Escribo para describir lo que seguramente le pasa millones de compatriotas. Como aquella tristeza del 94, cuando nos quedamos azorados por el doping de Diego, con un luto enorme que nos invade por dentro. Por supuesto muchos no estarán de acuerdo con estas líneas, porque el fútbol es así de apasionado.
Pero quiero hacer un pequeño repaso de nuestros momentos o al menos de los que recuerdo. En 1970 tenía 11 años y no pude ver el Mundial de México en la tele blanco y negro de mi abuela porque Argentina no fue. El Perú de Cubillas y Cachito Ramírez nos dejó en el camino. Ese fue el mundial de Pelé, con ese gol maravilloso en la final de la Italia de Gigi Riva y Gianni Rivera que disparó el capitán Carlos Alberto. En el 74 sólo brilló la magia del hueso Houseman en el gol también sobre Italia, y con la muerte de Perón encima que nos trajo rápido de vuelta. En el 78 fuimos pura alegría bajo un paraguas de tortura y miedo. En el 82 otra vez el naufragio y con la sombra de Malvinas. En el 86, gracias a que Pasarella nos clasificó y luego no pudo jugar, fuimos campeones en un equipo con Diego y jugadores como Cucciofu y el Tata Brown y con Bochini y Trobbiani en el banco. Luego el sub campeonato en Italia 90 con Diego en una sola pierna y Alemania jugando con doce ( once de blanco y uno de negro que se llamaba Codesal). En el 94 la historia de la exclusión de Maradona y luego los fracasos seguidos en Francia 98, Corea-Japón 2002 y Alemania 2006.
En un país que toma el fútbol como circo romano, los perdedores no repiten. Sólo Menotti y Bilardo han probado de nuevo el fuego sagrado de dos mundiales.
En esta selección en que honestamente muy pocos creían, yo quiero dar las gracias a los que perdieron. Fui enormemente feliz durante casi un mes. Me abracé con mis seres queridos con Nigeria, Grecia y México. Me emocioné hasta las lágrimas con el gol de Palermo y reí de cada una de las diabluras de Diego como su taco, sus gestos y por supuesto ese himno coreado maravillosamente con el oh, oh, donde las palabras sobran y somos cómplices con su letra.
Los expertos dirán luego si el planteo contra Alemania fue el correcto, si ese esquema estuvo bien o debió ingresar Verón o Samuel o sacar luego de la amarilla inmediatamente a Otamendi y que ingresara Jonás o Clemente.
Claro que la derrota duele hasta el alma porque queríamos ganar y ganar, y porque curiosamente habíamos a empezado a ser optimistas. Diego perdió como lo hizo Bielsa o Martino, con su esquema y sus convicciones.
Por eso a pesar de la derrota me siento bien. Vi la gente feliz, me sentí atrapado de emociones y hasta igualado en condiciones sociales con todo el mundo, fuimos por un momento, todos iguales y que más hermoso que el abrazo de alegría a quien está al lado en un café o en una cancha y que sin conocerlo damos rienda suelta a lo mejor de nosotros.
La vida es tan distinta sin Maradona, porque su estilo, su forma de ser, su prepotencia, sus salidas, sus éxitos o fracasos, son como la caída de agua de la garganta del diablo de nuestras cataratas.
No he visto en jamás un evento que como el fútbol sea capaz de mostrarnos como somos, ni existe deporte tan extraño donde la suerte, el éxito y la derrota sean ajenos a pronóstico alguno.
En ese mundo estelar, Diego ha sido, generosamente un trágico de alegrías, en un país tan dinámico y exitista. No importa ya lo que digan o lo que hagan los críticos, tengo en mi haber un inventario de pequeños momentos, que al menos por cuatro de años de espera, reviviré ante las adversidades, las malas tardes o mañanas, porque el recuerdo estará siempre allí, cuando la pelota gira, va o viene, en esa pared inconclusa, donde las palabras sobran y ahí están los ojos para asombrarse y solamente ser feliz.