Viejos tratados de psicología lo sugieren. Añejos trabajos filosóficos lo demuestran. La paciencia es una virtud. Un gran poder. Una suerte de escape frente a la voracidad de lo urgente, lo voraz, lo pasajero. La paciencia, en el tiempo, tiene su recompensa. Eso sí: debe llevarse de maravillas con la esperanza. Deben ser amigas. En la vida y en el fútbol. Estudiantes cuenta con esas virtudes. Y con algunas otras. Como un gran plantel, un destacado cuerpo técnico y una idea de juego confiable, segura. Agresiva, por momentos. Aplomada, por instantes. Ataca, busca, intenta. Choca algunas veces con el arquero adversario. Tantas, que si fuera un conjunto cualquiera, se desmoronaría, se derrumbaría. Bajaría los brazos. No Estudiantes. Por eso sigue siendo un gran equipo, a pesar de algunos cambios, de algunas salidas, del tiempo que tanto desgasta. El León es paciente y lleva la esperanza desde su nacimiento. Sabe que siempre puede. Parece una broma futbolera, suerte de ironía de la pelota: sabe que "los partidos duran 90 minutos". Que "el encuentro se acaba con el pitazo final". Es eso: cuando juega, Estudiantes no mira el reloj; sólo escucha el latido del corazón.
Ése que le señala, galope puro, que la estructura defensiva de Quilmes, en algún instante, va a fallar. No puede ser perfecta. Que tantas piernas destructivas, en algún punto, van a perder sintonía. Que Trípodi, el arquero cervecero, no puede llevarse un diez. Que hasta los 36 minutos del segundo capítulo tiene esa calificación, bien merecida por varias respuestas de primera, como un tiro de Benítez, como un cabezazo del Chino, como otro cabezazo de Pérez y otro más de López. Y algún tiro más que ya no vale la pena repetir. Si parece que nada sirve cuando Braña define con clase ante su salida, luego de un pase preciso de López, después de un error grosero de Ojota Morales. Allí es cuando debe replantearse todo: las razones de Quilmes de defenderse todo el tiempo, sin la pelota y cerca de su arco. Las razones de Estudiantes, que jamás pierde la línea ni se expone a los envíos lejanos, a pelotazos vacíos de contenido. El León respeta la filosofía de la paciencia: control del balón, toque, rotación, búsqueda de espacios. Protagonismo natural de un equipo hecho frente a un conjunto con incorporaciones en exceso y una peligrosa manera de tomarse el juego. Con el desprecio a la ambición. ¿Hacia dónde va? A luchar por no descender. Desde hoy mismo. Si no se transforma, lo tiene merecido.
Después del tanto de Braña, el juego se acaba, literalmente. Hay tiempo, eso sí, para el 2-0, un penal de Rodrigo López, el ex artillero de Vélez, en su presentación, después de una supuesta falta de Ariel Broggi en el área. Antes, mucho antes, el control de la situación siempre fue de Estudiantes. El interrogante era saber hasta cuándo iba a aguantar. En algún momento, debía perder el control. Hubiera sido lo lógico. Más aún, luego de un destacado primer tiempo y un discreto segundo capítulo. Con las piernas gastadas, con el cerebro cansado, el juego se dirigía a un injusto empate sin goles. Pero Estudiantes tiene a Braña, a Verón, a Pérez, ahora a López. Tiene esperanza: no la pierde nunca. Y tiene, sobre todo, paciencia. De no darse por vencido. Nunca, jamás.
Estudiantes tiene la filosofía de no desesperarse
Después del tanto de Braña, el juego se acaba, literalmente. Hay tiempo, eso sí, para el 2-0, un penal de Rodrigo López, el ex artillero de Vélez.. Estudiantes tiene a Braña, a Verón, a Pérez, ahora a López. Tiene esperanza. Y tiene, sobre todo, paciencia.