Una calle, dos Sudáfricas

En sólo doscientos metros, en Hatfield, uno de los barrios más residenciales de Pretoria, se sintetiza la marcada división entre sudafricianos negros y blancos; tienen los comportamientos y costumbres, pero los separa una calle.

Foto: La Nación
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PRETORIA.- Burnett street corta por el medio el corazón de Hatfield, uno de los barrios más residenciales de la ciudad diplomática de Sudáfrica, de manera transversal de Sur a Norte. Podría decirse, con alguna imprecisión geográfica pero con mucho sentido gráfico, que va punto a punto desde el búnker del seleccionado argentino, el HPC de la Universidad de Pretoria, hasta el estadio mundialista de la ciudad, el Loftus Versfeld, en un recorrido de poco menos de 10 kilómetros.  

Pero si uno aplicara la lupa, al estilo de Google Maps, sobre un punto exacto del recorrido, se encontraría con una esquina que sirve para sintetizar buena parte de la cultura y de los hábitos de la convivencia en este país. Y el deporte tiene mucho que ver, por supuesto. Se trata, precisamente, de la esquina de Burnett street e Hilda Street. Pararse allí, caminar unos metros hacia un lado y unos metros hacia el otro, en un fin de semana cualquiera –como el que acaba de pasar, por ejemplo- es encontrase con dos Sudáfrica en dos cuadras.  

Cien metros al sur. Hatifeld Square, un espacio de bares donde abunda la cerveza | LA NACION

En la esquina de Hilda Street, para el norte. Barcelos, donde se puede comer pollo, en todas sus variantes | LA NACION

Para el lado sur. Springbok bar. Muy cerca de Barcelos, pero cruzando Hilda street | LA NACION

En la otra cuadra de Springbok bar, pero para el norte está Capello, un lujoso restaurante | LA NACION

Al sur. Springbok Bar | LA NACION

Pegado a Barcelos Bar, al norte, está Capello | LA NACION

Al Sur, en Springbok, las chicas posan. Cruzando Hilda street, para el lado sur, siempre | LA NACION

Capello, en el lado norte | LA NACION

A 50 metros de Hilda Street, para el lado sur, está Hatfield Square | LA NACION

En Stones, a cincuenta metros de Hilda street, para el lado norte | LA NACION

En Springbok bar hay mesas de pool, de un lado de Hilda Street | LA NACION

En Stones hay mesas de pool, del otro lado de Hilda Street | LA NACION

Sólo 100 metros hacia el Sur, hacia Johannesburgo, hacia el HPC, la noche del viernes estalla en Hatfield Square. Una especie de plaza al estilo europeo, en el pulmón de la manzana, a la que se accede por dos o tres portones que ofician de pasillos, en los espacios que dejan los bares y restaurantes. Sobre el piso empedrado, se alinean mesas y bancos de madera al estilo de beergarden alemanes o los viejos cámpings sindicales de la Argentina, todos ubicados frente a diferentes bares de los que sale música altísima y con barras desde donde se despacha cerveza sin parar. Cada bar tiene una pista improvisada, donde cualquiera baila con cualquiera o con nadie. Allá arriba, subiendo unas escaleras está el Drop Zone, el bar top, donde cada uno es revisado antes de entrar. Las espaldas anchas, los brazos musculosos, la camisetas, los gestos (la pelota ovalada, diría el chiste) delatan que el 90% de los hombres que caminan por allí han sido, son o serán rugbiers. Las chicas se despreocupan de abrigarse, a pesar de que el frío nocturno se hace sentir. Todos, salvo dos o tres muchachos que pasan cada tanto con un lampazo entre los bailarines o algún otro que levanta vasos con un caja plástica como las que se usan para estibar gaseosas, son blancos.  

Sólo 100 metros hacia el Norte, hacia Polokwane, hacia el Loftus Versfeld, la noche del viernes estalla en Zanzú Lounge o en Cappello. Dos restaurantes que se convierten en boliches sin dejar de ser lo anterior, alternativamente. Se puede comer en mesas bajas, recostados sobre una especies de sofás que hacen de sillas, o en otras mesas más tradicionales. La música suena fuerte, a veces coincidiendo con las imágenes que salen de los enormes plasmas colgados de las pareces y a veces no. Salvo los periodistas y algún turista, que ya pueblan estas calles para el Mundial y que después de un par de visitas son recibidos como amigos de siempre por Mike Mlalazi, todos son negros.  

El sábado a la tarde, Hilda street para el Norte, las pantallas de todos los televisores se sintonizan en lo que parece un programa ómnibus de rugby: primero, Gales contra los Springboks; enseguida, en continuado, la imágenes de un estadio conocido, "el Marcelou Bielsa de Rousario", según dice el locutor, tapando apenas la voz de fondo del querido Rulo Taquini, desde donde se transmite, en directo, el Mundial Junior. A esa hora, el Springboks Bar está que arde.  

Ese mismo día, de Hilda street para el Sur, las vuvuzelas tapan todo en Cappello. Llegan desde el audio de los plasmas y se unen a las decenas de parroquianos que están allí, comiendo y bebiendo, igual que si estuvierna en el Súper Stadium de Atteridgeville, colmado a pocos kilómetros de allí. Vestido de amarillo y verde de pies a cabeza, hacen sonar sus insoportables cornetas, tanto cuando hay un gol como cuando hay alguna voltereta llamativa de sus amados Bafana Bafana.  

Son dos mundos en doscientos metros. No se cruzan, pero conviven. Hace sólo 15 años –nada, por Dios- no hubiera sido posible encontrar después un determinado horario ese costado del mundo que late hacia el Sur, actualmente hasta cualquier hora: a las 6 de la tarde en punto sonaba una sirena y todos los negros debían desaparecer de las calles. No sólo no pasa eso. En el lado Norte, Colin Logie, un chico de 19 años que parece transparente de tan rubio y ovalado de tan rugbier, dice, casi grita: "Hace tres meses empezamos a ver fútbol… Esta Copa del Mundo va a cambiar la nación, nunca experimentamos algo como esto: nuestro país está cambiando, se está uniendo de una manera que parecía imposible. Nuestro país ama el rugby, y disfrutamos mucho nuestro mundial, pero esto será más grande…".  

 

*Información provista por canchallena.com
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