JOHANNESBURGO.- Messi está, falta el equipo. A diferencia de otras ocasiones, el rosarino no se hizo esperar. No tardó en dar respuesta al debate sobre su influencia e importancia para el seleccionado. Si la Argentina está llamada a hacer cosas importantes en el Mundial, será con Messi al frente. Si alguien dudaba de su compromiso con la camiseta celeste y blanca, desde ayer deberá reconsiderar los prejuicios. Más reparos y objeciones merece la producción general del seleccionado.
Muchas veces, para justificar los bajos rendimientos del crack de Barcelona, se hizo hincapié en lo poco que lo ayudaba el equipo a potenciar sus incontables recursos. Ayer, ante Nigeria, Messi tuvo más acompañamiento que el habitual, no estuvo tan aislado como en otros juegos (recordar ante Uruguay y Alemania), lo cual no significa que el funcionamiento del conjunto haya sido satisfactorio. Quizá la deuda de Messi es que no puede redondear un cotejo completo con la Argentina. Sólo le faltó el gol. Lo buscó con coraje y ambición. De manera individual y asociada. Convirtió en una figura gigante al arquero Enyeama, que le desvió cuatro remates que buscaban los ángulos. Y también le tapó una entrada franca. Otras dos definiciones del N° 10 se fueron apenas desviadas. Evidentemente, no era la tarde del gol para Messi, lo cual es una pena por toda la confianza y seguridad que le hubiera reportado esa cuota de eficacia. Pero para Messi sí fue el día en que se asemejó al que brilla en Barcelona.
Varias paradojas rodearon a este indispensable éxito de la Argentina en el estreno. El 1-0 fue una recompensa corta, exigua. Lo prueban las 10 situaciones de gol creadas. Entre Enyeama y la poca precisión en el último toque se esfumó la posibilidad de una goleada. Ya está dicho que si hay algo que se destaca en este plantel es su poderío ofensivo, con delanteros que, sumadas las cosechas de cada uno en la temporada, alcanzan los 170 tantos. El gol llegó rápido, a los seis minutos, por obra de un defensor: Heinze retrocedió y se ganó el espacio para conectar el córner de Verón. Una jugada de estrategia en un equipo que suele depender de la inspiración individual. La noticia es buena porque amplía el abanico de variantes, no lo hace dependiente de la genialidad de turno.
Da la sensación de que la Argentina es un conjunto que se está conociendo. Es cierto que Maradona encontró hace unos meses la base y a sus referentes, pero hay experimentos que están saliendo a la luz en pleno Mundial. Y eso entraña riesgos. De hecho, la formación titular de ayer no tenía antecedente. Y difícilmente se transforme en una alineación de memoria, sobre todo porque la prueba de Jonás Gutiérrez como lateral derecho no funcionó. Nigeria, un adversario con pocas luces y que sólo cuando se vio en el umbral de la derrota salió a quemar las naves, inquietó con Obasi por el lado del ex Vélez, que no pudo disimular que no conoce los fundamentos del puesto. Le ganaron varias veces las espaldas y estuvo contenido, sin sacar provecho de su larga zancada. Será uno de los aspectos por revisar para lo que vendrá.
A la Argentina se le debe reconocer su condición de equipo amenazante, capaz de lastimar al rival aunque no esté jugando bien. Messi, ubicado casi como un enganche, con todas las licencias que le otorga Maradona para que se mueva a gusto, tomó el mando de las operaciones. Cada vez que cambió el ritmo hizo estragos en la pesada defensa africana. Abrió caminos para los compañeros. No los supo aprovechar Higuaín, al que no se lo vio suelto y certero en la definición. Como si le hubiera pesado el debut, pero igual retrocedió y se ofreció para participar del circuito de juego. Más aplastado, por el significado del partido, se lo vio a Di María, que pasó largos ratos sin tocar la pelota.
Al no saber asegurar el triunfo con una diferencia mayor, la Argentina se expuso a algunos sustos. No es un equipo lo suficientemente consolidado como para saber controlar los tiempos y el desarrollo. Maradona demoró los cambios. Burdisso y Milito deberían haber entrado antes, ya que el seleccionado necesitaba un sacudón y reparar lo que no andaba. Nigeria arriesgó con los cambios y terminó con cuatro delanteros. Mascherano creció en la recuperación, pero no daba abasto. En una defensa que casi nunca dio síntomas de seguridad, Demichelis falló en un par de cortes. Con remates de Martins, Uche y Yakubu, Nigeria merodeó un empate que no merecía. Además, la Argentina daba síntomas de declinación física. Con esfuerzo, en los cuatro minutos adicionados aguantó la pelota y evitó sorpresas desagradables. Messi ya había hecho su trabajo lo mejor que pudo. Y la Argentina deberá demostrar que lo puede hacer mejor.
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Copyrigth 2010, LA NACION