La Copa del Mundo seduce. Seduce tanto que es capaz de paralizar corazones a montones y entumecer extremidades en todos los puntos cardinales. Logra la fantástica concentración de atención en todo el planeta y te obliga a mirarla y mirarla, como a los 15, cuando por primera vez te enamoraste.
Es siempre una nueva experiencia. Una empresa cuesta arriba y cargada de emociones. Es como cuando empezás a soltarte, y haciendo caso omiso al lastre que venís cargando, te aventurás en el coqueteo siempre inquietante con la más linda del baile.
Argentina tiene porte en el juego de ponderaciones, y difícilmente no saque a relucir sus encantos en un lugar que obligadamente lo tiene como candidato.
Sin embargo, y asfixiado por un pasado cercano que ha dejado vestigios de fútbol chato, de respuestas escondidas y creatividades dispersas, la Albiceleste levanta un peso mayor que los galanes restantes.
Porque no se puede obviar la pésima eliminatoria que por puro valor de camiseta, Argentina no debió sufrir y ni hablar del repaso de planilla que con tantas estrellas importantes en el firmamento del fútbol, le debería haber significado una resolución sin decimales al combinado nacional.
Por eso, este selectivo que carga de emociones a los hinchas y ha revivido a partir del buen final de temporada de la mayoría de sus figuras, es prácticamente una incógnita que por pasado en conjunto no genera expectativas, pero que por sus integrantes, su camiseta, y el valor histórico de su cuerpo técnico, nos ha despertado el sentimiento nuevamente.
Poco importa a esta altura el agónico gol de Palermo, la sufrida clasificación en el Centenario o la lluvia de críticas a Maradona. Las conjeturas quedan obsoletas por su escaso peso y la realidad nos devora con el inminente pitazo inicial.
Con la mochila a cuestas llegó Argentina a Sudáfrica. Esa que debe dejar en el piso, ponerse su mejor traje, y entender que en el baile se baila. Total, a la más linda la conoce, desde la vez que le susurró al oído...