era un cuentito negro solamente)
Amanecerá y veremos mi amada región del sur provincial. Les hablo en siete días.
Mataron a tres mujeres, las hicieron empanadas y se las comieron
En Brasil, los autores dijeron que atacaron a las víctimas porque eran malvadas
BRASIL. Tres integrantes de una secta de Pernambuco confesaron que mataron a tres mujeres porque eran malvadas, descuartizaron los cuerpos y las comieron. El aberrante hecho ocurrió en Brasil, y los asesinos, un hombre y dos mujeres, afirmaron que los crímenes fueron cometidos por órdenes del "más allá" y que las ingirieron para purificarse.
Estas tres personas habían sido detenidas el miércoles acusados de los crímenes, pero recién ayer confesaron y agregaron que parte de la carne de las víctimas las usaron para fabricar empanadas que vendieron a sus vecinos.
Los acusados dijeron que integran una secta que recibía órdenes de una "voz" para eliminar mujeres a las que consideraban malas. El comisario Demócrito de Oliveira, comandante de la Policía responsible de la investigación, brindó los detalles en una conferencia de prensa.
La Policía había hallado en el patio de la casa en la que vivían los acusados, los restos de dos mujeres. Cuando el hecho tomó repercusión, los vecinos incendiaron la vivienda. Los detenidos son Jorge Beltrao Negromonte da Silveira, de 51 años, su esposa, la comerciante Isabel Cristina Oliveira da Silva, de 51, y una joven de 25, Bruna Cristina Oliveira da Silva, que vivía con la pareja y era la amante del hombre. Junto a ellos vivía una niña de cinco años, que contó a la Policía que una de las mujeres había sido degollada por el hombre y enterrada en el patio de la casa.
El comisario dijo que acusará al trío de homicidio calificado, secuestro, ocultación de cadáver, falsificación y estafa, así como de crímenes contra la salud pública. Se cree que la pequeña es hija de una mujer que fue asesinada en 2008, y cuyo homicidio fue descripto por Negromonte en un libro. (Especial La Gazeta)
EL ESCABECHITO (Final un poco negrito)
Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.