Sobran en la Argentina bicentenaria los ejemplos de grandeza, los gestos de tolerancia hacia el otro, las manifestaciones de solidaridad y convivencia política. Desde aquel Juan Perón que en 1955 frenó los trenes cargados de armas destinadas a los sindicatos, para evitar en el país una guerra civil y su consecuente baño de sangre, hasta aquel Balbín adversario que fue a despedir al amigo muerto. Para qué hablar de San Martín, con sus decenas de renunciamientos grandes y pequeños, como cuando recibió el Ejército del Norte de manos de un Belgrano alicaído y sufriente; y exigió respeto para el jefe destituido, a la propia tropa, y al gobierno. O como cuando se fue del país para esquivar una segura carnicería entre hermanos.
Abundan los ejemplos en la Argentina que luchaba por la independencia y la liberación, palabras tan abusadas a lo largo de la historia: Alvear, Guillermo Brown, Alem, Sarmiento, la mayoría de los gobernadores federales llamados caudillos por el centralismo porteño, acunaron ideas de progreso en libertad aun con errores y contradicciones. Muchos de ellos fueron generosos. Y miles de historias sin bronce fueron jalonando la Argentina contemporánea. Aun Raúl Alfonsín tuvo gestos que la historia se encargará de poner en relieve. Ya recibió un anticipo, en las expresiones dolientes de las miles y miles de personas que lo fueron a despedir al Congreso, rescatando justamente los valores de humildad, tolerancia, austeridad, y democracia que les reclamamos a todos.
Llegamos a los 200 años amargados de ser argentinos. El país berreta, decadente y enfrentado dentro del país más rico del mundo, el granero del mundo y la cuna del pensamiento, todo en uno, en un puzzle superpuesto y ambiguo, contradictorio y febril. Así somos.
El gesto pendenciero y estrecho de la presidenta Cristina Fernández, al negarse a concurrir a la gala bicentenaria del Teatro Colón por razones políticas más bien mezquinas, es un signo más de la degradación de la política como herramienta de gestión social para la gente, que mira desencantada el reality de los políticos, empezando por la propia presidenta de la Nación y su marido el ex presidente, hasta el último de los punteros. El Teatro Colón es un ícono de la Argentina y de Buenos Aires, que fue la ciudad de la revolución. Cumple 102 años en su “nuevo” edificio inaugurado en 1908. Pero la presidenta, el ex presidente y su explicador oficial Aníbal Fernández juzgaron que las numerosas “agresiones” que recibe la Jefa de Estado justifican el enojo más tremendo, y su ausencia. Debe de ser por las mismas razones por las que el vicepresidente Julio Cobos no fue invitado a la recepción del 25 de Mayo por la noche, con los presidentes y gobernadores. Todos ellos recibieron la invitación y el llamado de los ministros Florencio Randazzo y Jorge Taiana hace por los menos un mes. El vacío a Macri y el ninguneo a Cobos deben ser por los mismos motivos que el jefe de gabinete esgrime, cuando se calza remeras con el logo del diario Clarín invertido, y el clarinete insertado por el trasero. Un gesto de tolerancia y aceptación democrática, si los hay.
El Bicentenario es una ocasión propicia para reflexionar sobe el futuro, sobre lo que somos y lo que queremos ser, sobre los errores cometidos, y en cómo acudir a ese famoso destino de grandeza que, en el campeonato moral de todo, creemos que nos está reservado, aquella famosa “condena al éxito” que Eduardo Duhalde proclamase en un arresto de ingenio.
En esta semana, a los argentinos nos hubiese hecho bien observar gestos de tolerancia, de grandeza, de comprensión, de inclusión, y de institucionalidad. Aun si fuese totalmente cierto que el macrismo –o Macri- estuvo mal con la presidenta, ella no debió vaciar un acto importante ante los ojos del mundo, que no es ciego y sordo a lo que ocurre en el país. Pero no pudo ser. Era mejor lo otro.
Un jefe de Estado debe ponerse por encima de las disputas domésticas. Un Presidente de la Nación es justamente eso, el presidente de todos (y todas, como tanto les gusta decir); y no de una parcialidad que hace de cada asunto un debate de vida, muerte y honor que justifica cualquier degradación, cualquier desplante, cualquier tropelía; cualquier atropello, cualquier apriete, cualquier bravuconada ramplona.
Sin embargo, y por lo que se ve, no cabe esperar gestos mejores.
Gesto de grandeza se necesita, tratar aquí...
Los empujones amarretes contra Cobos y Macri indican que el Bicentenario no será distinto a cualquier pelea de barricada, de las tantas que hemos visto desde 1983 hacia aquí; y que fueron particularmente agudizadas durante el kirchnerismo.