A principios de julio, nuestra nieta Dulce, recibía su Doctorado en Economía en Parma, Italia, lugar donde vive. Con idea de compartir un momento tan importante, me decidí y en dos días armé mi viaje y, finalmente, aquel viernes de julio participé del acto de su “laurea” y pude abrazarla con los laureles coronando su rubia cabecita.
Así como a veces el destino se encarga de jugarnos sucio, esta vez, con las casualidades a mi favor, el domingo por la tarde estaba volando a Túnez con nuestra hija mayor que actualmente vive allá. Es decir que mi viaje venía con premio, era la cereza del postre. Muchos han coincidido conmigo en que sabemos muy poco o lo sabemos mal, pero que no nos acercamos de ningún modo a la realidad de esa tierra.
Amplias avenidas, bien trazadas, con un tránsito rápido y a veces desordenado, escoltadas por palmeras, con numerosos policías en cada cruce, y flanqueadas por las flores de las casas que asoman sobre las calles, verdaderos macizos rojos y blancos, siempre rodeadas de verde y con los “nereum oleander”, nuestros laureles de flor estallando en colores, dividiendo el tránsito como en las rutas italianas.
En el mapa se mezclan las raíces de la mítica Cartago y su vecina Túnez, unidas en esa región del Magreb. La historia de Túnez ha quedado ligada a los avatares de su vecina Cartago, reina del Mediterráneo y presa codiciada por las potencias contemporáneas. Inicialmente habitada por los beréberes, la Byrza de los púnicos o fenicios, más tarde, refundada por los romanos vencedores con el nombre de Cartago, arrasada por los vándalos, ambicionada por Bizancio, reducida a cenizas por los musulmanes que masacraron a sus habitantes, hasta conquistada por Barba Roja, dominada brevemente por España, subyugada por el Imperio Otomano, ocupada por los nazis y finalmente colonizada por Francia, fue declarada Túnez, capital de la República Tunecina cuando se le otorga la independencia.
Volé con la Tunis Air, la empresa de bandera, en un avión de última generación. Venía comprimida de mi vuelo Buenos Aires Frankfurt, en un Boing 747 400 de los ’90 de la Lufthansa, sin chiches tecnológicos, ni el consuelo de algún film en español para acortar las trece horas de vuelo. Dos horas después de partir de Milán, buscaba el desierto desde mi ventanilla, pero me recibió una costa bastante poblada, playas recostadas en el azul Mediterráneo, y una ciudad blanca y azul. Paredes de blanca cal, puertas, ventanas, rejas y balcones bellamente trabajados en madera; celosías y cornisas pintadas de azul celeste.
Desde la altura observaba los alrededores verdes y los cultivos en lugar del desierto que esperaba ver. La Tunicia tiene un 40% de territorio cultivable y supo ser, tierra de ricos trigales, como dice la historia, fue “el granero de Roma”. La ruta que conecta el aeropuerto con la ciudad nos muestra una actividad edilicia importante. Por todos lados se ven esas gigantescas cigüeñas, grúas de varias toneladas, trabajando en conjuntos de departamentos, casas de familia o alguna suntuosa villa, según el barrio que atravesábamos.
La semana que estuve allí, a pesar de haber sido paseada para arriba y para abajo, no alcancé a reconocer las innumerables avenidas, ¡tantas son!, por donde transitar hacia y desde la ciudad. Amplias, bien trazadas, con un tránsito rápido y a veces desordenado, escoltadas por palmeras, con numerosos policías en cada cruce, y flanqueadas por las flores de las casas que asoman sobre las calles, verdaderos macizos rojos y blancos, siempre rodeadas de verde y con los “nereum oleander”, nuestros laureles de flor estallando en colores, dividiendo el tránsito como en las rutas italianas.
