En el año 2006, hallaban a un psicólogo y a su paciente asesinados en un consultorio de Ciudad. Alguien ingresó para cometer dos homicidios desbordados de violencia. El único acusado, Mauricio Suárez, sigue prófugo: la hipótesis aún es que no pudo soportar que su ex pareja tuviera un noviazgo con el profesional. Una historia de pasión y misterio manchada con sangre.
Un 13 de julio de 2006, antes de la 9, una madre caminó unos 20 metros y entró al departamento de su hijo, preocupada porque no sabía nada de él hacía horas, y se encontró con una escena macabra: el hombre estaba muerto y también, en el lugar bañado de sangre, había otra mujer sin vida.
Cuatro años después, los asesinatos del psicólogo Flavio Piottante (39) y su paciente Estrella Libedinsky no tienen a ninguna persona detenida. Sólo está la sombra de un sospechoso, Mauricio Suárez (foto), quien se encuentra prófugo desde que se lo vinculó al doble crimen ocurrido en Barcala 484 de Ciudad.
La historia del caso conjuga una sobredosis de misterio ya que se presume que Suárez tuvo algo que ver porque no pudo tolerar que su ex pareja y madre de su hijo, Alejandra Troncoso, formalizar el noviazgo con Piottante.
Un rastreo de la señal de su celular indicó que el sospechoso estuvo a unos 200 metros del consultorio del psicólogo el día del homicidio; un calzado que siempre utilizaba coincidía con las huellas que había en la escena del crimen; y una frase comprometedora –según donde se la mire- a sus amigos: “Me mandé una cagada y me tengo que ir del país”, serían los indicios de que el ex de la novia del profesional, por un ataque de celos, actuó por venganza.
Sin embargo, cuatro años después y con nuevo fiscal en la causa, Santiago Garay –ya que Eduardo Martearena pasó a ser juez de Cámara-, pidió unos nuevos exámenes de ADN para corroborar las sospechas que recaen sobre Suárez. Las muestras que se levantaron del departamento céntrico han sido cotejadas con prendas del prófugo y se está a la espera de los resultados. El tiempo sigue pasando y del hombre acusado no se sabe nada, absolutamente nada.
Y tampoco, después de tanto tiempo, se puede entender como un hombre sin antecedentes criminales se escapa de los investigadores. Como dijo una vez el abogado de la familia del sospechoso lo dijo: “No es fácil para una persona que tenía una vida ordenada pasar a la clandestinidad de un momento para el otro. Un delincuente puede hacerlo porque está acostumbrado a eso. Pero éste no es el caso”.
Sentimientos encontrados manchados con sangre
Piottante era un psicólogo muy querido. Unas doscientas personas hicieron un homenaje después de su cruenta muerte. Trabajó en muchos lugares y la División Psicosocial del Penitenciaría era su actual empleo cuando alguien en su consultorio terminó con su vida. En su empleo había conocida a una colega que terminó siendo su novia, Alejandra Troncoso, una mujer que tras estar cinco años en pareja con Suárez decidió ponerle fin a la relación para formalizar con su compañero de trabajo. El día en que el psicólogo había sido asesinado, ella había dejado un mensaje en un papel por debajo la puerta ante la insistente búsqueda de horas sin respuesta.
Además del trabajo en el penal, Piottante ejercía su profesión en un consultorio particular ubicado en la planta baja del domicilio de Ciudad. El 12 de julio entre los turnos, estaba la sesión con una conocida paciente, Estrella Libedinsky, a quien tenía también como alumna en la Universidad de Aconcagua en la carrera Tecnicatura en Ceremonial y Protocolo.
Libedinsky estaba soltera hacía pocos meses y aunque su ex novio fue vinculado en un primer momento entre los sospechosos, el joven se presentó a declarar espontáneamente para probar su inocencia, pero deslizó duda sobre el profundo sentimiento –como un amor ideal- que tenía Estrella por el psicólogo.
Desde allí y a través de otros testimonios se manejó la posibilidad de que entre Piottante y la joven había algo más íntimo que una relación psicólogo-paciente. Sin embargo, si ese amor fue oculto, el secreto lo llevaron hasta la tumba. Mientras sigue vigente que la muchacha estuvo en el lugar indicado, pero en el momento inoportuno y, pese a que se resistió, murió estrangulada para limpiar la escena de testigos.
El 13 de julio, Beatriz Llin de Piottante –conocida pianista mendocina- salió de su casa situada a unos escasos 20 metros de la de su hijo. Pese a que le había llamado varias veces, dejó pasar el tiempo; pero como recibió un llamado desde el penal por la ausencia de Flavio, decidió tomar las llaves del departamento y entrar. La mujer se encontró con la peor escena que la retina de una madre puede registrar.
El crimen ocurrió en horas de la tarde noche del 12 de julio. El homicida entró, golpeó a Piottante –su rostro tenía severas marcas- y lo ultimó de dos balazos, uno de ellos fue por la espalda. En tanto, el cuerpo de la paciente mostraba contundentes señales de asfixia y lesiones menores de arma blanca en el tórax. El consultorio tenía agua, pero la limpieza que se quiso hacer del crimen no bastó: la sangre era mucha al punto de que las huellas del matador llegaban hasta la puerta de entrada.
Cuando cuatro días después ya sospechaban de Suárez, quien en el día que se tenía que presentar a declarar en la fiscalía de Delitos Complejos fue encontrado su auto Fiat Uno cerca de la terminal de Guaymallén, se desató una serie de allanamientos y el pedido de captura. El supuesto ataque de celos del ex de Troncoso ya suponía el móvil: un crimen pasional.
En uno de los operativos en la vivienda del sospechoso, secuestraron fotos que mostraban el calzado que usaba Suárez. Luego de unas pericias, el homicida utilizaba el mismo modelo de zapatillas Adidas. Este dato sumado a los indicios del celular y unas heridas que habría sufrido el joven fueron contundentes para su imputación. Asimismo, las pericias confirmaron que hubo tres personas en el momento de los homicidios. El ADN de las muestras de sangre mostró una genética similar a la del imputado. No obstante, el nuevo estudio solicitado por el fiscal Garay podría arrojar más datos.
Además, estaba la confusa frase que habría dicho Suárez en su vínculo íntimo en las horas posteriores de ocurrido el doble homicidio. Entre sus amigos estaba por entonces un funcionario del Ministerio de Seguridad, Diego Coronel, quien demoró 24 horas en comunicar lo que había oído.
Sin embargo, con una ingeniosa capacidad el hombre se ha podido escabullir durante cuatro años y vivir en las sombras, tal vez, con otra identidad. Tal vez, siendo inocente y huyendo por temor. O, tal vez, siendo culpable mientras dos familias lloran, clamando justicia para que la muerte de Flavio y Estrella no queden impunes.