No hay que estar mucho tiempo intercambiando palabras con Gabriel Medina para descubrir que el tipo es un apasionado. Un poco por la intensidad y el cariño con que habla de películas –y canciones, discos y libros– que consume y que lo influenciaron, y también por las palabras recogidas en la charla, que parecen respirar cine. “Yo quiero filmar la verdad”, dice. Y ahí confirmamos, por si hacía falta, cuál es el origen de esa energía que se desprende de sus historias y sus personajes. Desde la implosión silenciosa de Gauna en Los Paranoicos (y su explosión desbocada e inevitable) hasta el viaje feroz y sensorial de Jerónimo en La araña vampiro, su nueva película, en la que se introduce en el cine de género. La aventura de un adolescente de costumbres urbanas que viaja a las sierras para calmar sus fobias personales y es picado por una araña mortal es, además de una road movie que se codea con la locura (“Lo que me gusta de las películas, sean de terror o de aventuras, es que propongan algo que te pueda pasar”), un sumario de cuestiones insinuadas –nunca explícitas– sobre el miedo, la sugestión, las mutaciones de la naturaleza, y la tensión entre el relato oficial de las instituciones (la familia y la medicina) contra las voces de la montaña y una leyenda lugareña.
¿En qué momento imaginaste la historia de La araña vampiro?
Gabriel Medina: Esta película apareció después de Los paranoicos, donde dejé muchas cosas personales y tuve una descarga de energía muy fuerte. Me costó después volver a conectar conmigo. Tenía cosas pensadas pero de algo estaba seguro, aunque no sé por qué: quería hacer algo relacionado con la naturaleza, fuera de lo urbano, y también algo relacionado con el miedo. No quería repetirme. Hice un viaje con mi mujer a la montaña, a La Cumbrecita, un pueblo cordobés que conozco desde que era chico, al que había dejado de ir. Ahí me reencontré con una necesidad muy potente que tengo de relacionarme con la naturaleza. En un momento hice una larga caminata, solo, por un bosque increíble. Caminé hasta perderme, y de pronto empecé a tener miedo. Me conecté con algo que me pasaba cuando era más chico, algo muy maravilloso y siniestro a la vez, un vacío existencial, como un miedo a la muerte. Recordaba aquella sensación de sentirme chiquito bajo un cielo estrellado, la soledad en la montaña… En esa época no tenía teléfono ni televisión; solamente tenía amigos y mi colección de Astérix. A partir de recuperar esa sensación empecé a escribir una historia sobre unos chicos que iban de vacaciones a la montaña, se perdían y conectaban con ese terror. Después, eso se fue transformando en La araña vampiro.
¿Siempre hubo una araña en la película?
Sí. La idea de la primera noche de un chico y un encuentro con la araña estaba desde el comienzo. En una primera versión de la historia no lo picaba la araña; la encontraba y tenía una situación de miedo muy fuerte y se iba a dormir a un auto, que representaba el confort, la civilización, etc. Era un personaje de unos doce o trece años. Después se encontraba con otros personajes, se iban de campamento… Como una especie de Cuenta conmigo pero pesadillesca. Algún día la voy a filmar.
¿Decías que te conectaste con un miedo existencial de tu juventud. ¿También le tenías miedo a las arañas?
Sí, totalmente. Me pasó algo muy loco de chico, que básicamente es parecido a lo que le pasa al personaje. Ocurrió cuando fui a una casita que estaba cerca del bosque de Villa Gesell. Tuve que dormir en un cuarto fuera de la casa que habían alquilado mis viejos. Y la primera noche me quería ir, me empezó a dar miedo. A todo esto, yo de adolescente tuve ataques de pánico violentos, reales. Nada de ansiedad ni de esas cosas, porque ahora le llaman ataque de pánico a todo… Yo hablo de un horror verdadero, en el que súbitamente me descompongo y creo que me estoy muriendo. Previo a que me empiecen a dar esos ataques, me pasó esto: cuando me voy a dormir, el techo estaba lleno de arañas. No quería ir a decirles a mis viejos “hay arañas”, y tenía miedo, así que empecé a matarlas. Las maté a todas, pero dormí muy mal. Eso me quedó muy grabado. Recuerdo también que aquel verano escuchaba dos cassettes: Nena de Hiroshima de Todos tus muertos y Ácido argentino de Hermética.
La música parece tener un lugar importante en tu vida y en tus dos películas.
El cine fue desde siempre en mi vida una especie de ventana a otro mundo y tal vez un escape. Pero también la música. Con la música que yo escuchaba siempre imaginé escenas de mi propia vida filmadas. Y eso lo sigo haciendo hasta el día de hoy. Para mí es parte orgánica de la película; no solo musicaliza sino que cuenta cosas, es un personaje más. Y realmente busco mucho. En Los paranoicos, por ejemplo, el tema de Todos tus muertos que baila Daniel Hendler lo bailaba yo: quería hacer una película en la que un personaje bailase solo, encerrado, esa canción. Me parecía que eso lo hacía mucha gente, sobre todo gente más introspectiva, reprimida, que explotaba dentro de su casa o su cuarto de esa manera.
¿Puede ocurrir que armes alguna escena de la película a partir de una canción?
