La Rioja, travesía en tierra de volcanes

Un viaje maravilloso por las altas cumbres de la provincia de La Rioja, paisajes de otro planeta deslumbran a sus protagonistas, quienes se encaminan en la recta final al cerro Pisis, el segundo pico más alto de América.

Turismo en Argentina
Turismo en Argentina

Por Haydeé Magnani

Lo que nos faltaba andar es largo e interesate. Esta persecución por extraordinarios escenarios poco conocidos, llega a su fin. Y en esa tarde rodeada de la soledad y el imponente silencio roto por el sonido de los neumáticos sobre las piedras de la huella, tuve la impresión de sentirme suspendida en un planeta desconocido donde corría un viento frío y ululante, que peinaba los duros y amarillos pastizales. Hacia años que en rueda de amigos, nos rondaban las ganas de hacer este viaje, sobre todo cuando estaba nuestro querido Vicente Cichitti que visitaba continuamente la región haciéndole la corte al Pissis, convencido de que su altura era la segunda de América y fanático del “show” de los volcanes más altos del mundo.

La Rioja ha designado al sector como Reserva de Vicuñas y Protección del Ecosistema “Laguna Brava” y es uno de los catorce Sitios Ramsar de la Argentina, designados como humedales que protegen las aves que en ellos habitan. La tarde anterior, el Land Rover se demoraba en la trepada con un run run monótono que aumentaba nuestra ansiedad por llegar. De pronto nos encontramos con el primer refugio, el que sería nuestro “hotel” por esa noche, conocido con el nombre del Peñón por estar cerca del portezuelo del mismo nombre. Es uno de los llamados “de Sarmiento” porque fueron usados por los que arriaban ganado a Chile, en su época,  pero construidos por una ley de Mitre del año 1864. Tienen forma cónica y las paredes en su interior se desarrollan con forma de caracol, para proteger mejor el interior de los fuertes vientos. Están realizados con piedras del lugar y una chimenea remata el techo abovedado.

En la silenciosa y estrellada noche, sin viento, como un premio a nuestra admiración, a pesar del frío, no nos decidíamos a entrar y abandonar la chispeante fogata. Éramos concientes de que ocasiones como ésa no son fáciles de reproducir entre el cemento y el smog de las ciudades. Pero había que reponer fuerzas y partir con los ojos, como cada mañana, listos para nuevas imágenes.

Abandonamos temprano las bolsas de dormir y desayunamos con el paisaje en vivo y en directo. Aún nos quedaba el último tramo para llegar a la esperada “epifanía”. Finalmente logramos avistar a la Laguna Brava con sus aguas saladas a 4200 m. de altura y con el marco norte donde se imponen las abultadas presencias de los misteriosos volcanes cuyas alturas aún son motivo de discusión. Desde el alto observamos el valle que se abría a nuestros pies, y en él, extendida y azul, nos esperaba la Laguna Brava.

En su obra “Montañas Argentinas”, Magnani dice: “…cuando calienta el sol se levantan columnas blancas, formadas por los cristales de la sal que arrastran los remolinos del aire, y mirando al ras del agua, es posible advertir una notable reverberación de la atmósfera, consecuencia también del recalentamiento.” Yo agrego que a esa visión se suman flamencos rosados que se elevan en formación, laderas rojizas y milenarias cenizas volcánicas que acompañan con sus diferentes grises...El colorido cuadro permanecerá en mi retina en el lugar de las cosas incomparables.

Con veintisiete kilómetros de largo y cuatro de ancho, esta formación lacustre, mitad lago y mitdad salar, por años solo fue conocida por los arrieros que llevaban ganado a Chile.

Cuando se fue levantando la bruma sobre las aguas, divisamos la carcasa del avión Curtiss C-47, que el relato memorioso dice  que intentó aterrizar y quedó atrapado en el fangal de la otra orilla en el año 1963. Cuentan que pertenecía al actor Omar Sharif y trasladaba caballos de carrera. El mito se completa diciendo que una yegua que se salvó, fundó una dinastía de caballos de cuadreras que compiten en La Rioja y Catamarca. ¿Y los pasajeros? No hay noticias. La historia de los caballos parece que es más interesante.

Nos dimos un buen tiempo para digerir el regalo con que la naturaleza nos estaba esperando.
Recuperadas las neuronas viajeras volvimos al camino que bordea la laguna hacia su extremo norte, para continuar hasta el Paso de Pircas Negras. En la marcha se fueron mostrando el Veladero, el Bonete, el Gemelos, todos de más de 6.000 metros.
La tarde se escapaba mientras sacábamos fotos, pero no podíamos irnos sin ver a nuestro objetivo. Unos treinta kilómetros antes del límite, una huella que a nuestra derecha se dirigía rumbo al norte, nos permitió disfrutar, en la distancia, del imponente macizo del Pissis, alargado, como una pequeña cordillera y con cinco cumbres en su espinazo de gigante.

Serían necesarias semanas para reconocer esta región, numerosas lagunas, algunas descubiertas en los cráteres por las fotos satelitales, han motivado expediciones de científicos con buzos y sus equipos de investigación. También ha despertado el interés de grupos de arqueólogos que han encontrado “tambos”, lugares de ofertorios incas y cerámicas que develan también la historia de sus primitivos habitantes.

Por lo general mis relatos terminan cuando logramos llegar a nuestro objetivo, pero en esta nota les regalaré una curiosidad. Al norte de la laguna y no muy cerca de la ruta se alza el refugio de la Laguna Brava o del Retamo. Junto a la entrada, el andinista sanjuanino Antonio Beorchia encontró un esqueleto enterrado muy superficialmente, cubierto con unas lajas y cuyas botas de cuero, según él mismo relata, “resecas y agrietadas estaban a la vista como si el muerto quisiera refrescar sus pies”. Los fuertes vientos a veces arrastran las piedras  dejando los restos al descubierto y por eso los visitantes apodan al refugio como el del “Destapado”. Lo observamos con curiosidad pero a la distancia. No nos acercamos, no fuera que…

¿Han visto? Con seis días entre ida y vuelta, este espectacular lugar está muy cerca, invitando a los aventureros que podrán visitar, les aseguro, algo único.