Nieve: cuando la vida se desliza en blanco

El autor nos cuenta aquí su experiencia, mientras permanece bloqueado su barrio, en el piedemonte, por la gran cantidad de nieve acumulada. Un relato directo que, gracias al poder de Internet, nos permite conocer al instante cómo están viviendo esta nevada muchos mendocinos.

Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Tomo un sorbo de café con leche y enciendo la computadora. Tengo a mano todo lo que necesito: la máquina de fotos y videos, la tarjeta de Internet, el lector de memorias y los pies mojados hasta las rodillas, después de andar dos horas por la nieve. No sé cuánta carga tenga la notebook. Deberé apurarme todo lo que pueda para publicar esta nota.



Es así: mi familia y yo estamos bloqueados por la nieve. Hace muchas horas que cae nieve sin parar y jamás habíamos visto algo así en nuestra casa. Vivimos, hace falta decirlo, en el piedemonte, a 40 minutos de la ciudad, pero en el piedemonte pleno, en un sitio donde nos abraza hermosamente la naturaleza con sus cuatro estaciones; un lugar, un barrio privado, digamos, privado de agua potable, gas, cloacas, transportes y, por suerte, hipermercados.

Anoche me quedé viendo hasta muy tarde, las dos de la mañana, el debate por el matrimonio igualitario. Y justo cuando un gorila o un dinosaurio esgrimía barbaridades, se cortó la luz. Bueno, no era un gorila o un dinosaurio: era una señora rubia con buenas artes para hablar sin decir nada, ya saben, darle vueltas a las circunstancias de modo que así obtiene la ley que le viene en gana, bueno, cuando ella hablaba y a mí me daba penita mi país por tener gente así, justo se cortó la luz.

Se cortó la luz y, como un enamorado furtivo o la juventud perdida, no ha regresado. Y resulta que desde las nueve de la noche de ayer nieva y nieva y nieva. A nosotros nos encanta que nieve, pero, bueno, el asunto es que nos quedamos bloqueados, trabados como insectos en el manto blanco de esta belleza. Y acá estamos.




Esta mañana, también muy temprano, a las siete, mi estúpido optimismo me hizo levantar de la cama para ir a trabajar al diario. Ya saben, uno se ha formado en esos hogares proletarios en los que cuidar el laburo es como cuidar a la vieja: puede caerte encima la era del hielo en 3D, pero el laburo es el laburo.

Tomé la precaución de guardar mi auto y el de mi mujer en el galpón. El asunto es que esta mañana, esta oscura mañana, me fui de mi casa haciendo eses por el camino y silbando de alegría por la nieve y por la vida. No llegué lejos, a los tres kilómetros, antes de salir a la ruta, luego de pasar por dificultades diversas (que uno disfruta, porque a uno le gusta la montaña, ya saben, saborear la nieve, caminar por el hielo, mirar todo desde una cima, esas cosas, en fin, sentir que el frío es la más potentes de las limpiezas para el alma), quedé bloqueado.

De pronto, bajé del auto y me encontré algunos tipos del bajo de donde yo vivo, azorados ante la evidencia: no se podía ni siquiera salir a la ruta.

Probé por una ruta alternativa, con mi tozudez proletaria, pero no, no hubo caso. Entonces, decidí volver a casa y el asunto fue el mismo calvario pero al revés. Intenté dos rutas y el hielo y la nieve hacían bailar a mi auto, con la misma elegancia que Rocky asumiría para encarar una sevillana o una bulería.

En fin, para hacerla corta, no vaya a ser que se me acabe la batería de la notebook, me dediqué a disfrutar de mi infortunio y a buscar una salida. En un momento, levanté a un obrero que volvía a casa luego de toda una noche de laburo. El tipo me trajo suerte, porque una de las subidas con nieve y hielo me dejó transitarla.

Al fin, llegué de nuevo a casa: había recorrido seis kilómetros en dos horas y estaba mojado y feliz por el testimonio insobornable de la belleza, de esta blancura como de dios, pero de un dios de esos que eligen a todos, no a un puñadito de elegidos nomás.




Mis dos chocos salen a recibirme con una alegría impar, metidos en la nieve como niños o conejos. Acepto ese cariño con barro, como una muestra más de la maravilla de los inviernos. En el patio, los frutales hacen equilibrio en una pata con varios kilos de nieve encima. Los aplaudo, claro, les saco fotos, claro, en particular a un damasco que supo ser protagonista de otras crónicas mínimas aquí publicadas.



El silencio permite otro milagro: desde el pecho del invierno, llega el canto de distintos pájaros, acurrucados en las ramas como planeta lejanos, como jubilados en la plaza, como dos aves que se aman sin importarles el sexo y la promesa de un probable paraíso a medida de las aves.

Meter el auto en el galpón fue una nueva prueba: de pronto, me encontré cavando en la nieve con una pala, en mi propio patio. En un momento, tomé un descansó y volví a palpar la maravilla, cuando clavé la pala en la nieve y ahí se quedó: ¡había clavado la pala en la nieve del patio de mi casa! Bueno, a ustedes no tiene por qué parecerles esto una maravilla.

Guardé el auto, el querido y viejo auto que una vez más me trajo de regreso a casa. Hice un llamado por el celular: no me esperen en el diario, estoy bloqueado por la nieve, con mi familia y mis dos perros.


Preparo el desayuno a mi familia: café con leche, chocolate para mi hijo. Sigue nevando y la fucking empresa de la luz, otra vez, nos deja para el último. ¿Cuándo llegará la luz y cómo habrá terminado el discurso la gorila rubia, la dinosaurio con lentes que tomó para sí la verdad absoluta? De todos modos, al mirar por la ventana la evidencia cae lenta de madura y honda: la vida es bella y diversa y plural como la bendición de la nieve, a pesar de que haya gente como ella.

Tomo un sorbo de café con leche y enciendo la computadora. Tengo a mano todo lo que necesito: la máquina de fotos y videos, la tarjeta de Internet, el lector de memorias y los pies mojados hasta las rodillas, después de andar dos horas por la nieve. No sé cuánta carga tenga la notebook. Deberé apurarme todo lo que pueda para publicar esta nota.

¿Cómo empezarla..? Podría ser así: “Tomo un sorbo de café con leche y enciendo la computadora. Tengo a mano todo lo que necesito: la bendición de la nieve, un sorbo de café con leche y un puñado de palabras tibias como el cuello de mi hijo”.