Sí, me pasó con el baile final de Los paranoicos. Cuando escuché esa canción de Farmacia se me ocurrió el final, cuando él explota y no le importa más nada. La música es parte de mi vida y también el material con el que cuento. Tengo una película pensada en el que me imagino un tema de Lennon, por ejemplo, pero no sé si lo voy a poder tener.
En la película hay elementos que hacen que se la pueda considerar de género. ¿Lo tenías planteado o fuiste llegando ahí?
Soy amante de los géneros, y el terror me gusta mucho. Mi película, en principio, es sobre el miedo, más allá de algún condimento medio cómico que salió solo. Pero generalmente no premedito, el género aparece naturalmente.
Uno de los atributos de la película es la sutileza para administrar la información, para sugerir en vez de explicar todo…
Me gusta la síntesis visual. En el momento de rodar suelo eliminar muchas cosas de las que están escritas y las condenso en una situación o una imagen. De hecho, el guión cambió mucho durante el rodaje. De pronto nos encontramos que hay cosas que no tienen un sentido claro, sino algo un poco a lo Lynch, digamos, un sentido extraño, o un no-sentido. Tampoco me gusta la cosa hipersimbólica… Pero de repente, en Psicosis, Hitchcock encara una conversación entre Bates y Marion y tiene esos pájaros disecados ahí en el fondo, y sé que eso está pensado para algo. El espectador común, que está viviendo la historia y no está prestando atención a la imagen completa, igualmente se ve afectado por eso, quizás sin darse cuenta. Y eso es terrorífico.
¿La presencia del personaje de Ailín Salas ocupa ese lugar misterioso, indefinido, por ejemplo?
Claro. Si este pibe se refugia en los videojuegos, en el auto, en las pastillas, todo lo vive con mucha sensibilidad; que sueñe cosas, que se le aparezca ella cada vez que se desmaya muestra algo lógico y no lógico a la vez, no me importa si cierra o no. Le cierra al personaje. Ahora estamos en un bar y quizás sin darte cuenta te vas con la imagen del señor que está sentado atrás, y soñás con él. Eso para mí es maravilloso. Todo tiene una función por algo. Acá el miedo está dando vueltas siempre, y eso no lo podía perder. El peso de la mirada es algo que siempre tengo en cuenta.
Como en Los paranoicos, acá volvés a utilizar un videojuego como escape para el personaje, y otra vez llenando la pantalla.
Y en la próxima no se dan una idea, va a ser mucho más heavy (risas). Me gustan mucho los videojuegos, y les tengo mucho respeto porque son sumamente adictivos. Me parece que hay mucho arte e ingenio ahí, y cosas muy interesantes. El recurso de la pantalla completa es una cuestión del punto de vista, y es clave. Así, en Los paranoicos, la pelea de boxeo se transforma en una pelea de verdad. Y en La araña vampiro, un adolescente que está aterrado y que no quiere estar ahí hace lo que yo hubiese hecho: agarrar la notebook y ponerse a jugar. Es una manera de escape mucho más contemporánea que un libro –más allá de que ame los libros–. A mí me pasó. En mi época “paranoica”, cuando vivía solo, trabajaba dos meses en cine y tres en publicidad y tenía baches en los que no hacía nada. Además de ver cine y leer tenía períodos en los que jugaba y me metía en otro mundo. Y de verdad era interesante irse a un planeta raro en una historia bien escrita y bien hecha en la que sos un soldado que tenés que conquistar otros planetas y enfrentarte a insectos gigantes en el año 3012… No es solo acción adictiva, es un mundo muy interesante. Después hay que tener un poco de respeto porque las horas se pasan rápido y está bueno un poco de realidad, y sobre todo de naturaleza.
Otro elemento que enrarece todo es el sonido de las explosiones de las minas.
Una de las cosas que quise sugerir es la cuestión de la naturaleza mutando en función del avance de la civilización. Es lo que vivís cuando vas ahí. Cuando volví a ese lugar, después de mucho tiempo, me encontré en el medio de la nada con dos topadoras rompiendo la montaña, y me pareció muy violento. Quería plasmar el tema de la naturaleza perturbada, que habla, y los cambios que eso produce en el ecosistema, con las arañas que se vuelven locas, por ejemplo.
¿Filmarías guiones de otros?
Sí, claro. Me hicieron ofertas concretas, de hecho. No las acepté porque no estaba de acuerdo ni moral ni estéticamente. No es una cuestión de ego, puedo filmar una comedia romántica o 100% lucha, pero una cosa es filmar y otra cosa firmar. Tengo que estar de acuerdo con la propuesta en general. Es mi trabajo, pero no vendo culos y gaseosas.
¿Mirás series?
Muy poco. No tengo tiempo y sé que me estoy perdiendo de mucho. Vi The Walking Dead, que me encantó, y quiero ver Breaking Bad, The Killing y The Wire, que están en espera.
¿Y ahora qué sigue?
Tengo ganas de volver a lo urbano, a mi mundo, a los personajes como yo. Siento que en el cine argentino no hay muchos personajes como yo o como mis amigos, como mi generación. Yo nunca tuve la intención de hacer una película generacional; quise ver en el cine algo que no estaba viendo.
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LA ARAÑA VAMPIRO
DE GABRIEL MEDINA
Con Martín Piroyansky, Jorge Sesán y Ailín Salas
Fuente: