Katmandú, travesía al techo del mundo

En otro de sus maravillosos viajes, la crónica de esta incansable viajera nos invita a descubrir Katmandú. Un lugar mítico y de particularidades únicas donde se conjugan dos creencias milenarias como el hinduismo y el budismo con algunos de los paisajes más maravillosos del continente asiático.

Marco Polo escribía en sus relatos de viaje, a fines del siglo XVIII: “Nepal es una tierra silvestre y montañosa, rara vez visitada por extranjeros; el rey los desalienta a venir” Seguramente por eso, él no lo visitó.

En la década del ’50; Nepal abrió sus puertas con cautela, despacio, y por el resquicio comenzaron a entrar los montañeses del mundo que pretendían escalar las cumbres del Himalaya. Después llegaron los “hippies” de los ’70 y entre una y otra visión, Katmandú, su capital se quedó en mi mente como un enclave primitivo, pintoresco, un pequeño poblado con gente de vida simple, casi campesina,  lleno de estatuas religiosas, santones y templos al pie de los altos picos nevados.

Hace cuatro años, en ocasión de celebrarse los 50 años de la Primera Expedición Argentina al Himalaya, mi esposo, que en aquella ocasión fuera el primer argentino en llegar a los 8.000 m. en el difícil monte Daulaghiri, fue invitado a acompañar una nueva expedición de mendocinos y catalanes que volvían al mismo cerro. Como él ya había estado dos veces, usé el argumento de los bienes gananciales y me invité al paseo.

En un largo periplo, viajando durante dos días, haciendo noche en Kuala Lumpur y luego en Delhi, el último tramo lo hicimos en el único avión de la “Royal Nepal”, que diariamente iba y venía uniendo las dos capitales.

La zona de las montañas aloja al punto más alto del planeta, el Everest, con sus impresionantes 8.844 metros –además de 8 de las 10 montañas más altas del mundo-. 

 

Por años, el aislamiento voluntario de Nepal, no le procuró carreteras y en un terreno quebrado por profundos arroyos de selváticas y pendientes márgenes, por senderos de piedra, subiendo y bajando con grandes pesos, los porteadores nepaleses trasladaron automóviles, aplanadoras, maquinarias agrícolas, un piano de cola, y hasta unas diez estatuas ecuestres de primeros ministros, según cuentan los memoriosos.

En 1957 el gobierno indio regaló a Nepal una carretera desde el terminal de su ferrocarril, en la frontera hasta su capital, dejando así en el pasado el largo, dificultoso y romántico “camino a Katmandú”.

Antes de aterrizar, con la curiosidad que me empujaba, desde la ventanilla alcancé a divisar primero el intenso verde de la selva de Tarai y luego, como remiendos entre los bosques, las parcelas con cultivos de arroz. Al fin, sobre las laderas de las montañas, vi como estos se transformaron en verdaderas terrazas con cultivos y en sus escalones, en la pendiente, las angostas hileras de los arrozales. Un vasto valle cubierto de una niebla fina y transparente, salpicado de casas o alguna aldea se presentó a nuestros ojos, y serpenteando en el fondo, la cinta plateada de un río.

Luego de hacer inmigración, y mostrando la obligatoria visa para entrar al país, un corto recorrido nos introdujo en la mítica ciudad.

Así la descubrí, edificada sobre el desordenado trazado de estrechas calles, rebosante de gente, transporte, comercios y un tránsito caótico y ruidoso. Los taxibicicletas, llenos de cintas, adornos de todo tipo y penetrantes cláxones, avanzan sorteando los charcos de los pozos callejeros que las  lluvias se encargan de desbordar día tras día., salpicando a los avisados transeúntes locales y a los turistas que boquiabiertos recorren las callejas. Tropezamos con vacas sagradas que deambulan sin ser molestadas, hombres que llevan verduras en canastas que cuelgan a cada lado de una caña sostenida por el hombro y nos quedamos admirando a una mujer que luce una roja flor en el pelo, quien camina serenamente llevando una bandeja de bronce, con platillos de arroz, maíz, aceite, pétalos de flores y pequeñas hojas verdes, seguramente en camino a entregar su ofrenda.

