Este es el relato de lo acontecido en un avión que transportaba barras dispuestos a copar Pretoria. Son muchos los que ya se encuentran en Sudáfrica a la espera del inicio del Mundial y están causando controversias por el dinero que se necesita para ello.
Hace casi ocho horas que el vuelo 227 partió desde Buenos Aires y sobrevuela territorio sudafricano, donde ya son las siete y media de la mañana. Empieza a amanecer, el aterrizaje está cercano y la idea de pegar un ojo para los pasajeros vecinos a las filas 57 y 58 hace rato que dejó de ser una intención. Los ocho asientos centrales, más un par hacia delante y otros hacia atrás, fueron ocupados por un grupo de hinchas entre los que estaba Gabriel y una decena más que, ya en la mañana, cuando el clima festivo había invadido irremediablemente todo el avión, se autodenominó "la verdadera banda de la selección, la única".
La frase de quien viste el atuendo de Boca de pies a cabeza es coronada rápidamente por los cantos de los demás. Empezaron con "…que esta barra y todos los jugadores / todos juntos la vuelta vamos a dar" para terminar la serie de hits con "…volveremo’ a ser campeones / como en el ‘86".
La música reapareció unos minutos después, apenas el aparato tocó la pista del O.R.Tambo, el aeropuerto de Johannesburgo, con su carga de pasajeros completa, incluidos por supuesto los muchachos de la Banda de Lomas, el grupo de la hinchada de Boca que hace ya un tiempo está al margen de La 12 y que 10 días antes del Mundial ya aterrizó en Sudáfrica "para alentar a los muchachos".
A la mayoría de ellos les habían tocado los asientos en las filas 57 y 58, pero no a todos.
"Me dejaron solo como a Kung Fu", gritaba uno, el Paraguayo, desde más adelante. "¡Eh, Carroña, vení sentate acá!", le gritaban a otro desde más atrás.
No fue un problema: no necesitaron ni una palabra en inglés para hacerles entender a los asistentes de abordo que preferían ir todos juntos. Así, casi todos se sentaron alrededor de Diego y de Marcelo, que parecían ser los líderes del grupo, cada uno a su manera. Como no necesitaron ni una palabra en inglés, tampoco, para pedir lo mismo, medio en broma, medio en serio, cada vez que se acercaba el servicio con alguna opción: ante el "¿Water or juice?", era "Fernet, vieja". Y después, directamente, "Whisky".
Si no fuera por las edades, desde veintipico largos hasta cincuenta y más, parecían un grupo de escolares revoltosos, excitados por la idea de un programa distinto. Eso, y que cada tanto, se filtraba en las conversaciones algo sobre el Sindicato de la Carne, el de camioneros…
No molestaron a nadie, salvo por las charlas y las risotadas ininterrumpidas a lo largo de toda la noche y por un episodio que pudo terminar peor. Como ellos, había también una barra de chilenos: lo que empezó como confraternidad, un par de botellas después, casi termina a los golpes.