La gira que nunca termina

A cuatro años de su última visita a la Argentina (Vélez, 2008) el legendario Bob Dylan volvió a nuestro país. Esta vez no se presentó en un estadio, sino que dió cuatro shows en la intimidad del Teatro Gran Rex de Buenos Aires.

Dylan salió al escenario puntual, vestido de negro, con sombrero blanco, acompañado por su increíble banda: Charlie Sexton (guitarra eléctrica), Stu Kimball (guitarra eléctrica/ acústica), George Recile (batería), Tony Garnier (bajo/ contrabajo) y el poli-funcional Donnie Herron (guitarra steel, banjo, violín, mandolina eléctrica), llenando de colores la música de este genio.

En el primer tema queda en evidencia: Bob gira con esta banda desde su disco Modern Times (2006) lo que hace que se entiendan a la perfección y puedan hacer lo que quieran con los distintos géneros de la música norteamericana: partiendo de una estructura de blues o una de folk, agegándoles arreglos de gospel o de bluegrass, tiñiéndolos de la textura del jazz o la energía del rock & roll.

Bob tiene 70 años y sigue girando alrededor del mundo en un sinfín de conciertos; gira a la cuál llama The Never Ending Tour. En el escenario, además de cantar, Bob tocó la guitarra, la armónica y el órgano. Su voz rasposa, destruida por la edad y el cigarrillo, hizo que muchas veces no se entiendiesen las letras. Pero precisamente eso, quizás, fue lo que le dió un toque mágico a su show.

Para los que entienden su peso en la cultura occidental del siglo XX, el Dylan que vimos acá es la sabiduría personificada, un libro de carne y hueso: verlo parado en el escenario y pensar en todo lo que vivió, en todo lo que vió, en las personas con quienes compartió un escenario, en lo que consiguió a lo largo de su vida (no sólo como músico sino también como pintor y escritor), hace que esa voz, a veces inentendible, tenga un profundo sentimiento de enseñanza, pasión e historia… que nos regaló a aquellos que quisimos escucharlo.

Dylan es un chamán, modificando nuestra percepción de la realidad, sumergiéndonos en las arenas del tiempo para invitarnos a recorrer su camino como músico. El show arrancó con “Leopard-Skin Pill-Box Hat” del grandioso doble Blonde on Blonde (1966), seguido de “Man in the Long Black Coat” de Oh Mercy (1981). Continuó con “Things Have Changed”, que compuso para la película Wonder Boys en el año 2000. Siguió con “Tangled Up in Blue” de su clásico tardío Blood on the Tracks (1975) y con un cover de “Rollin’ and Tumblin”, una canción tradicional del blues cuya autoría se le adjudica a Muddy Waters. El track formó parte de la discografía de Dylan en Modern Times, del año 2006. El recital continuó, imparable, con “Spirit On The Water” del mismo álbum. Después fue el turno de “Summer Days”, desde Love and Theft (2001), seguido por “Desolation Row” un gran tema de su obra maestra Highway 61 Revisited (1965).
Pero Bob se quedó con ganas de más Love and Theft (2001) y nos regaló “High Water (for Charly Patton)”. Luego nos hizo volver al ’75 con “Simple Twist of Fate” y volvimos a viajar diez años atrás con “Highway 61 Revisited”, del disco homónimo. Siguió con la canción “Blind Willie McTell” dedicada al músico de blues del mismo nombre. No es la única vez que Bob le dedica temas a sus influencias: en su primer disco encontramos “Song to Woody” que escribió para su ídolo Woody Guthrie o “Dark Eyes” dedicada a al poeta William Blake. Continuó con “Thunder on the Mountain”, también de Modern Times (si no escucharon el cover de Wanda Jackson junto a Jack White, haganló acá ya mismo) y para concluir la velada nos terminó de partir la cabeza con tres clásicos: “Ballad of the Thin Man” y “Like a Rolling Stone”, ambos de Highway 61 Revisited , y “All Along the Watchtower” de John Wesley Harding (1967).

Luego dejó el escenario, y los aplausos, gritos y silbidos inundaron el Gran Rex. Cuando volvió para los bises, dio una clase de historia cantando la canción de protesta “Blowin’ in the Wind” (de su segundo álbum Freewheelin’ Bob Dylan, 1963), tema emblema de una generación de hace ya 50 años que hoy sigue sonando. Para la sorpresa de todos, al no poder aguantar tanta energía, un fan subió al escenario para robarle un beso a Dylan y ver si así podía compartir un poco de su alma con él. Esto no impidió que Bob siguiese cantando y el fan fue sacado al instante del escenario.

La acústica del Gran Rex fue impresionante; no hubo ni un sonido que se haya escapado de nuestros oídos. Y esa misma precisión dejó algo en claro: Dylan se reinventa a si mismo constantemente, al igual que sus canciones. Nunca vamos a escuchar, a esta altura del partido, un clásico de Dylan tal cual suena en sus discos. Y eso es lo interesante de poder ver a esta leyenda viva.

Al terminar, los músicos se pusieron en fila, hicieron reverencia y salimos del viaje chamánico de Dylan, de vuelta a la realidad. El vacío invadió nuestras almas y rogamos para que él regresara y así poder volver a llenarlas experimentando algo único, como es ver en vivo a Robert Allen Zimmerman.