Shakespeare en Valdivia

Allá por el sur de Chile, en la Región de Los Ríos, el Festival de Cine de Valdivia sigue afianzándose como uno de los festivales mejor programados de la región, como vitrina y promoción del mejor nuevo cine chileno, y un ferviente espacio de promoción (a través de su plataforma Australab) para proyectos latinoamericanos en desarrollo. Un combo cinéfilo completo del otro lado de los Andes.

En la misma línea de festivales como Bafici o Locarno, el FICV le da lugar a las propuestas más independientes y radicales, y este año los premios mayores se quedaron en Latinoamérica: De Jueves a Domingo, de Dominga Sotomayor (Chile) y Viola, de Matías Piñeiro, se llevaron los premios a Mejor Película y el Premio Especial del Jurado, respectivamente.

Con una (gran) visita exprés de un par de días no alcanza como para dibujar un panorama preciso de todo el evento, su perfil, y su excelente programación (aunque sí del gran clima que se vive entre los invitados). Pero el hecho de que esas películas sean las premiadas habla bastante sobre a qué apunta el festival: descubrir y apoyar el crecimiento del mejor cine latinoamericano joven, ese que abre nuevas perspectivas a fuerza de talento y originalidad. Compacto pero muy potente, el FICV lleva a Chile lo mejor del cine contemporáneo -como la genial (en todo sentido de la palabra) Holy Motors, de Leos Carax- y se constituye como polo de encuentro del cine joven chileno, a la vez que abre las puertas a universos marginales (Raimi, Gordon, la saga de Plaga Zombie) o el documentalismo más creativo y experimental (Benning, Morris) sin dejar de lado a los orígenes (un corto perdido de Raœl Ruiz restaurado por la filmoteca de Bologna, Ahora te vamos a llamar hermano) ni a los vecinos (el foco del uruguayo Pablo Stoll, un homenaje a Lautaro Murúa, o las excelentes As Cançoes y La chica del sur, entre muchas otras) Y, por supuesto, la competencia de cine chileno, un showcase con lo nuevo de lo nuevo del cine local.

Hay demasiado, en efecto, como para que un vistazo pueda dar cuenta de todo un festival, así que hablemos de una de las ganadoras, la que pinta para ser una de las mejores películas argentinas del año que viene: Viola, de Matías Piñeiro.

El tercer (apenas) largo de Piñeiro después de El hombre robado y Todos mienten parece suspender aquella actualización lúdicamente doctrinaria de la literatura política Argentina del siglo XIX que venía construyendo con su obra (Sarmiento a la cabeza) y se zambulle plena de felicidad en el mundo de Shakespeare, haciendose eco no tanto de historias o personajes del dramaturgo inglés -aunque s’ remita (y replique por partida doble) a alguna que otra escena de obras como Noche de Reyes- sino más bien a un espíritu vital, un aire de feliz ligereza en el que la belleza femenina aparece casi como un personaje más, incandescente y misteriosa.

La historia de Viola es mínima, sencillamente compleja, y, sí, shakesperiana. En ese tono comienza, con una obra de teatro y un grupo de actrices (Agustina Muñoz, Laura Paredes, Gabriela Saidón) que como musas caprichosas o hadas del destino, deciden "testear" la relación de una de ellas (Elisa Carricajo) con su novio. Se despliega entonces una trama de intrigas amorosas, seducción, y cruces, con muchos personajes, sueños, y representaciones representadas. En el medio está Viola, una chica (María Villar) que entrega películas pirateadas a domicilio y en su derrotero por distintos clientes terminará uniendo algunos cabos sueltos (y abriendo otros, como una mini-escena onírica con Romina Paula) que sin embargo nunca terminan, felizmente, de cerrarse del todo. Y el felizmente no es porque estemos frente a un regodeo en la ausencia de sentido, ese contagioso vicio superficial bastante extendido en el cine argentino, si no porque el juego seductor y vital que propone Piñeiro, con desamores incluidos, podría seguir fluyendo tranquilamente, acto tras acto, escena tras escena, con esa bienvenida picardía (quizás uno de los elementos más shakesperianos de la película) que Piñeiro parece haber finalmente destilado y que le da una fuerza rítmica y un desparpajo encantador a sus ágiles 65 minutos.

Hablando de actos, belleza, seducción y juegos, hay una escena en Viola que parece condensar todas esas cosas creando una fuerza de gravedad que atrae a personajes e historias hacia un núcleo intenso y luminoso. Cuando Cecilia (Muñoz) decide ponerse una vez más en la piel de Bassanio (como en la escena de Noche de Reyes que abre la película) para ensayar la escena de seducción a Olivia (que interpreta la Sabrina de Carricajo) Piñeiro arma una suerte de ballet de miradas y sugestiones sensuales donde la música proviene tanto del constante movimiento de la cámara como de la repetición lúdica, una y otra vez, del mismo diálogo shakesperiano original, que va recortándose, y acercándose hacia un clímax, como un espiral que pone en loop los textos originales una y otra vez, haciéndolos suyos y envistiéndolos con su propio estilo para su propia historia (la de Cecilia y Sabrina, montada sobre los personajes que interpretan). En esa maravillosa operación, Piñeiro revela tanto el mecanismo de la adaptación de un texto (en tanto apropiación, y uso) como también algo de la esencia del cine ligado a la belleza y, claro, al amor. Si a alguien le quedaba alguna duda de por qué Matías Piñeiro es un gran director, debería ver esa escena.

Lo más probable es que Viola y sus chicas superpoderosas lleguen a alguna sala del país el año que viene, y no sería para nada riesgoso apostar a que la película de Piñeiro seguramente se convierta en uno de los mejores estrenos argentinos de 2013. Así que a esperar, entonces.