“El domingo cueste lo que cueste, el domingo tenemos que ganar”. Los jugadores de River y Boca, en diferentes estadios, se fueron a las duchas escuchando el clásico pedido de la hinchada previo a un Superclásico. El próximo domingo volverán a verse las caras, de manera oficial, después de 17 meses, con realidades diferentes y no tanto a la vez. Para ambos la derrota puede significar la profundización de sus problemas. Pero la victoria, puede significar el envión anímico necesario para lo que resta del campeonato.
La última vez que se enfrentaron de manera oficial fue en La Bombonera, el 15 de mayo de 2011. Esa tarde Boca ganó 2-0, con goles de Juan Pablo Carrizo, en contra, y de Martín Palermo. En ese Torneo Clausura el entonces equipo dirigido por Juan José López terminaría descendiendo al Nacional B por primera vez en sus 110 años de vida.
River llega al domingo con más dudas que certezas sobre su presente. Cuando se empezaba a hablar sobre la (no) continuidad de Matías Almeyda, el equipo Millonario hilvanó, con corazón y algo de buen juego, dos goleadas seguidas ante Arsenal (4-0) de visitante y ante Godoy Cruz (5-0), como local, y sacó pecho. Sin embargo, la derrota ante un rival director como Quilmes en el Sur -la cuarta en el Torneo Inicial- volvió a desnudar los inconvenientes del equipo para funcionar como tal.
A diferencia de lo que pasa en la vereda de enfrente, en River no hay problemas internos en el plantel. O por lo menos así lo hicieron saber los jugadores abrazando a Almeyda en ese gesto que quedó inmortalizado tras el gol de Leo Ponzio para abrir el marcador ante Arsenal. Sabe el entrenador que con el apoyo interno no alcanza. En este fútbol argentino valen más los resultados que los proyectos. Y mientras los números no den, sobre todos los del Promedio, los ojos de todos estarán puestos sobre él.
Habría que preguntarle a Falcioni sino. Que le cuente a Almeyda cómo es esto de que hace un año salía campeón por 12 puntos de diferencia en el Clausura, que hace menos de cuatro meses jugaba una final de Copa Libertadores, que hace dos ganaba la Copa Argentina ante Racing, y que hoy, pese a estar a cinco puntos del líder Newell’s, su continuidad pende de un hilo.
En Boca sí, los problemas son internos. E inevitablemente se trasladan al campo de juego. Hay un antes y un después de Riquelme. La salida del enganche acrecentó el mal clima entre Falcioni y los amigos de Román y el entrenador quedó, ante la mirada de los hinchas, como el culpable del alejamiento del diez.
Los cuatro triunfos consecutivos de la segunda a la quinta fecha, más una victoria ante Independiente en la séptima solo sirvieron para acomodar a Boca en el lote de los candidatos. El funcionamiento del equipo nunca convenció. Ni antes, ni ahora. La falta de resultados positivos en las últimas cuatro fechas no hacen más que acumular críticas y poner en duda, por parte de los dirigentes, la continuidad del DT.
River y Boca no llegan al clásico de la forma en que ellos quisieran. El próximo domingo, en el Monumental, volverán a verse las caras. Con más para perder, que para ganar.
¿Quién llega peor al Superclásico?
River y Boca volverán a verse las caras, de manera oficial, después de 17 meses. Ninguno pasa por un buen presente. Qué se juega cada uno en el Monumental.