De qué hablamos cuando hablamos de “fe”

Con la “fe” (especialmente religiosa) pasa algo muy llamativo: la gente se pone a atacarla o a defenderla sin haberse preguntado en qué consiste o cómo funciona. Si sos una de esas personas, la nota que estas por empezar a leer te ofrece algunos conceptos que podrían ayudarte a rever tu posición (sea cual fuere) y fijarla de forma un poco más fundamentada.

La tarea que le voy a imponer al presente y breve ensayo es tratar de conocer y entender la “fe” en sí y por sí, al margen de cualquier otra actividad heterogénea como menospreciarla o ensalsarla, refutarla o afirmarla, odiarla u amarla, luchar contra ella o alentarla. La preocupación central no será aquí, en suma, mis sentimientos hacia ese fenómeno llamado “fe” sino lograr una definición aproximativa de él. Y para evitar sorpresas y adelantarme a los reproches, aclaro de antemano que los ejemplos que ilustran todo lo que digo los tomé prestados de la religión, y más específicamente de la religión cristiana. Cierto es que podría haber sacado ejemplos de otras ámbitos de acción humana que también se alimentan básicamente de “fe” (como la ideología política)....pero no pido disculpas por no haberlo hecho ni voy a gastarme en justificaciones. Elegí lo que elegí y punto. Confío (o mejor dicho, “ruego”) –sin embargo– que mi modo de proceder no sea un motivo para que se me atribuyan juicios de valor particulares sobre al cristianismo que no me interesan compartir hoy con el amigo lector y se tome de mí únicamente lo que vine a ofrecer: coordenadas conceptual útiles para orientarse en la comprensión de la “fe” en general y no sólo del género religioso.

En fin; al ruedo. La mayoría definimos la “fe” en forma coloquial como creer sin ver. No obstante, omitimos intuitivamente decir “fe” cuando hablamos de –por ejemplo– nuestra  creencia en la redondez de la Tierra a pesar que tampoco la vimos nunca directamente. ¿Qué nos sugiere esa omisión? Empecemos a descubrirlo recordando que todos tuvimos alguna vez entre los dedos una foto del perfil de la Tierra y que si por algún motivo X desconfiáramos de lo que revelan todavía tendríamos la posibilidad (si los que me están leyendo saben ser indulgentes con mi desbordada imaginación) de montarnos en un trasbordador espacial y sacar nuestras propias instantáneas. ¿Se entiende? Tenemos fuertes indicios de segunda mano sobre la redondez de la Tierra y sabemos, por lo menos en teoría, como demostrarla o descartarla experimentalmente en caso que el tema se volviera demasiado relevante. Nada de eso es posible –quedará bien claro más adelante– con la doctrina del “pecado original” y por eso decimos que los cristianos le tienen “fe”; de suerte que una primera aproximación sugiere que éste fenómeno consiste en creer sin pruebas empíricas o renunciando a la posibilidad de encontrarlas. Ahora bien: la falta de evidencias no puede ser la única condición de la “fe” puesto que –por ejemplo– ningún filósofo en su sano juicio diría que tiene “fe” en la teoría platónica sobre el mundo de las ideas aunque tampoco ha sido probada jamás. Evidentemente se nos esta escapando alguna otra condición.

Para descubrir cuál, hay que preguntarse qué hace que los filósofos le sigan dando crédito a la teoría platónica sobre el mundo de las idea después de dos mil cuatrocientos años. La respuesta no es misteriosa ni debería sorprender: aunque si bien no puede ser confirmada, lo cierto es que tampoco puede ser descartada así como así desde el momento que no desmiente las experiencias concretas y sigue proporcionando algunos de los instrumentos mentales más eficaces y duraderos para pensar la realidad mundana. En cambio, cada una de las premisas sobre las cuales San Pablo construyó la doctrina del “pecado original” (existencia de una única pareja primordial en el principio de los tiempos y desmejoramiento progresivo de la naturaleza humana) fueron prolijamente desmentidos hace ya un rato largo por la biología y, para decirlo sin rodeos, contradice la realidad hasta su misma médula, a guisa de lo cual obviamente no puede ayudar a entender o explicar nada. Pero ni siquiera un contratiempo de semejante calibre y tonelaje ha logrado menguar ni un ápice la creencia cristiana en el “pecado original”. Una aproximación más fundada y minuciosa sugiere entonces que el fenómeno de la “fe” no consiste en creer sin pruebas (como habíamos inferido a priori) sino en creer por fuera y contra lo que las pruebas revelan a toda luz.

No voy a multiplicar los ejemplos por razones de espacio; seguramente tampoco faltará oportunidad. No obstante, confío que ha quedado claro ya que existe “fe” ahí donde no existe predisposición para escuchar las evidencias. El sujeto que tiene “fe” en algo (“pecado original”, “propiedad común”, “resurrección de los muertos”, “dictadura del proletariado”, “Rosa Mística”, “derrame económico” o lo que sea) no sólo no necesita pruebas para creer sino que ninguna prueba es una exhortación lo suficientemente poderosa como para que deje de hacerlo. Incluso, pensándolo mejor, tengo la impresión que el verbo “creer” ha estado todo el tiempo fuera de lugar en este ensayo. Porque (si queremos ser rigurosos) no es que el sujeto que tiene “fe” está convencido únicamente en su cabeza de algo sino que –en forma aún más directa– SIENTE y EXPERIMENTA ese algo en carne viva y con cada molécula corporal, poniendo en juego todas sus terminales nerviosas y comprometiendo cada detalle de su personalidad. Sí.... he ahí por qué el angustioso y semioscuro barullo de la duda ya no puede volver a ensuciarlo y cómo la luz de la certeza más absoluta lo inunda de un plumazo con esa sobredosis de calma y seguridad tan característica y sólo comparable a la que recibimos alguna vez en el útero materno. Y (ay, sobra decirlo!) no existe evidencia empírica, genio de la lámpara ni príncipe azul que logre despertarlo de aquel éxtasis casi tan penetrante, cálido, adictivo, reconfortante y embriagador como el que nos arrebata y consume las entrañas cada vez que evocamos el hogar paterno, la prole o el amor de nuestra vida.