La imagen final en el campo fue el mejor resumen de lo que había ocurrido durante el partido. Los jugadores de Independiente, con la mirada hacia abajo, ya sabían que con el empate sin goles frente a Huracán dejaban más que dos puntos en Parque Patricios. Más allá del resultado final, lo preocupante para el equipo dirigido por Américo Gallego es que ofreció una imagen apática, desteñida. En lo individual, sus jugadores tuvieron un vuelo notoriamente bajo. Y en lo colectivo, Independiente estuvo muy lejos de mostrar un fútbol bien cohesionado.
Si bien en el segundo tiempo tuvo un par de situaciones para torcer la historia y convertir un gol, el rendimiento de Independiente decepcionó. De los dos equipos, el de Avellaneda tenía las mayores obligaciones, porque llegaba como líder del torneo. Y porque, además, guarda aspiraciones de campeón. Ni las pocas jugadas asociadas que logró hilvanar sirvieron para maquillar la decepción de todos. Si bien continúa con buenas chances matemáticas de alzarse con el Clausura, da la impresión de que Independiente va a sentir el golpe de haber dejado dos puntos en la cancha de Huracán.
El Globo, más preocupado por defenderse que por atacar, vio el empate con mayor conformismo. Su entrenador, Héctor Rivoira, podría haber tenido algo más de audacia en los cambios. La defensa de Independiente mostraba grietas por las bandas, pero ni siquiera las fallas del rival incentivaron a Huracán para buscar con energía el triunfo. Lo suyo también fue pálido y, por desgracia para el espectáculo, se aferró muy pronto al empate.
En el primer tiempo, a Huracán le bastó con mostrarse ordenado para suplir su menor nivel técnico y disfrutar de las mejores chances para ponerse en ventaja. De Independiente extrañaba su postura para atacar: su máxima referencia en el área rival, Andrés Silvera, quedaba demasiado aislado y obligado a pelear cabeza a cabeza con los defensores de Huracán. Perdió siempre.
Si bien el conjunto del Tolo Gallego había sufrido un par de golpes en las fechas recientes -había sumado tres de los últimos nueve puntos-, la victoria frente a Banfield lo había relanzado en la carrera por el título. Se esperaba que el envión anímico resultante de vencer al campeón del Apertura le alcanzaría para sortear el escollo de Huracán. Y muchos esperaban, también, que volviera a mostrar el juego vistoso y contundente que lo había convertido en uno de los animadores del torneo.
Pero no. Por más que Gallego pobló el medio campo de jugadores con buen pie (Gracián, Núñez y Piatti), la acumulación de nombres no fue suficiente para que Independiente dominara las acciones y tradujera su supremacía en la red del arco defendido por Monzón. Si bien la idea del técnico es atacar casi siempre con entre cinco y siete jugadores (con los laterales, como Mareque, proyectándose casi siempre), anoche se vio muy poco del fútbol pregonado por el Tolo. De todas formas, a nadie se le ocurrirá pensar que Independiente es un equipo defensivo. Tiene la postura del ataque permanente, pero le falta juego para concretar esa iniciativa.
Por eso, las mejores situaciones del primer tiempo estuvieron en los pies de jugadores locales. Clara, primero, y Peralta, después, pudieron haber desnivelado el partido. En el segundo tiempo, la historia se repitió, y salvo una salvada de Monzón ante Silvera y un disparo de Núñez que se fue desviado, Huracán no sufrió demasiado. Independiente estuvo muy lejos de ser ese equipo que pelea por el campeonato. Y el Globo festejó el empate.
Independiente perdió mucho más que dos puntos
La imagen final en el campo fue el mejor resumen de lo que había ocurrido durante el partido. Los jugadores de Independiente, con la mirada hacia abajo, ya sabían que con el empate sin goles frente a Huracán dejaban más que dos puntos en Parque Patricios. Lo preocupante para el equipo dirigido por Américo Gallego es que ofreció una imagen apática, desteñida.