Robyn Hitchcock en Argentina

PH: Javier Calvelo
PH: Javier Calvelo

El hermetismo que proponían las puertas entreabiertas del Samsung Studio estaba a tono con el halo de misterio que desde un primer momento recubrió la noticia de que Robyn Hitchcock iba a tocar en Argentina. Poco hypeo mediático, mucho boca en boca, una incredulidad que se disipaba recién con la entrada en la mano, todo parecía contribuir a la idea de que se avecinaba una suerte de ritual para unos pocos iniciados. Con más de treinta años de carrera a cuestas, este juglar contemporáneo, heredero directo de los Barrett y Lennon más psicodélicos, se iba a presentar por primera vez en nuestro país. Él y su guitarra.

La particularidad de la cita se percibía al instante. Una sala colmada, gente de todas las edades, un niño que deambulaba por el pasillo que se formaba entre los dos grupos de sillas, todos condimentos que llevaban a pensar en que los improvisados eran pocos. Las caras del público evidenciaban una inquieta y feliz ansiedad que estallaría al sonar la canción que venían a escuchar. Enfundado en una camisa floreada, Hitchcock irrumpió en el escenario con una versión de “Only The Stones Remain” a pura armónica, en un claro guiño folk que se iba a mantener a lo largo de la velada. Arrancar la noche con un tema de los Soft Boys, su primer gran banda, daba rienda suelta a la esperanza de escuchar cualquiera de sus canciones, sin importar cuán vieja fuera.

A medida que el show avanzaba la figura de un Robyn Hitchcock en su mejor forma, gracioso y descontracturado, perfecto en la interpretación y con la voz intacta, iba fundiéndose con un público dispuesto a amarlo en cada acorde.  La seguidilla de hits dejó en claro que estaba dispuesto a darle a cada uno de sus fanáticos lo que venía a buscar, al punto que tocó “My Favourite Buildings”, de su disco solista I Often Dream Of Trains, a pedido de una señorita del fondo de la sala. Una hermosa versión de “Olé! Tarantula”, cantada a coro por toda la sala, fue el broche de oro para una primera parte que no dejó momento de la carrera de Hitchcock sin tocar.

El cambio de la camisa floreada por una de lunares fue la metáfora del giro de ciento ochenta grados que daría el show. Atrás quedaba el repaso de la obra personal, era el momento de homenajear a sus ídolos. Tocar covers es una marca registrada de Robyn Hitchcock, lo que lo vuelve un intérprete aún más peculiar. Ante himnos de artistas de la talla de Nick Drake, David Bowie y Bob Dylan, Hitchcock no se queda en la mera reverencia sino que los procesa y reversiona al punto de convertirlos en híbridos maravillosos. Una conmovedora “The Crystal Ship” de The Doors fue la encargada de coronar la noche.

El show de una hora y media dejó a todos pidiendo más, no tanto por los temas que quedaron en el tintero, sino por la intensidad y calidad de los que efectivamente sonaron. Recién salí cuando lo vi bajar del escenario con la campera puesta y enfilar para la puerta mezclado entre el público. Lo intercepté mientras caminaba hacia afuera, lo felicité, me agradeció. Pensé que un show de esa intensidad, de esa intimidad, no podía terminar de otra manera. Cuando doblé por Avenida Belgrano Robyn seguía charlando con la gente y firmando autógrafos en la vereda del Samsung.

 

Fuente Foto: www.ladiaria.com.uy/articulo/2012/9/el-senor-de-los-insectos