Café de Sat
Siguiendo la línea de la costa, nos dirigimos al promontorio de Sidi Bou Said, algo más de 10 Km., donde vive mi familia. En su parte superior, se encuentra un barrio típico de artistas y artesanos con callejuelas repletas de negocios cargados de objetos para turistas; colorido y rumoroso. Sede de una histórica bohemia ya que, Sartre y Simone de Beauvoir visitaban el Café de Sat, “de las esteras”, porque sus pisos están cubiertos por ellas. Allí, después de lograr un rincón en una de sus terrazas, pude beber su clásico té de menta con piñones, me sentí una privilegiada visitante, rodeada del perfume dulzón de los jazmines que los chiquillos venden en ramilletes.
Catedral de San Vicente de Paul
Debajo de este peñón, en el borde de la costa, se encuentran el puerto y “la marina” donde están aparcados cientos de verdaderos palacios flotantes, yates y veleros, vecinos de nuestra casa, un moderno complejo blanco y azul. Cruzando la calle, un boulevard custodiado por esbeltas palmeras, se encuentra la ardiente arena de la playa. Afuera 41º y el sol veraneando, adentro confort y aire acondicionado mientras que, por las noches, desde la terraza, se descubren las estrellas y las luces de los navegantes en el mar. Recorrer la ciudad fue poder admirar hermosas avenidas, la bella catedral de San Vicente de Paul, extraño intruso occidental, mezcla de gótico y bizantino, vecino de la plaza de la Independencia, sobre la avenida de Francia, que también cedió ante el embate comercial, a una arquitectura no tradicional.
Mercado central
Una de las primeras cosas que visito, estando de viaje, son los mercados. Encontré el mercado principal, con su importante pescadería donde reinaba un gran mero, sus puestos abarrotados de frutas y verduras, los dátiles que me pierden y los dulces con almíbar, nueces, piñones… La gente es muy amable, todos hablan tunecino pero también francés, de modo que me fue fácil contactar con ellos.
Souk
No podía faltar una recorrida por el “souk”, el soko de Túnez, un dédalo de estrechas callejuelas desparramado en el corazón de la “medina”, la parte amurallada de la vieja ciudad, donde se ofrece a la clientela, una colorida muchedumbre, vestidos típicos; antiguas joyas de plata en contubernio con baratijas chinas, dignas de cualquier lugar turístico. En él se alojan los fabricantes de “chechias”, el tradicional gorro rojo tunecino, quienes trenzan la paja logrando cestos con dibujos de formas y colores combinados y los orfebres que cortan y arman cadenas que son un recuerdo infaltable para las mujeres.
Finalmente, con tanto que había para ver y como me suele ocurrir, con poca tinta para escribir, visité las ruinas de Cartago. A raíz de la falta de protección del área, afortunadamente se logró que, en 1979, se lo declarara Patrimonio de la Humanidad. Recorrimos las termas de Antonino, sus columnas, sus capiteles; los puertos púnicos donde los fenicios escondían la flota en una laguna interior de tramposo ingreso, y “la estacionaban” en huecos que luego cubrían para engañar a los romanos quienes, finalmente, los vencieron en la tercera guerra púnica.
No se descubren los característicos ladrillos de las construcciones de Roma. Seguramente, por falta de elementos para fabricarlos, utilizaron piedras selladas con arcilla para levantar los muros. De todas maneras la arquitectura de los restos es claro ejemplo del estilo romano. Bajo el calcinante sol, por lugares sin una señal de sombra o techo donde guarecerse, mi hija, fanática de la historia y el arte, quiso mostrarme todo y, con su admiración, me arrastró de lugar en lugar entre los barrios púnicos, las termas y el anfiteatro romano. Mosaicos con expresivas escenas, hombres, mujeres, animales, arte figurativo y geométrico, de delicado diseño, que solo produce admiración.
Como me suele ocurrir, estoy segura de que podría contar muchas más cosas, pero los ajustados siete días de visita, se agolpan en mis recuerdos y me empujan hacia el final de la nota, me conforma pensar que los he entusiasmado con un destino fuera de las rutas tradicionales.