LOS REOS II: Domingo Faustino Sarmiento

El doble paso por la cárcel del padre del aula (o la cara de nuestro billete de cincuenta).

Más allá de las polémicas, el nombre de Domingo Faustino Sarmiento despierta una serie de asociaciones comunes a la mayoría de los argentinos, instaladas sobre todo desde las escuelas. Al pensar en Sarmiento se piensa ineludiblemente en la educación pública. Su imagen es la del self-made man que se hizo un lugar en la esfera política educándose- casi solo- y que luego luchó por brindarles a los jóvenes argentinos la posibilidad de ir a la escuela. Basta con considerar el hecho de que el Día del Maestro en nuestro país se celebra en los aniversarios de su muerte para cerciorarnos de que su figura se instaló como la del “padre del aula”, al decir de su himno.

La extensa carrera política de Sarmiento, su presidencia, también constituyen aspectos de su vida conocidos por todos nosotros  y que hoy son objeto de una gran revisión. De su trayectoria en la literatura quizá se hable menos, aunque en las escuelas se suela leer el Facundo o bien Recuerdos de Provincia. La faceta de escritor fue central en su vida. Escribió notas periodísticas, ensayos, tratados, cartas, novelas, memorias, relatos de viajes, y los escribió convencido de su calidad, con aspiraciones a ser leído en su país pero también en Europa. La escritura funcionó como una herramienta clave en su estrategia tenaz para posicionarse e intervenir en la vida pública.

Hay un hecho, sin embargo, del que pocos saben. Un dato que es obviado en los manuales de las escuelas argentinas: el de su doble paso por la cárcel. Es suprimido por los autores de materiales escolares que simplifican su figura y buscan imponerla como un ejemplo para los jóvenes alumnos. Sarmiento, que sin dudas quería construir su imagen como la de un modelo a seguir, narra estos sucesos sin tapujos en Recuerdos de Provincia. Sin tapujos y hasta con orgullo, porque para él, estos sucesos constituyeron una parte fundamental de su educación y de su ingreso a la vida pública y política. El haber estado preso opera, en Recuerdos, en la dirección de esa figura ejemplar que pretendía construir Sarmiento.

Recuerdos  es una autobiografía que publica a los 39 años, en 1850, cuando el gobierno de Rosas estaba llegando paulatinamente a su fin. En este libro el autor va uniendo con eficacia la historia de su vida personal y familiar con la historia nacional, para posicionarse como un candidato apto para llevar al país a buen puerto. Sarmiento no ocultaba sus intenciones. Cerca de la fecha de la publicación de Recuerdos circularon fotografías suyas con la leyenda “Sarmiento, futuro presidente de la República”.

Vayamos a lo importante. ¿Cómo es que Sarmiento incluye el haber estado preso en Recuerdos desde una óptica positiva y de ejemplaridad?

Estas dos anécdotas están narradas en el capítulo titulado “La vida pública”. Su primer encuentro con la cárcel, según cuenta, tuvo por motivo la escritura de una carta en reclamo por las malas condiciones en su trabajo como alférez de milicias. Ya tenemos a la escritura involucrada. Además, agrega: “Era yo tendero de profesión en 1827, y no sé si Cicerón, Franklin o Temístocles, según el libro que leí en el momento de la catástrofe…”. Podemos decir que Sarmiento es influido por lo que lee, hecho que se condice con el valor pedagógico que le atribuye a la literatura. A raíz de este reclamo fue citado por Manuel Quiroga, gobernador de San Juan (provincia natal de Sarmiento). Sostuvo con él una “guerra de miradas” de la cual se declara vencedor. En este pasaje el autor hace gala de su altanería y de su coraje al enfrentarse con la autoridad rosista y al sostenerle la mirada que irradiaba “rayos de cólera”. Según Sarmiento, fue enviado a la cárcel por el enojo que le produjo al gobernador el haber sido enfrentado de esa manera insolente por un joven oficial.  Vuelve a ostentar su coraje cuando cuenta que al ser interrogado en la cárcel sobre los antirrosistas, él no solo no reveló información sino que además les sacó la lengua a los oficiales. Sí, Sarmiento sacaba la lengua (o al menos eso escribió).  Su enemistad con Quiroga y todo ese entorno rosista lo definió políticamente como unitario.

La segunda ocasión en la que Sarmiento fue preso también tiene que ver con la escritura y con el enemigo: el rosismo. Sarmiento era el director del diario El Zonda. “Y de aquí vino mi segunda prisión, por haberme negado a pagar veintiséis pesos, que en violación de las leyes y decretos vigentes, se proponía robarme el gobierno.”. Era muy difícil llevar adelante una publicación de cualquier índole en Latinoamérica por la falta de un público lector que sustentase ese trabajo. Para fomentar el desarrollo cultural estaba vigente la Ley de Imprenta. Esta ley establecía que se publicaban estos periódicos de manera gratuita y la imprenta se quedaba con las  ganancias de la venta. El gobernador de San Juan le comunicó que a partir del número 6º de El Zonda debía pagar por el papel de su publicación. El diario murió allí, pero el número 6º ya estaba publicado. Lo citaron a Sarmiento en repetidas ocasiones para hacerle pagar esta “deuda”.  Él se negó siempre, alegando que el gobernador estaba violando la Ley de Imprenta y que de ningún modo tenía facultades para modificarla.

En la cárcel, Sarmiento recibió una visita de sus amigos. Finalmente lo convencieron de transigir para poder continuar a cargo de la escuela en la que era director. Pagó los veintiséis pesos pero afirma en este mismo capítulo: “débenme don Nazario Benavides y don Timoteo Maradona (…) veintiséis pesos todos los días que amanece, y me los pagarán, ¡vive Dios!, uno u otro, ahora o más tarde…”.

Este doble paso por la cárcel es incorporado entonces como un recurso en la construcción de su figura de hombre valiente, íntegro y férreamente antirrosista. Se define a través de estas escenas como alguien sin miedo a confrontar al enemigo, capaz de reclamar por injusticias y dispuesto a defender contra viento y marea la institución de la escuela. De un lado el rosismo y del otro él, para cobatirlo. No le habrán devuelto nunca sus veintiséis pesos, pero Sarmiento supo aprovechar “sus prisiones” para ir acercándose a su cargo soñado.