Disfrutar de la magia de Katmandú -capital y núcleo cultural, comercial y de negocios del reino- y descubrir la magnífica colección de templos y santuarios budistas e hindúes en Bhaktapur -la “ciudad de los templos”- son citas obligadas.

Estamos en el corazón de la “city”: el barrio del Thamel..
Thamel también se llama la palpitante calle en la que afortunadamente se encontraba nuestro hotel, el Marshyangdi. En las dos semanas que permanecimos en Katmandú me apropié del barrio y mientras lo caminaba me saludaba con los comerciantes como  viejos conocidos.

Pasaba una y otra vez por las puertas, que luego se adentran en verdaderos túneles y se pierden en oscuras trastiendas, atiborradas de tejidos, adornos, telas, pashminas, o me detenía embobada en las vitrinas con joyas, piedras trabajadas, corales, estatuillas de bronce y adornos de oro y de plata. Los propietarios, sentados en cojines, en los escalones de la entrada, acuerdan el precio con sus clientes, en el oriental método del tira y afloja. No les parece bien que uno acepte de entrada el precio que nos piden.

El Thamel tiene una atmósfera particular. Además de la parafernalia de estímulos visuales y auditivos, para nosotros, occidentales de arraigadas  costumbres, el olor, el aroma, crecida mezcla de comidas, especias, condimentos, lana cruda de los yacs tibetanos, la humedad que impregna todo lo movible y lo que no, hasta el barro de numerosos pies descalzos, nos alcanza y envuelve. Primero me pareció tan ajeno, luego me acostumbré y finalmente, al irme, me faltó. Su fuerte impronta, ya desvanecida, me acompaña en el recuerdo. Encuentro maravilloso traer de un viaje, la memoria de sus aromas.

Mientras uno avanza, de pronto se encuentra con un templo de varios pisos de madera superpuestos, con columnas talladas con dioses y figuras de alguno de sus parnasos, muchas veces de temeraria imagen.  A su ingreso  leones de bronce de mitológica planta, lo custodian. También las vigas que los sustentan presentan tallados de una milenaria herencia. Allí, un incesante movimiento de feligreses,  entra a dejar sus ofrendas de arreglos florales que venden al ingreso, escudillas con arroz o encienden lámparas de aceite frente a los altares de los patios interiores, para venerar a sus protectores religiosos.

El hinduismo y el budismo, en un sincretismo donde se comparten monumentos, íconos o advocaciones, acompañan a la vida cotidiana del pueblo, y rigen de tal modo sus acciones que el culto se rinde con naturalidad diaria.

¿Qué puedo decir de estas gentes? Los hombres nos miran con una sonrisa y las mujeres, sean de la ciudad o del campo, nos sonríen cuando las miramos. El menor gesto provoca una risa espontánea  y amistosa en los niños. Son un pueblo gentil y voluntarioso y viven con una cierta serenidad que nos admira cuando observamos las carencias de la pobreza. Creo que lo más expresivo sobre ellos es decir que son “un pueblo sonriente”.

En los alrededores de Katmandú visitamos dos ciudades satélites, Patan y Badgaon. Ambas también fueron capitales de los tres reinos que se levantaban en el mismo valle. No se sabe cual de ellas es la más antigua, pero hay constancias de que Patan era ya una ciudad importante en tiempos de Buda, cinco siglos antes de Cristo.

Aún se observa en sus palacios y templos, que la gloria de estas ciudades pertenece al pasado, pero la plaza principal y sus alrededores están siempre repletos de gente de la ciudad y del campo, porque cada día se conmemora algún culto. Vemos a hombres, mujeres  y niños dando vueltas a las ruedas de oraciones y en algún sitio, sacerdotes sentados en el pavimento con sus libros sagrados, grandes tarjetas azules con antiguas inscripciones en escritura dorada.

Tratar de describir en unos pocos reglones, tan vívida experiencia, me parece un fracaso para lo que quisiera trasmitir. Por eso dejaré para otra nota  el relato de la visita a dos santuarios sobre el río Bagmati y un vuelo fuera de serie que hicimos para llegar al techo del mundo y “casi tocar con las manos”, la cumbre del Everest.