A mediados de este año, llegaron desde Europa (desde Cannes más precisamente) una buena cantidad de tweets y posteos de críticos y cinéfilos contando que acababan de ver una película indescriptible, una eufórica celebración del cine y la vida. En verdad, lo que decían era que la película era, básicamente, una locura (bonkers fue el término más usado, o sea, chiflada) La película en cuestión era Holy Motors, del francés Leos Carax, director de películas como Pola X y Los amantes del Pont Neuf. Un mosaico de viñetas y situaciones entre bizarras, surrealistas y poéticas, con distintos grados de abstracción, realismo extremo, simbolismo, y entretenimiento puro, todas unidas por un solo personaje, centro neurálgico de la película: Oscar, un actor interpretado por Denis Lavant (habitual colaborador de Carax) que se mueve por Paris en una limosina, yendo de trabajo en trabajo, de escena en escena, asumiendo personalidades de lo más variadas y desconcertantes (para no se sabe qué o quién), y cumpliendo con tareas como mendigar, generar imágenes en movimiento por CGI, transformar a Eva Mendes en una modelo islámica luego de almorzarse un par de dedos ajenos, asesinar a alguien que termina siendo su doble, tener una charla conmovedora de padre a hija, o bailar con una Kylie Minogue disfrazada de Jean Seberg que canta una (hermosa) canción escrita por Neil Hannon (The Divine Comedy) Todo eso sucede en Holy Motors. Y mucho más, porque, por más pomposo que suene, la película de Carax se mete de lleno en un tema tan solemne como divertido: la condición humana.
Carax es un cineasta al cual el mote de “enfant terrible” que se le adjudicó hace más de una década le viene como anillo al dedo: con su desaliñado aspecto y tono elusivo e indiferente el hombre podría ser un cliché satírico del director francés maldito. Y si a eso le sumamos la pausa de diez años que se tomó para hacer esta película, es justo decir que Holy Motors ya venía con un halo que predisponía a tanta alharaca. A su vez, todas las citas y referencias cinéfilas que la película tiene siguen apareciendo a medida que nuevos textos se escriben sobre ella, aunque el mismo director haya dicho (otra vez esa pose) que si bien se ha dicho es una película muy cinéfila, él dejó de ver cine hace rato.
Lo más claro que se puede decir de Holy Motors es que es una película absolutamente libre, que se mueve por fuera de todo tipo de convencionalismos. Cada segmento/aventura existencial/tarea laboral de Oscar sigue a la anterior en un ballet tranquilo y discreto pero poderoso, en el que cada situación se vuelve un motivo, cargado de símbolos pero plausible de ser admirado y sobre todo disfrutado desde la más completa ignorancia cinéfila. La otra cosa que se puede decir es que el tono aparentemente ampuloso de muchas “viñetas” es de alguna manera refutado por esa misma libertad que se devela hasta picarona (incluso se permite secuencias puramente musicales) con la cual el derrotero de ideas puede llegar naturalmente a extremos que son imposibles de sostener sin una sonrisa autoconsciente.
Luego de su estreno en Cannes, rápidamente se etiquetó a Holy Motors como una “celebración del cine”, una película sobre películas, sobre la esencia del cine como artefacto de creación de universos, como dispositivo mágico alimentado por nuestros sueños. También se dijo que es una película sobre los actores, esos extraños sujetos que viven de imitarnos. Pero acá no estamos tanto frente a una película sobre la tarea del actor sino sobre esa misma magia por cual nosotros nos representamos a nosotros mismos como condición para vivir (por eso Holy Motors estaría más cerca de, por ejemplo, el existencialismo light de The Breakfast Club que de la cinefilia maravillada de Hugo, aunque comparta con esta última esa magnífica recuperación del asombro como una de las fuerzas vitales del cine).
Sí, Holy Motors es todas esas cosas que decíamos antes, pero también trasciende al cine como objeto de estudio (y de pasión) para ir hacia un plano en el que la vida misma se vuelve objeto en tanto representación. ¿Qué vida tenemos más que la que nos representamos? ¿Acaso cuando vivimos no hacemos otra cosa que interpretar los roles que elegimos en cada situación que atravesamos? Atravesando géneros (el drama, el musical, la ciencia ficción) y desarrollando en correlato innumerables formas cinematográficas (la actuación, la música, la animación digital), el recorrido de este personaje por los recovecos del cine y su Historia son apenas una base para encontrar esos dispositivos, ideas, y modelos (tan cinematográficos ellos) que marcan y guían nuestro paso por este mundo.
Imitación de la vida. Holy Motors, de Leos Carax
Sacudió la modorra de los críticos en Cannes y fue el hype cinéfilo del 2012. Con ustedes, Holy Motors, de Leos Carax.