Por Laura Valdivieso
Las imágenes que ilustran esta nota corresponden a dos obras realizadas por Isabel Barbuzza. Nacida y formada inicialmente en Mendoza, vive en Estados Unidos hace más de 20 años. Recientemente ha sido repatriada por la Galería ED Contemporáneo. En su sede de Capitán de Fragata Moyano 139, de Mendoza, realizó una exposición individual en 2007 y fue una de las elegidas para integrar el stand de la misma galería en el Barrio Oficial de la Feria Internacional de Galerías de Arte arteBA 09, realizada en La Rural, Buenos Aires, en el mes de mayo.
Isabel adhiere a la tesis propuesta. Produce obras a partir de objetos preexistentes, que han sido descartados por el consumo. Guarda una relación de filiación con los ready made de Duchamp (véase nota Taller de Arte del mes de setiembre de 2008), pero en este caso, los objetos sufren un fuerte proceso de desfuncionalización y estetización.
Las alas están hechas con cuchillas o gillettes, las que se usaban anteriormente para afeitarse, sacar punta a los lápices, borrar la tinta de las tareas escolares, raspar las callosidades de los pies, o hasta cortarse las venas, entre otras funciones que vendrán a la memoria del lector si tiene algunos años. Este elemento cortante, filoso, además peligroso por producir óxido, prácticamente omnipresente en un período de la historia, se convierte aquí en un punto de partida para una escultura, construida mediante un proceso de acumulación. El hecho de darle forma a unas alas, que podrían ser de un ángel, trastoca o pretende hacerlo, su significado original. Pero paradójicamente, la presencia del objeto no desaparece y genera una tensión entre su significado propio y el que le propone la artista.
En el caso del traje, hecho con conchas de mejillones, el elemento de descarte es de origen orgánico. Lo que constituía la protección o envoltura natural de un animal, es utilizado para armar algo así como una envoltura para un hombre, también mediante un proceso de acumulación. La cantidad de partes que constituyen el todo fortalecen y aumentan el impacto que, de otro modo, sería decorativo. Por ejemplo, los obsequios de recuerdos de las ciudades marinas, realizados con conchas, parecen pintorescos. Pero en este caso, la dimensión le aporta dramatismo.
Isabel recorre su entorno y encuentra el punto de partida para la realización de sus obras. No va al negocio donde proveen materiales artísticos, sino que cualquier cosa puede usarse para convertirse en una obra de arte. El punto acá es que su poética sirva para provocar una reflexión estética y ética que ella misma hace del mundo contemporáneo, ligado al consumo, a lo que se descarta, al precio que se paga por el confort. El desafío para el espectador es encontrar la belleza, o una nueva belleza, dentro de estas obras tan provocativas.