Fascinante trilogía de litoral, desiertos y montañas

Situado en el noroeste de México, sus costas son bañadas por el Mar de Cortés en el Golfo de California. Sus fronteras permiten múltiples conexiones económicas, culturales y políticas. Un estado con gran riqueza cultural e histórica.

A 2.500 km al norte del Distrito Federal de México está Hermosillo, la capital de Sonora. Casi 2.500.000 habitantes la pueblan. Llego a Hermosillo en la noche del 30 de diciembre.

Soy mimadísimo huésped de los Aguirre Ruiz Moreno secundados por esa dorada corte de hijos, todos casados. Entusiasta preparativo para recibir el 2007.

Lógica curiosidad personal por cómo reciben un nuevo año los mexicanos norteños. Desde las últimas horas del año que se va, abiertas las compuertas de los tragos (tequila y su variante refinada y más fuerte del mexcal, como el ron, el gin, algún tinto mexicano que se mezcla con gaseosas de lima limón y por supuesto el whisky en caudal, por suerte rebajado con agua) para acompañar las “botanitas” (bocaditos y canapés) donde el picante es una fija y la consistencia del pernil, del pavo y los tiernos lomos con purés y salsas a elección, entre ellas la de ciruelas. ¡Un verdadero festín de reyes! Cada uno de los presentes expresa en alta voz sus sentimientos y augurios que los demás escuchan atentamente.

El puerto de los tres presidentes
Sonora se dispara del resto de México no sólo porque sus pobladores son muy diferentes del  esto del país, sino también por esa contrastada trilogía que conforman litoral, desiertos y montañas. El primero se extiende por 1.207 km y tiene en Guaymas el principal puerto, fundamentalmente de pesca. Allí nacieron tres presidentes que casi se sucedieron: Adolfo de la Huerta en 1920, Plutarco Elías Calle en l920/24 y Abelardo Rodríguez en 1930/34, abatido por Lázaro Cárdenas.

Los tres primeros tienen su plaza homenaje y sus esculturas de tamaño natural en un armónico peristilo, desde el que se puede mirar el mar y también la suntuosa Casa Municipal. Un poco más allá el monumento al Pescador, en cuya base se pueden leer los versos de “La barca de Guayma”, un anónimo que conmueve nuestro sentimiento.

Enseguida, las playas
Ahí, con San Carlos a la cabeza, comienza el rosario de playas contenidas en caletas, entre riscos que avanzan en el mar y que alternan con mansas ensenadas. Sobresale una extraña formación orográfica denominada Tetakawi que en el lenguaje yaqui quiere decir “tetilla de cabra” y supera en mucho la razón de su denominación.

Esta costa veraniega y maravillosa aún no cae en las redes masivas del turismo internacional. Cerca, un verdadero bosque de gigantescos cactus de cuatro y más metros de altura y con una antigüedad comprobada de dos siglos. Por supuesto el paisaje justifica la presencia de buenos restaurantes pegados al mar.

Uno de ellos con un muro exterior de arcadas, que permiten el libre acceso de las siempre hambrientas gaviotas. Los comensales, que las alimentan, a su vez pueden disfrutar de toda la línea conocida de mariscos realzados con un “mojo al ajillo” y regado con las tradicionales Margaritas. Y aún agregar los “callos de hacha”, absolutamente desconocidos para nosotros, rehogados con cebollitas cristalinas. Una fineza de fruto de mar, para no perder.

El ingreso a las sierras
Ures significa el ingreso al Sonora de las sierras, o sea se pasa a un paisaje de altura y con pueblos interesantes como Baviacora, con la curiosidad de dos templos pegados y distintos. El más antiguo con 300 años e influencia morisca, está siendo restaurado. Para nosotros, mendocinos de zona sísmica, sorprende la vigencia del histórico adobe en esa restauración.

El pequeño Aconchi lleva fama por la industria casera de carpintería, por sus próximas aguas termales que surgen a 50º y por el picantísimo “chile colorado” y las salsas con el máximo picor. Nos suavizamos con el amplio y blanquísimo frente de su iglesia, carente de floritura alguna. En Huepac, en cambio, asombra en su iglesia ese magnífico techo de tirantes labrados en madera de mezquite, una de las maderas más duras que se conocen.

El impensado cadáver
Arizpe aparece en una hondonada y en el marco rugoso de la Sierra Madre Occidental. En el siglo XVIII, cuando Sonora y Sinaloa conformaban una unidad, fue capital y centro de operaciones del colonizador Juan Bautista de Anza, que combatía los indios apaches y fué fundador en 1775 de San Francisco (California).

Lo que menos supuse que iba a conocer, en huesos y raído jubón, junto a pertenencias personales que legitiman su autenticidad, y esto merced al sarcófago con tapa de cristal que le venera en la iglesia del pueblo. La iglesia, con torre en piedra salvaje, es de inspiración mudéjar, larga y angostada, lo que la hace más alta, ostenta dos retablos del siglo XVIII a los costados del altar mayor.

Arizpe tiene un significado muy especial para mis generosos anfitriones Arturo Aguirre y su esposa Hilda Julia Ruiz Moreno, docentes ambos, iniciaron aquí sus carreras y su vida matrimonial, habiendo nacido en Arizpe Nydia, su hija mayor. Me mostraron los edificios que tuvieron que ver con tan importantes capítulos de su vida.

Visitamos el Panteón, que es el cementerio que corona la cima redonda de un cerro y donde descansan el Gral. Ignacio Pesqueira, Jesús García Morales y Pedro García Conde, figuras señeras de la Revolución Mexicana.

Es una necrópolis de tumbas muy blancas engalanadas de enormes florones de papel o de género. Desde aquí se puede ver a distancia ese hilito de agua que es la naciente del río Sonora y, ya en descenso y de regreso, los Pilares de Tetoachi, formación similar a los Mogotes Colorados de La Rioja.

El río domado
En mayo de 1992 se inició la titánica obra de desplazar el cauce del río Sonora, canalizándolo íntegramente y ganando para la ciudad 750.000 m2 de superficie nueva, hoy básicamente ocupados por exclusivos barrios cerrados. Lo que no eclipsa aquello de que “lo que es del agua el agua se lo lleva”, para temor de las generaciones maduras. ¡Ah! Lo sugestivo y curioso: en Hermosillo hay una calle que se denomina “No Reelección”. Sin comentarios.